Se barajea el amor en los laberintos nocturnos de esfinges a punto de alumbrar
un nuevo sol podrido, así como en nuestros tiempos lo hacían las amapolas enlatadas
en el camino de la escuela a la casa.
Como se barajea el destino de los besos y el color que tendrán en la muerte,
y el significado que lucirán las miradas dentro de cincuenta años, se está jugando el amor
en sus vueltas de bombillitos violetas; como hace un siglo frente en los salones de espejos
se apostaban corazones de lunas y diamantes heridos por las flechas solares,
así hoy las picas saltan de bandeja en bandeja.
Barajas, láminas de sufrimiento y éxtasis en palacios de ninfas que exhiben cicatrices fluorescentes en su danza de ríos tiesos.
II
Oscuro el juego repetido de los días, tréboles invisibles de la suerte que se sacrifican
en la piel, son nereidas tan sensuales y risueñas que llenan el vaso del amor como
en un trote de espadas sobre el vientre.
Y así recuerdo, duende mío, pica o flecha de diamante entre mis labios de niña
como las tardes barajeaban el amor en aquellos nuestros tiempos.
Y como en los árboles los pájaros ponían a secar sus corazones cual presagio
del sacrificio por amar, así como en estos días nos barajeamos entre multitudes
de colérica soledad, lo hacían los gorriones de la escuela a la casa con sus cantos
que presagiaban el destino cruel que tendrían las caricias, y el sino oculto en nuestros
cuerpos de niños.
III
Todas las cartas se barajeaban en nuestra mesa sola y de piedra,
como se barajan hoy en los desiertos de la ciudad de espejos con pocos gramos de rocío,
los anhelos del beso tras las puertas de la lágrima.
Duende mío, trébol mutilado en el juego de la soledad de los días y las noches de mi vida,
dime qué cartas de clamores y presagios asaltaron el camino que llevaba al corazón; ¿fueron picas o diamantes nuestra apuesta escoltada por serafines.
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