La espera de Medusa

Camino noche adentro, camino por sus brazos,

es ella la que siempre me da su cuerpo sin pudor,

camino colinas arriba, hacia ese lugar donde apilo mis espejos,

uno encima de otro haciendo una gran montaña que pronto he de escalar

para herir mis pies con sus cristales, con esos rostros que me he inventado

para engañarme, para ocultarme de ti, del lento pero incesante trote de tu espada.

Camino y dejo que los desperdicios de los años me sigan como una sombra que roza

mis hombros y besa mis orejas ¿Dónde dejé al amor si es que el algún punto

del camino lo encontré?

Camino, los brazos de la noche se alargan, pareciera que no hay un final, aunque yo sé que sí,

es el enigma de tu rostro, la marca de tu mirada en el cielo de mi destino.

¿Dónde dejé al amor si es que existe y lo que vi fue su silueta de niño desnudo y mojado

pidiendo ayuda en el medio del camino?

La noche tiene aliento de copos fétidos

y las mariposas se congelan en el umbral de las ventanas,

y las estrellas se sacuden el polvo y llueven y un loco, y un mendigo gritan en la calle solitaria

y sus gritos incomprensibles me aceleran el paso hacia los estigmas.

Corro, ¿voy hacia mis reflejos que ya cansados se estrellan en el horizonte y me muestran entre cáscaras de vidrio mi rostro real?

Tengo el llanto enquistado en los ojos y las lágrimas de ámbar me pesan en la mirada.

Tantos años intentando agarrar al amor por los cuernos, toro enfurecido, acorralado,

con olor a flores salvajes, con sabor a campos y praderas indomables, y ahora fuera

del espectáculo solo me quedan las calles vacías de luces donde las putas como

sombras de gatos cazan la chuleta diaria y los que sufren por amor se esconden debajo

de las escaleras de los edificios para ocultar su vergüenza de esquizofrénicos.

Los que sufrimos por amor amamos fantasmas, sombras, ilusiones siempre de algo irreal.

Las tenues luces que quedan parecen danzar, es una danza de borrachos perdidos en la niebla.

Camino, ya no corro, estoy cansada de huir de ti, se van derrumbando los muros, caen una a una las torres que me sostienen caen los pensamientos, se construyen de nuevo adentro,

 bloque por bloque y todos me llevan a ese mismo vacío ¿dónde está el amor, existe tal espectro en los callejones de la vida? Tantos años de búsqueda en los cadáveres de los colibríes,

en sus ojos tiesos y cegados por la muerte, tantos años de búsqueda en el vuelo suspendido

de los pájaros que por descuido se meten en la casa.

Tantos años de errar en los enigmas de la aurora buscando las piezas del amor

en rincones que parecen cerrarse al sonido de los pasos.

Tantos años y una nada tendida como alfombra para los pies agrietados.

Me han crecido las serpientes, me llegan hasta la cintura, no he querido ir a la peluquería.

Están caros los servicios, hasta los más básicos, ya te imaginarás lo costoso que sale el sexo

en estos días y en esta ciudad que se cae en silencio en sombras en los muros de mis ojos.

Nadie parece ver la destrucción, se clavan espinas en la mirada para no ver,

pero yo siento el murmullo melancólico de la arena bajo los pies

y al rocío de las flores encogerse en el corazón de las corolas.

Te decía, tengo largas las serpientes, algunas ya blancas se me caen como las hojas

de un árbol desterrado del Edén

 y tengo todas las cenizas del crepúsculo haciéndome cosquillas en los ojos.

Cuánto nos deja el sol en su partida, su fuego molido, su llanto que solo yo parezco sufrir.

Las tenues luces se mueven con indiferencia como mendigos

que cantan y danzan con navajas.

El amor no parece estar en ningún establecimiento a estas altas horas de la noche.

Las farolas ahogan en sus gargantas las luces azotadas por la lluvia y hay quejidos

de mujeres y hombres tristes fornicando en las esquinas y sus gritos rebanan

como aullidos de lobos el rostro virgen de la luna de esta noche.

He decidido cortarme yo misma las puntas, caen las lenguas de las serpientes

como pétalos en el oscuro pavimento, destellos repentinos de sus voces que me atormentaban.

Ya no las puedo ocultar con gorros, ni diademas ni coronas, se me enroscan en los pechos

y succionan la poca miel que aún queda en los pezones.

Camino, ya hace mucho que dejé de correr, de ocultarme del sino

que tatuado en tu frente cabalga hacia mí.

Camino y mi corazón sangrante se hunde y echa raíces en la nieve y abre caminos

hacia el núcleo luminoso del frío, hacia la luz congelada.

 ¿Aún tendrá mi corazón semillas para florecer en primavera?

Se hunde, busca su ataúd de hielo junto a ramas silenciosas en el centro de la tierra.

Qué pregunta sin aparente respuesta,

qué problema matemático de difícil solución.

Me pesan en los ojos generaciones enteras de llanto,

me pesa el cuerpo casi de piedra

porque últimamente me he mirado al espejo para verme desnuda,

para buscar la herida, la boca del corazón donde poner el bálsamo,

quizás un beso de mis manos regalándole el perdón.

¿Dónde estás Perseo? Estoy esperando por ti, te he esperado toda mi vida.

Nací para el momento en el que llegues a darme la paz,

el beso de la muerte en mi sexo húmedo por las llamas del Hades

y violado por las olas de Poseidón.

Estoy esperando la caricia de tu acero que mientras se forjaba en el fuego

ya conocía mi rostro, tu acero que viene con el filo de todas las estrellas

que reflejan en sus rostros inmortales allá tras las montañas mi pétrea desnudez.

Por favor, deja que mi torso decapitado descanse a tus pies, que de las lágrimas

de mis demonios arrepentidos, de su suelo fértil de pecados extirpado nazcan

flores aún inexistentes.

Toma en tus manos mi cabeza y en el silencio de sus labios desentraña

el beso que tiene para ti, de ese amor que durante décadas te espera.

Tú también naciste para este momento, para darme el funesto orgasmo del último suspiro.

No creas que no sé qué estás ya cerca, siento el viril sudor de tu espada gotear como una sombra, tu aliento me rodea a la distancia, pero sé que pronto tu golpe me vendrá como

un rayo por la espalda y yo caeré gustosa ante ti, como quien se arrodilla ante un rey,

no pediré clemencia, y cuando mi cuerpo sobre tus rodillas sea una llama de silencio

que se consume a mi corazón como un ave acurrucada en las brasas del olvido.

No llores, sé fuerte y hombre y héroe y proclama con florales coronas y espada erguida

que Medusa fue tuya, que se dio a ti, que te dio todo, te dio su muerte,

que fue mucho más que su amor.