Sanación por mandala de amor

                                                                 I

Estaba en penumbras mi frente cuando vino la mano suave y dorada del trigo a besarla de espigas, a rodear mis pensamientos como una bandera de luz que señaló el camino a la venda de mis ojos. 

Los áuricos caminos del despertar adelgazaron como una hebra de mar que a la par se iba abriendo al hueco suspiro de la ola. 

Estaban hundidos mis hombros y mi espalda bajo el extenuante clamor de la lluvia, y sus afilados pájaros de plomo; los subsuelos de la arena eran albergues para el sobreviviente azul que llamaba a la sed. 

Entonces vino el ángel mensajero del rayo a encender las astillas de mis huesos cual pétalos 

que de pronto se revelan en el incensario de la aurora. 

Los dedos de las flores adivinas arrullaron el tercer ojo de mi llanto, y cada una de sus caricias puso un velo al sosiego del corazón encontrado. 

                                                                     II

Esparció el águila su silencio que había sido canto fosilizado, y repartió  en los caracoles erguidos de las orillas los veredictos de su trascendencia. 

En las  penumbras nevadas de sus ojos de obsidiana se reflejaban los sacrificios de todos mis corazones sofocados por el sentimiento de la entrega total. 

Pero en el sudor y el lamento aún persistente del plomo en el rastro de los vuelos fallidos, 

estaba inmovil mi mente, el intelecto asustado buscaba refugio en la mirada de los ciervos, arrastraba los miedos de la inteligencia al litúrgico maniobrar del tiempo… 

Y en los cristales de la tierra reflejé  la sombra asustada del llanto, espejos del alba nocturna 

que en sus aguas mitigan la fiebre de los sueños inconclusos.

                                                                        III

Lamentos, transpiración asustada y mi pensamiento sobrevolando sobre lágrimas recién descubiertas.

Reflejos de buitres sobre el agua desconocida de aquel quejido liberado que por fin disuelto en el abrazo del viento, esparcía el canto y el eco del maíz medicinal de la sabiduría.

Canto y eco de las hojas que se dejan herir por las espadas de la claridad,

 por las contenidas tormentas que esconde el arcoiris en su filo que quiebra el horizonte. 

                                                       IV

Cuán apesadumbrada estaba la ranura de mi mente con sus aguas, y en ellas la culpa acorralada y enfrentándose a la vida como una máscara del pensamiento.

Cuán apesadumbradas sus aguas en la espera de una moneda de oro que no se percataron de la brisa solar de la mañana, ni de los corazones abiertos de las aves ni de la diáfana matriz del firmamento que liberaba sus frutos hacia el porvenir. 

Se paseaba en lóbregos trinos mi pensamiento, andando a tientas sobre las arenas del recuerdo que las avergonzadas olas de la tristeza removían; mas vino la clemente mano del trigo y sembró de visiones mi tercer ojo, y los reclamos de la noche abandonaron las su escondite en la estrellas. 

Semillas de diamantina sustancia han de florecer en las huellas de la fatiga que extiende sus vestigios hacia los campos del futuro; ah, semillas de inquebrantable gracia que desvela al supremo amor. 

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