Mandala 12: Pasado

    I

Amor dormido, enterrado en cruces de cristal sobre pechos gimientes, 

y cuando en las noches de mi adolescencia la luna aullaba desde el interior de mis ojos, 

se enganchaban los gatos a la trenzada cabellera, al peinado de espinas y plumas de sueños. 

Eran los años de caricias entre medias y uniformes manchados de mantequilla y mermeladas con moscas, de banderas peinadas al alba; tiempos de enterrar deseos en los jardines de estrellas si es que se encontraban en medio de las dagas de los ojos, en medio de la herida del cielo acolchonada entre nubes. 

Eran los años de creer en el milagro amoroso entre restos de banderines amoratados, 

y la basura que gemía, para que entonces surgiera tu rostro como una respuesta, como una pirueta para sedar al delirio de los cabellos, como una tijera para las olas de encaje de mi vestido de noche. 

Y todo surgió con silencio, con una brisa que se impregna en la mangas y desteje al corazón, 

como un susurro que desentierra las sonoras perlas del oído.

Todo, como un relámpago que se muere y libera en la mirada del que contempla. 

Así contemplé, amor mío, aquel rostro del silencio ya olvidado del sueño cósmico, 

Aquel viento que venía contigo avivando la hoguera de tus ojos, y lancé a ellos 

mi cuerpo desnudo, resguardado en la flor de loto, como un juguete sagrado hecho de  

 pájaros de vidrio con los ojos cerrados. 

                                                                     II

Amor de los años de tener hormigas en los zapatos y en las piernas,raíces 

  de un rosal aún no nacido, tallos adormecidos bajo el humo del polvo, y que solo 

ante las puertas de la lupa del insomnio podía ver. 

Y surgió entonces tu rostro, llama de una vela, sendero en mi andar cósmico para aliviar mi fiebre con su corona de girasoles; con sus pinceladas de un sol fantasma que se me ocultaría en el pecho. 

Años de abrir el corazón a la vida, al resurgir del silencio, a los espectros de galaxias y frases anónimas jaspeando los rezos con un trino de aves que liberaban los oídos. 

¿Escuchas los circuitos regresando, aquel rostro tuyo encendido en su llama más letal, 

al fuego lanzado en sus designios para acurrucarse en el paisaje soñado, como un ruiseñor  

 que adormecido, aún, ignora los cantos de las hogueras celestes, a esa libertad que porta sin poderla comprender?

¿Escuchas? Es el amor dormido en cruces de cristal, y un gorjeo de plata; un sollozo de ópalo azul abrazando la soledad de tu piel. 

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