Los besos de los sueños

Sientes que me alejo de las esquinas de tus labios,

de aquellos rincones transitados en la penumbra,

y bien presiente tu alma que ya aleja presurosa mi memoria

de esos senderos de muerte fervorosa, cuando me tiendes

otro puente, ese de otros poemas, torre de palabras que has urdido

en la niebla de mis ojos, de mis pestañas buscadoras de significados, de símbolos enterrados

con los que ir a la piedra del sacrificio.

De nuevo me abres la ventanas, los vitrales vuelven a ser un pasadizo donde segura transita la luz;

otra vez secuentras a la lluvia que en tus labios murmura la palabra secreta del relámpago.

Mas, qué es lo que beso si mis labios ya no son infantiles ni muerden el péndulo de la inocencia.

Ya no son mis besos aquella proliferación del alma al golpe de la cera caliente de tu boca con un brío

de luna adolescente.

La sustancia que hoy vierto en la corolas es hermana del tedio.

Las palabras se descuelgan de mi boca, y apenas si una fuerza de estrellas las hace arrastrarse hasta ti.

Mis besos pierden memoria de esas calles de tu labios, descubiertas apenas bajo la lupa del amor,

de sus puertas abiertas para sanarme de la lluvia, para resguardarme el cuerpo del diálogo con el tiempo.

Mis besos callan como fantasmas sepultados en la vela de la sueños,

y ya no pueden, no deben, reconocer la lumbre de espinas que se abren

a la rosa de tu rostro asustado en la penumbra.

Mas algo beso; algo nace del sabor de la cenizas, un fenix me clava su pico en los rescoldos de la boca,

y todo vuelve a respirar sobre los muros de la noche que separa nuestros cuerpos.

Vuelvo a conocer cada pasadizo de tus besos, cada corredor vuelve a conducir mi niñez al cuadro del mar.

Bien sabes de cuál cuadro hablo: las escamas del mar devorando en su corazón al navío de mil y un hombres

que no supieron regresar a su niñez.

Bien recuerdas, alma de mi alma, ese cuadro de sonidos, la tormenta que nos selló

en el pecho la fiebre, del sacrificio de la sed .

Parece que te beso, todo de nuevo se eleva en mis astros internos como

si el cielo tomara ascensor a más altos firmamentos.

Y la memoria, húmeda de rocío sabe como besarte, recuerda el olor de la muerte,

de tus besos que me vuelven grana de luz a través de los vitrales, de los siglos, de las máscaras.