Los ojos

Quiero abrazarte salvajemente. Besarte hasta que te alejes de mi miedo como se aleja un pájaro del borde filoso de la noche. Pero ¿cómo decírtelo? Mi silencio es mi máscara.Alejandra Pizarnik

Hace unos días, J.B, estaba en el baño de la escuela y leí un cartel con algo parecido a esta

frase: No te mires como si fueras hombre o no te mires como te miran los hombres.

Me quedé pensando, es lo mejor que he leído últimamente, quizás porque en los baños

podemos descargarnos anónimamente, o es un lugar donde en la más profunda intimidad

podemos decir lo que pensamos, llorar, gritar; es el lugar de los desechos en el que nos

encontramos a solas con el pus de las heridas.

Recordé cuántos años fui esa mujer que se vio con ojos de hombres. Claro, para gustar; los

hombres parecen tener en los ojos un aguijón largo y eléctrico, en los ojos que tienen un

aguijón que a su vez tiene un ojo que desnuda. Me han dicho muchos hombres que primero

tienes que entrarle por los ojos y eso solo se logra con algo que sea capaz de provocarlos.

Todo se vuelve entonces la tarea de pasar por el ojo de la aguja, por la puerta estrecha de sus

miradas.

Sí, fui la chica escote, la chica preocupada porque la desearan, la chica llena de

preocupaciones, y también la chica que se quedó sin miradas, que se volvió invisible.

Y cuando eso ocurre, J.B, paradójicamente te liberas. Se acaban los compromisos como si de

una deuda agotada se tratara, como si te hubieran dado el carnet de la liberación del “Tener

que agradar”, como si fueras un gladiador al que después de enfrentar su última batalla se le

concediera la ansiada libertad de un mundo de miradas que nunca quedan del todo

satisfechas.

Y eso, J.B, nada tiene que ver con el amor o con que ya no pretenda buscar a los ojos exactos

para mí, o con que no desee a un compañero, sino es otra cosa; todo eso que se volteó hacia

afuera por años, comienza su camino hacia adentro y empieza el trabajo de dilatar los ojos

hacia nosotras mismas sin la ayuda del otro.

Me gustaría por un momento escuchar tu voz delgada, fibrosa y verdadera como si te saliera

del pecho, traspasar el tiempo y decirme cómo me veías, si alguna vez pudiste ver más allá de

la piel, beber hasta el fondo de los poros de mi ser y detectar al menos todo mi velo de

máscaras.

Ese era el anhelo, esa era la apuesta, que vieras. Pero ocurrió lo contrario, no pude sostener el

encanto, me fui perdiendo entre otras siluetas, entre tus cosas vistas, el movimiento constante

de la vida y el tiempo. No pude extender a las superficies las riquezas del fondo, ni mantener

por mucho tiempo el canto de sirena.

Y a veces me pregunto si realmente me habrás miraddo. Si lo hiciste al menos no podrás

olvidarme, y no porque yo sea algo especial, sino porque siempre he pensado que todos los

canales del ojo son subterráneas vías que conducen al corazón y a la memoria. No hay visión

por pequeña que sea que no se grabe en la sangre con una tinta puntual y única.

Pero a veces tu silencio es como aquel que envuelve y sostiene a los puentes entre planetas.

Sacarle una palabra transparente en el tiempo es como retener un rayo de sol en un día

nevado cuando precisamente la luz yace congelada detrás de la cristalina y endurecida capa

del aire.

¿Estaré escrita en tu sangre, aunque sea como una mota de polvo o como un copo de aquellos

días de invierno en los que se nos fue dado encontrarnos?

Oh, cuántas veces sentí tu mirada sosteniéndome, envolviendo con su aliento tibio mis

arterias asustadas. Parece que para existir completamente necesitamos los ojos de otros.

Es como si la plena existencia fuera reconocible y palpable a través de otros, y fueramos pura

imaginación si otros no nos miran, o ese otro que somos, y nos mira desde la distancia no nos

afirmara vivos.

Ah, y cuántas veces no salieron todos mis ojos de mí para extenderse sobre ti como bóvedas

infinitas. Era todo un afán de indagación, fui sol y estrellas husmeantes de un mundo

imposible en el que tú y yo pudíeramos estar juntos.

Y cuántas veces no perdí todos mis ojos para redescubrir lo que eres: la arteria abierta de una

crónica en blanco y negro siempre en un pasado más lejano que el pretérito, la exactitud de la

fechas, las palabras pulcras que quieren dar un salto hacia el oscuro abismo y se quedan en el

borde, el siempre exacto egoismo que se niega a sí mismo, una pasión encadenada a los

fondos marinos que busca derribar todas las orillas sin lograrlo, un constante grito

subterráneo que ha ensayado la elegancia, un niño tan verde como el musgo escondido

debajo de una piedra. Pero, ¿quién va a querer ser observado con tanta escrupulosidad, y con

tanto amor como de un salvador?

Y quedaron rodando mis miradas como un regalo no aceptado, tantos ojos de lo profundo de

mis órganos dando vueltas sin poder regresar adentro para redescubrir la sombra de lo que

era. Pero ¿qué era?

Las centellas del ámbar en el aparente descanso sobre las olas, latigazos sobre los ojos de

quienes intentan aprisionar los crepúsculos, la lanza de amatistas que examina con sus fríos

corazones a las heridas; fragmentos de luna escondidos en la subterránea obsidiana y su

canto volcánico pero imperceptible. Ah, el Jade que se busca y no se encuentra, que no sabe

como nombrarse.

Y ahora a bucear de nuevo, saber cómo distinguir de nuevo lo que soy, reunir trocitos de

pupilas para saber, porque no hay nada como conocernos con nuestros propios ojos, que

aprender a nombrarnos por nosotros mismos, y encontrar los colores que cantamos.

Pero, ¿qué soy J.B? Y ahora ya de nada sirve revisarme con mi mirada gastada, tan gastada

por haber empeñado todo su filo en tus arrecifes de silenciosos y violetas corales como

cristales muertos en los que ya no puede reflejarse.

Ahora es mirarme con los ojos de una fuerza más allá de mí, con la piedad de un ángel,

con la benevolencia de un manantial oculto para descubrir que no soy sino esa niña que iba

creando una mansión en ojos para el mar, la niña delgada como un listón rojo arrastrado por la

lluvia, la niña exploradora de la luz, la que sabía que más allá del horizonte se escondían las

estrellas y los arcoiris que dejaba de ver, la niña invisible que se sentía feliz siendo un halo de

luz a través de los espejos, los ojos enormes royendo los huesos, una risa siempre hacia

adentro, hacia vitrales secretos donde lo no visto pero soñado dejaba sus huellas;

el hibisco menudo descubierto sorprendentemente en el camino. Esa roja pasión que repta

silenciosa y que apenas se disitingue en el lirio del sendero, pero que de pronto le abre una

herida al aire para ver su corazón cambiante. Ah, esa roja pasión en semejanza con el lirio,

pajarito de terciopelo envuelto en las sábanas de la noche esperando cómo saltar de la

escarpada montaña a las estrellas del fondo.

Hits: 2