Sobre las palabras en la tristeza

J.B, hace días que estaba por escribirte, por decirte algo que te sorprendiera,

que te sacara por un momento, al cerrar los ojos, del estoicismo diario que tenemos

que invertir en cada acción.

El tenue aliento de tu silencio que ya cada vez me dice menos, la lejanía de los recuerdos

que ya no despiertan pasiones, quizás me hicieron creer que necesitaba pulir mis palabras,

darles una forma evocadora para ponerlas delante del silecioso espejo de tu sombra.

Porque sí, J.B, sigo cargando con tu sombra. Por estos días pienso que olvidar a alguien

es matar esa parte de lo que es para nosotros y que en algún momento tendremos que

restituirle para que su alma crezca, para que recupere todos los fragmentos de lo que envió a

los demás.

Y entonces, aunque cada vez tu sombra es menos pesada, y más sileciosa y transparente de

lo habitual, la acuesto conmigo, la coloco en algún rincón desde el que puedo saludarla al

levantar los ojos de las páginas en ese justo instante en el que siento que la bendición del

cansancio besa mis párpados; o te siento en mi escritorio junto a mis borradores, junto a mis

despojos y las ideas inacabadas como pidiéndote una prórroga.

Y hasta a veces siento que me miras con ternura mientras voy cerrando los ojos, y con una

compasión inusitada de quitas la máscara de juez severo y acaricias mi silencio diciédole a

todo lo que tengo que decir que puede esperar un día más.

Cuando eso sucede duermo tranquila, tus caricias alivian a los discursos agitados

y casi avatidos por las olas, pero al día siguiente la inquietud regresa, quiero sacarle brillo a las

palabras e intento atrapar los primeros rayos del sol que entran por la ventana como si en

ellos estuvieran todas las respuestas que no logro encontrar, como si con su ruidoso brillo

pudiera disfrazar mi perplejidad, el silencio de mis palabras descorazonadas.

Pero una vez los atrapo, dentro del cuarto van perdiendo su destello, se vuelven juegos de

sombras que se escabullen por las paredes y el polvo y pierden todo tu encanto de niños

recién nacidos para volverse ancianos entre cosas en su mayoría viejas o empañanadas por la

vejez de los recuerdos.

Pareciera que ya no estoy para correr detrás del sol buscando elaborados sermones poéticos

con los que impresionarte. Pienso en que está bien en donde está y que si yo no puedo volar

hasta él es mejor que comience a aprender a vivir sin alas o prescindir de ellas por un tiempo.

Aún así me empeño y en vez de adornar a las palabras las hiero.  ¡Tan delicadas se han vuelto

de pronto como niñas tímidas después de un susto o por haber sido espiadas en su tiempo de

baño!

Hace mucho que las pongo debajo de la almohada dispuestas en oraciones que sumerjo en

los sueños. Es tanto mi afán por escucharlas desde esa otra orilla iluminada en la que no

existen ni el miedo ni el dolor.

Y no te puedo decir que no hayan bajado allí, a las más profundas de las ensoñaciones

buscando en los viejos caminos de metáforas aún húmedas, y que no hayan tropezado con

que son un amplio campo de desperdicios, largos senderos de cascarones en lo que ya no

puenden meterse de nuevo.

Y pienso en ellas como en unas niñitas desnudas escondiéndose de la lluvia por los

destechados parajes de mi niñez, intentado esconderse en algún objeto antiguo de aquellos

días. Carentes de significado, sin un pasado, sin un futuro, se dejan deslumbrar por cualquier

dibujo de los relámpagos o por aquellas canicas de cristal que tanto les gustaba a los chicos

de mi escuela(esferas transparentes preñadas de hojitas de colores).

He tenido que bajar muy hondo buscándolas en esos charcos del tiempo, persiguiendo a esos

planetas empolvados entre los escombros y los arrecifes, desamar juguetes, abrir libros que

que vuelven montañitas de arena con un solo toque. Y en ese andar las he encontrado, llenas

de fango, con las lágrimas secas en los ojos, con la desnudez brillándole hasta los huesos y

las manos vacías.

He dejado de insistirles, J.B, de pedirles que viajen a las estrellas, de rogarles que crezcan de

pronto y que se enfrenten al terror de los renglones en una expocisión larga y minuciosa de

algo que no entienden.

Y aunque no lo creas y yo me encuentre mñas vacía que nunca de sentido, ellas han

comenzado a reír de nuevo, murmuran a escondidas frases larguísimas que son como

muecas, se prolongan en la bañera entre patitos y peces de hule.

¿Qué les puede importar mi soledad o el miedo demasiado grande que me abraza en las

noches, si son emociones adultas demasiado meditadas y serias?

Las dejo jugar sobre el escritorio, destrozar las pocas ideas que como un caminito estudiado r

repaso una y otras vez, las dejo hacer recortes coloridos de letras con las que han salido a

buscar a mi risa escondida; y se ríen llamándola con esos disfraces absurdos, y así van,

dejando por aquí un f con corsette, o una o de pozo asustando por tanta repentina luz o una s

de anzuelo o unas rr de antenas de insectos fluorescentes.

Y así voy enseñándoles que es el sol y cuánto trabaja para nosotros. Les hablo sobre los

pájaros y sus ansias por no estar en este mundo. Les presento a las cosas que poco a poco se

han desdibujado en mi tristeza y les reconstruyo mi orbe aunque a veces me gritan que se

aburren y que nada es de esa manera sino de otra, e intento aprender de su asombro cuando

las llevo a la noche para que la conozcan y se ríen tanto con la luna como si en ella estuvieran

asomándose a los deseos ocultos de todas las personas.

Hay días en que las entiendo más y ellas a mí cuando les cuento mi visión de las galaxias

aprendidas.  ¡Ah, tanto las atesoré adentro que han vuelto a un estado de primigenia inocencia

como si se me hubiesen escapado y dejado de ser mías y ahora fueran de una fuerza que

intento reconocer, de una libertad que hace años perdí y debo reencontrar!

Les he hablado mucho de la lluvia para poderte contar sobre ella, pero lo poco que sé no las

convence. Ya no me empeño en seguirlas hasta la oscuridad, dejo que tropiecen, que

aprendan a reconocer los diferentes pasos de la noche, y sobre todo esos con los que

comienza poco a poco a ocultar al día y ellas con sus caritas rojas vuelven a mí, a mi cama

solitaria donde les hablo de ti y en la luz tenue comienzan a reconocerte, a palpar tu sombra.

De día ya no las fuerzo a decir nada, dejo que vayan conmigo soltando risitas desde sus ojos

grandes e inquisidores. Les prometo salir más, sin lazos ni encajes a jugar bajo la lluvia,

sin vergüenza de su desnudez, como las niñitas que se han vuelto en busca de significado.

Hits: 3