Mandala de un gran amor

Era un gran amor que no podía esconder en los espacios reducidos de la mirada,

ni en los caminos apenas forjardos en el corazón.

Era un gran amor, casi abarcable y renuente a encadenarse a los senos de encajes,

a las pelucas, a los escotes, a la tinta de los labios.

Un amor rebelde a las pestañas y a los engañosos ríos de la vista que se hieren

y arrastran como moribundos por las lágrimas.

Era grande, descomunal en su belleza de niño errante que no cabía en los corazones dibujados

en los pechos ni en los vestidos enmarañados con la sangre de las pasiones. Era grande, bellamente luciendo en los escaparates de su salvajismo puro como el cielo en su esencia y el mar en su bravura; y lo dejamos ir…

porque no cupo en las manos ni en los labios infantiles que no sabían besar aunque se entregaran a la muerte en cada intento por quebrar al miedo.

Grande, bello y descomunal que no me cabía en las máscaras del rostro ni en los espacios vacíos que dejaste en mis cielos nocturnos…

y lo dejamos ir al centro de la tierra, a las alas de los pájaros solares, al templo de los sacrificios ante el juicio final de la estrellas.

Le dimos un aliento de velas que zarpan como águilas a las cumbres del horizonte y lo perdimos de vista para darle entrada a otro amor que nos cupiera en la manos y en los besos que saben besas y viven para siempre porque no arriesgan a la muerte.

Le dimos entrada a un amor ajustable a las medidas del pecho, a las fotografías del corazón colgadas en los cuerpos; un amor con escalas y dimensiones con el que dialogar en el insomnio y entregar los cuerpos al sacrificio ante el jucio de las miradas…

y de pronto entonces al mirarnos, al desnudar un breve encuetro el cielo abrió un instante, y el ángel del gran amor encendió una vela del pasado en la luna para mostrar sobre las aguas sus restos desabrigados que no caben en las memorias.

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