De nosotros ha emanado el eclipse y este atardecer que reclama justicia,
el sol en el instante de su muerte, puestos sus rayos en el fuego de la santidad
ya ya soñando con la quietud del cielo es obligado a colgarse de los hilos
de nuestros oscuros caminos.
El crepúsculo detiene sus brazos en alza, se congela el día en su despedida
y la ceniza de los árboles sacrificados desciende en su oleaje de humo rancio,
el viento que también surge de nosotros emite sombras con los restos de claridad,
todo se vuelve un cantar en silencio, un cantar que arrastra sus notas hasta enterrarlas
en la lengua.
La perplejidad del cielo inserta su imagen en las calles serenas que le sirven de espejo,
los labios callan, los ojos limpian sus residuos de lagos contaminados,
la ausencia de luz cava sus rincones en las rutas celestes.
El sol es ahora un reloj en una alta cúpula rodeado de nubes,
ha detenido abruptamente el pecho antes de declinar las palmas de sus manos
que inmóviles rezan y podemos a pesar de la sordera escuchar las promesas
que lo mantienen vivo.
El veredicto de la vida eterna a través de la noche se impone,
de nosotros ha emanado el eclipse, el aro de fuego que obligado saltamos
para alcanzar los templos de la rosa cuando ha muerto y su espíritu
llama a la puerta y nos susurra.
De nosotros este retener al sol en el andar hacia la última estancia de la luz.
De nosotros este oscurecernos las entrañas, la mirada y el vientre
para ocultar el dolor por el que descenderán las legiones de nuevos pájaros
y nuevas lágrimas doradas de lo alto.
De nosotros y para los hermanos esta noche compartida que usurpa las copas vacías de los árboles
y en ellas vierte sus mares fríos.
En tal acto el sol olvida sus despedidas, imponer el fuego y sembrar sus nenúfares en el agua
y la hora congelada sostiene al viaje en una jaula como un pájaro de cuerda.
Los dolores olvidan su llanto y sostienen su forma iluminada en los ojos.
De nosotros para todos se alza el adiós a la noche, entra el jardín azul en nueva fase
y ya engendrado entre sollozos el sol despliega sus destellos sobre el marco ceniciento de la tarde.
El discurso de la luz reanuda y la rutina se incorpora, mas en la rosas hay una imperceptible huella
de haber callado sus dolores.
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