He estado buscando de que hablarte, J.B, aunque una parte de mí que busca callar, atesorar el
dolor, quizás para poder contabilizarlo o para tener a que aferrarse y decir que es
completamente suyo, producto de los desaciertos, de lo que buscó encajar en la realidad sin
éxitos.
Siempre buscamos a que aferrarnos, y si no puede ser el amor, las dichas, es mejor quedarnos
con las migajas duras de la tristeza, de los recuerdos petrificados que aunque pesen
nos brindan cierto sentido, la sensación de haber existido.
Mis palabras siguen madurando con lentitud, sumergirlas de pronto en el fango de mi parte no
revelada puede quebrar esa infancia en la que ahora se prolongan. ¿Por qué me habrán
abandonado cuando más necesitaba nombrar las oscuridades, sentir que tenía aliadas en este
combate en las profundidades de mi vida? Quizás porque dieron plenamente todo lo que
podían dar de sí, porque ya vivieron su sentido y era necesario que murieran y que yo
terminara por aceptar que les debo un descanso, que en este momento las exigencias de
elevación son contraproducentes, que enfrentarme a lo que aún no puedo nombrar es un acto
de arrogancia.
Ya sabes, J.B, cuánto pavor a veces me infude el silencio, y sobre todo porque toda mi vida
me he identificado con lo que he hecho y no con lo que soy. ¿Pero que soy? Ahora, en este
momento, una mujer sola y perpleja como si hubiera acabado de nacer de la muerte y no se
hallara en nigún lugar, como si no pudiera recordar de dónde vengo, y cuáles son las
instrucciones, como si todo tuviera que nombrarlo de nuevo y reconocer la precariedad de la
existencia. Este no es el final que imaginaba para mí.
Ayer, mientras salía de la escuela, leí en una de sus paredes la palabra sexo. La o era una boca
sugerente de mujer, y fue extraño darme cuenta cuán ajena se me figura esa actividad ahora,
como si fuera una práctica que solo llevan a cabo unos cuantos iniciados o un grupo selecto
de personas. Me convencí entonces de que nadie me desea y yo no deseo a nadie aunque por
ahí se escucha con frecuencia que siempre hay un roto para un descocido, lo que equivaldría a
a decir que siempre hay alguien para nosotros por distante que encuentre o muy extraviado en
las multitudes.
Qué fácil sería que a cierta edad a todas las muejeres se nos activara una alarma interna que
llamara a nuestro hombre, al correspondiente, a ese con el que encajamos química y
espiritualmente, sin que tuvieramos que sentir alguna vez que no hay nadie ahí afuera para
nosotras ni embarcarnos en una búsqueda de años para, a veces, como en mi caso ver que
hemos leído mal los mapas. Este no era el final que me había imaginado para mí, a esta edad
en la que la mayoría de nosotros contempla sus construcciones.
Pareciera que mi condición de extrajera, sin un quinto propio en las manos se parece más a un
inicio incierto que al final de un capítulo de la adultez.
Qué extraño fue percatarme de que la palabra sexo es tan rara para mí como lo puede ser una
planta de la luna, suponiendo que allí haya plantas etéricas que le sirven a quienes pueden
vivir ahí, y que tengo que redefinir esa práctica.
Pero volvamos al asunto de los finales, imaginé para mí muchas cosas a esta edad, excepto
todo lo que es y tengo.
Por supuesto que en algún momento nos imaginé a ti y a mí juntos despertando en la noche,
y a mí feliz de tenerte a mi lado, de comprobar que el tiempo no había podido borrarte y que
habías vuelto en otra forma, pero que yo recordaba tu mirada y sabía que eras tú
protegiéndome, diciéndome: ¡todo estará bien, mi amor!
Qué bellas palabras, J.B, todo estará bien, mi amor. Es cierto que todo el mundo las dice, que
son lugares comunes. Pero créeme, cuando se está tanto tiempo sola, y te imaginas a alguien
que amas diciédolas, cobran una dimensión insondable, se tornan poéticas y únicas.
