Manual para hacer la vida más llevadera

Es aconsejable peregrino vivir con mínimo tres guitarras

que puedan cantar tus silencios, ir al corazón, a las melodías enterradas,

a los aullidos silenciados por las buenas normas de conducta.

Siempre una debajo de la cama para evitar las pesadillas,

una en el closet para adormecer a la penumbra

y otra cerca de la puerta para recordarnos a los pájaros sonoros que

en los sueños quieren transcender el umbral de la ilusión.

No olvides tener una alta torre de libros con escaleras hacia cada uno

de los aposentos de los más hermosos versos perfumados de jazmines,

y con ventanas hacia las cabecitas siempre alumbradas de las estrellas lectoras de sinos.

Y ahí, en esa torre peregrino, construye cuantas moradas te sean posibles

para hospedar a los ángeles que en su jornada diaria se cansan de prender y apagar el día.

Ten siempre presente el murmullo de las hojas,

 guarda bien su sinfonía en los rincones del silencio

para cuando en sueños te sientas perdido

sean ellas las que te lleven de regreso al árbol del despertar.

En los áticos y sótanos no acumules recuerdos,

mejor siembra jardines de rosas invisibles

con las mejores semillas que te legó la memoria.

Sé alguien atento a la danza perfecta de las mariposas,

a los besos juguetones que se inventan tras la frondosa natura

lejos de los ojos imprudentes.

No prendas la radio ni mucho menos te rindas al sermón televisivo,

deja que sean los pájaros quienes te den las noticias,

los periódicos bajos sus alas suelen ser lo más confiables.

Ten siempre oculto en la almohada un cachito de arcoíris

como perfecto amuleto contra el insomnio o el mal de amores.

Si sientes que el frío se cuela por la ventana

con ganas de acariciar los párpados del pecho,

frota esencia de colores en los labios

y canta peregrino, canta tan alto que en la cumbre

de las montañas las flores puedan escucharte y deseen dar más de sí.

Para cuando estés triste una bufanda roja que cubra la entrada del corazón

y pétalos de girasol enamorado en el monedero o la billetera

Para cuando estés iracundo un gorro azul

y pétalos de rosa budista en la entrada de la casa.

Para los ratos de tormento tres sacos naranjas y un ramillete de dahlias

para alumbrar la oscuridad.

Y por último peregrino, sé siempre un corazón abierto de par en par

 a todos los vientos, ya sean callados o salvajes.

Un corazón abierto a los siete coros de la luz,

ya sean melodías de la aurora o cantos profundos de la luna.