Antílope

“No te acerques a mí,
 hombre que haces el mundo,
Déjame, no es preciso que me mates.
Yo soy de los que mueren solos, de los que muere
De algo peor que vergüenza.
Yo muero de mirarte y no entender”.

Rosario Castellanos.

Que por todos los cielos
y por toda la tierra
que cubre el horizonte
del celeste infierno
en la cúspide veloz pura,
baje como rayo prístino,
desgarrador y sonoro
la flecha de la verdad,
de la virtud dura,
que desgarre tus sienes
la naturaleza humana
y se clave en tu pecho
la claridad del mundo.
Que sea tan fuerte
que te atraviese el corazón,
y haya en ti atisbo de bondad,
y te enfrentes a tu existencia
y te halles ante ti, desnudo,
y jadees de vida en un acto sensible
y exhales amor, hombre
inundado de traición.
Que te salves y en ti no mueras
pero si feneces así, que sea
como un venado lerdo
pacífico, sabio,
extraño a tu especie
ajeno a tu especie
distinto a ti,
pero bueno, hombre,
siempre bueno.