Quisiera hablarte de tantas cosas, J.B, sobre todo de aquello que no puedo nombrar
y me empeño por extirpar de mi ser aunque pareciera que todo busca callar en mí.
Me he preguntado mucho por la razón de este oscurecimiento, de este crepuscular silencio
cuando todos los relojes marcan otra hora. El mundo camina de una manera vertiginosa,
y pareciera que ya no se puede estar en las zonas del cansancio, y es justo ahí donde estoy
ahora, sola, bajo una lluvia que se me cierra, que me voltea el rostro verdadero aunque me
acompaña como una niñera a la que le hubieran asignado la tarea de cuidarme.
Quisiera hablarte de las mariposas que pasan de largo, veloces, dejando solo su sombra en el
asfalto sin que pueda divisar sus colores a tiempo, quisiera hablarte de todo los que mis ojos
han visto en estos días, los colores de las flores, sus pétalos únicos, sus formas tan precarias,
de toda esa luz acogida en las pupilas y estudiada en las noches, pero aún no encuentro la
manera de volver a nombrar el mundo que parece que está afuera de los ámbitos acuasos en
los que me encuentro; o quizás es él el que está adentro y yo demasiado afuera en el ruidoso
murmullo de los días que nos alejan del camino a las estrellas.
Antes solía conocer esas rutas, J.B, y eso fácil cuando se ama. El amor es como un tipo de
soplón que nos dice cosas que otros no saben, que nos hace ver cosas que otros no ven, y es
siempre un tipo que nos ubica en el buen camino, que se encarga de aclararnos los misterios
y una vez se ausenta de tu vida, te las tienes que arreglar a trompicones; descifrar el hilo del
tiempo se vuelve una labor de obreros.
Las palabras se han hecho aún más delgadas, aún más impenetrables como si fueran hebras
de oro que debo desenredar y volver a acomodar en sus catálogos.
Ya no se dejan convencer por mí, se esconden debajo de la cama y gritan que las engaño con
mis visiones, que mi criterio sobre el rostro de las cosas debe cambiar.
Sin embargo, atestiguan de que están haciendo un trabajo de excavación en mí, que están
abriendo túneles hacia adentro, y que se empeñan en buscarte.
A veces ellas están más convencidas de tu presencia que yo, y me aseguran que merodeas
por mis páginas, que eres un gato que no deja huellas pero que siempre está justo detrás del
aliento de cada una de mis débiles líneas a las que revives en tu corazón.
Les hablo de la imposibilidad de esas argucias y de que lo único que tú has podido dejarme es
tu fantasma, un ser de otro tiempo al que yo sigo rellenando de vida e imaginación, que eres
feliz y no hay razón para que indagues en mis muertes, en la lenta caída de ese imperio de
pétalos que fui construyendo.
Las discusiones no cesan, ellas insisten, yo lo niego, pues toco el vacío de la geoda del pecho,
la sustancia espesa de la soledad sobre cuerpo y los labios, el murmullo del viento como
único acompañante a las tres de la mañana, mi constante miedo a la oscuridad con mi
lamparita encendida en el cuarto porque no hay otra luz a la que abrazarme, y el infinito
diálogo de los libros hacia mí sin que tenga con quien compartir tantas muertes y
renacimientos.
No dudo que de que quizás están haciendo un trabajo de reconstrucción profundo, y que sus
ratos libres son para ellas, para que me dejen sola con mis cavilaciones, con mis recuerdos
que a veces siento tan distantes como si fueran de alguien más y no míos, de alguien que fui y
me presta sus memorias para que pueda sentir que tengo una identidad.
Esta que soy ahora, naciendo constantemente sin poder hilvanar sus viejos trozos, me habla
con una voz que ignoro, una voz antigua, primitiva, con un código que poco a poco se va
haciendo espacio en la joven sangre; y le cedo mi vida, J.B, siempre y cuando esa voz también
crea en el amor, en su astral potencia capaz de disipar todas las dudas.
Te decía, no hay mucha claridad en lo que quisiera decirte, sino torrentes de púpuras
fragmentos del pasado que van hacia adentro, hacia un pozo secreto que intento encontrar.
Sin embargo, hay algo tangible en todo esto además de mi extraña y significativa devoción
hacia ti, el peso.
No hay nada que pese más en el mundo, J.B, que la tristeza. No son los pensamientos, ni los
recuerdos con toda su carga lo más pesado, sino esa sensación de que algo nos falta, el vacío
que va dejando la tristeza con sus dientes mientras nos deja desnudos de sueños.
Ese peso, ese hoyo lleno de grávido dolor, de lágrimas transparentes que se han ido pegando
a sus paredes, ese clamor que se va guardando, la luz de ese amor que se va escondiendo
hasta hacerse estallido sordo, adentro, esa es la gran cruz, la gran asfixia; el lento deterioro de
todas las facultades, el lento peso que te va llevando a las profundidades, al centro mismo del
infierno y sus silenciosas llamas.
Y ese peso no es solo vacío, no es solo llanto que se ha ido apilando en crónicas incontables,
ininteligibles de las que hemos perdido constancia, es añoranza a veces por cosas tan
cotidianas que nos hacían sentirnos partes del mundo.
Debo confesarte, J.B, no es la soledad lo que me pesa, puesto que realmente nunca estamos
solos, siempre hay algún fantasma, alguien con quien apretar las manos en el sueño, pero sí
añoro la compañía tangible, la presencia corpórea de un otro como tú; alguien que pueda
cazar al vuelo mis sonrisas cuando río y me vuelvo pequeñita y traviesa y se me salen los
secretos del mar, esa espalda ancha y fuerte con la que compartir el peso.
Si podemos partir a la tristeza en dos, pierde toda su fuerza, mas volverse dos es tan difícil,
J.B, hay tan pocos que quieran tomar de nosotros todo, la oscuridad que late y se retuerce por
respuestas, pero también esa luz que prendemos en la noche llamando, llamando a un igual,
a ese alguien con quien partirnos, ceder la mitad de todo, ese alguien que pueda llenar
con su alma la infinita geoda que se vislumbra en el pecho como una gema que completa el
cuadro.
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