Laocoonte, un paseo por la playa

No debí hablar atravesada por las flechas de Apolo que en mi boca relucían en llameantes vaticinios. ¿Acaso Febo, el de los áureos labios que contestaba con el humo de los soles que se nos consumían en reservas, el de los ojos de bronce donde  escribimos los ruegos, osciló sobre el rostro de la pitia y fue péndulo que me señaló: sí, habla? Quizá las musas se perdieron de juerga, y encolerizado él, con sus vigorosos brazos de lírico de noches bohemias comenzó a disparar flechas. ¿Debí cerrar la ventana e irme al lecho con la primera mirada de la luna? Habría entonces callado o tu ignorado nombre no se hubiera hecho pan de agua dulce en mis plegarias matutinas. Debía tener un lecho en el que poder amarrarme a las rocas del amor, ser la honorable guardiana de las llaves de mi hogar. En cambio, yo dormía en mi doble ataúd de arena custodiada por las esféricas miradas de la pitonisa, y en sus ojos de papiro en blanco, diáfanos como el augurio de la muerte, se escribió el destino de las saetas, el quiebre de la lira que en su cólera sin musas Apolo estrelló sobre mi letargo.

   En desvaríos me hice trenzas con cuerdas, fabriqué dardos con restos de flechas para peinar a las premoniciones que se enredaban en mi cabeza. ¿Algo más podía hacer siendo cautiva de la suerte? ¿Hablé en nombre de Apolo o de su cólera? ¿En nombre de la soledad de la pitia que consume centenares de coronas de laurel para poder ver al día? Hablar, hablar, hablar, es el error tatuado en mis labios. Debí envolver la lengua en el silencio y dejar que por el hablaran los rumores del mar que traían las risas de Poseidón sobre las alas de Pegaso para advertirme que aceptara al corcel emplumado, que llevaba a las hijas de la pasión, las caricias, ocultas en el pecho. Debí amarrar la lengua a la garganta, crear una rosa de nudos para contener el dolor, la furia, y aceptar una ofrenda a deleite de las ansias de Neptuno. El regalo no era para mí, aunque mío lo sintiera como a las sombras de tus manos sobre mi piel abierta al sol.

    ¿Soy algo más que una joven tras el velo de la pitia o tras una máscara más grande que su rostro verdadero? Debí callar y enterrar la lengua en las arenas, paredes de mi ataúd, porque en el punto final de la historia hablara o no, las ígneas caricias llegarían al tridente de Neptuno, tres veces se iluminaría el mar y yo sería envenenada por un amor que enroscado al corazón me da una muerte lenta, diaria. Callar, guardarme en la gabardina las señales, los pronósticos, seguir con los ojos silenciosos las rutas trazadas por los dioses, ese era mi deber. Habría llegado el monstruo, habría visto en sus pupilas al rostro accidentado del insomnio, a mi enamoramiento sucumbir en un remolino de lágrimas. Pero el veneno habría quedado afuera, y al menos, en las palabras sólo mías y aún disformes en mi pecho, hubiera hallado ungüento para este pesar de amores. Me diría entonces, es el hado, Troya sin Héctor debe arder.