Te decía, nos imaginé despertando juntos, teniendo tus ojos para afianzarme al despertar,
teniendo tu mano para acurrucar la mía, o tus pies para abrazar los míos después de una
noche fría.
Qué acción tan bella esa de abrazar los pies, J.B, de unir las historias de los caminos andados,
o de pegar las cabezas antes de irnos a dormir para ver si vamos al mismo lugar en la esfera
de los sueños, o de acurrucarse entre los brazos de quien se quiere rodeada de murallas
protectoras de libros.
Ahora todo eso ha dejado de ser importante en un mundo donde la intimidad se vende como
cualquier cosa y nos hacen creer esas dichas del alma se pueden alcanzar con cualquiera, o
que cualquiera está esperando para irse a la cama contigo. Pero no, J.B, para una mujer sola
como yo que abraza sus pìes uno con otro para soportar el frío, y que al voltearse a la pared se
topa con una pintura petrificada de Chagall donde unos novios se entregan al paraíso, esas
pequeñas reliquias de su pasado cobran una importancia descomunal. Lo de todos los días,
un cómo te fue, mi amor, buenas noches, mi amor se carga de un sentido poético incalculable,
como esos ramos de rosas rojas que de pronto tocan a la puerta y resulta que los ha enviado
ese ser único e irremplazable entre los millones que habitan el planeta.
Me he preguntado últimamente por qué Dios no nos deja redactar nuestros propios finales,
por qué no existe la posibilidad de al menos ensayarlos por un día.
Quizás porque aún somos unos niños para él, porque necesitamos de tutores que nos
enseñen la coherencia entre el principio y el fin, o porque usurparíamos finales que no nos
corresponden.
Aunque no vas a negar que se nos da el privilegio de proponer y que tuvimos incontables
oportunidades de encontrarnos tú y yo y que se fueron quedando como borradores
inconclusos y apilados en alguna carpeta que al ser repasada fue imposible de corregir para
que encajara en la edición final.
Ahora ya no es posible echar hacia atrás la película, ya no es posible ensayar ensayar aquellas
posibilidades, sino conformarnos con los finales dados y creer que si Dios aún no nos sube a
ese grado de constructores de finales es porque hay algo que debemos comprender aún y se
nos escapa.
Ha de tener que ver con la asignatura de la congruencia, con aprender a ensartar cada pieza
donde realmente va sin violentar la de nadie, ni el destino de ninguno de los personajes.
Aún así, imaginar es irme preparando para ese día en el que pueda escribir las últimas
páginas que deseo, y en ellas J:B, existe la posibilidad de al menos poderte encontrar en
alguna esquina, de poder conocer a que saben tus labios. Quizás no se me permita más que
eso, junto a un apretón de manos para decirte gracias mirándote a los ojos.
Hace unos días recordé el Promenade de Nueva York. Era un lugar que me gustaba visitar. Me
imaginé allí con mi gabardina anaranjada contemplando la hilera de rascacielos al frente y a lo
lejos la Estatua. Tranquila contemplaba la caída de las hojas, me sentía en casa aunque
estaba sola, era una extranjera y no tenía un quinto en las manos. Quizás ese era el final o
principio que visualizaba para mí. Allí, en un lugar amado y con los mapas del futuro claros en
los ojos.
No parece ser una propuesta incoherente para la vida que me he construido, y hasta podría
aparecer en el panorama la presencia de un hombre amado; mas son divagaciones,
borradores para la consideración de los maestros del destino. Mientras tanto camino por este
mundo desconocido, naciendo de nuevo, aprendiendo de la soledad, aceptando el guion
impuesto contigo como fantasma y con las palabras silenciosas en los bolsillos donde palpo
con asombro.
Sabes que pienso del sexo, creo que tiene que ver con la penetración; con el penetrar el uno en
el otro, con llegar a esas partes más recónditas de ese opuesto que nos invita a dar un salto
hacia lo desconocido de nosotros mismos.
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