Conversemos seriamente

Ahora que estamos frente a frente

que finalmente te has  clavado en mi ventana

y en mi pecho, que siento el filo de tu pico como una pirueta en

el centro volcánico del corazón, ahora que escucho el murmullo de las espadas

que vienen a beber del rocío forjado de latidos y hay en mis ojos un coloquio

permanente entre tus alas y un trino incrustado de estrellas en mis labios

para hablar tu lengua, para lanzarte mi mensaje con el fin de que lo ames.

Revélame aro en llamas de las infinitas auroras cómo es el esqueleto de la lágrima,

cuál es la palabra del idioma de los pájaros, qué dice la luz cuando vencida por

su propia inmensidad va a descansar el rostro en la fuente, a morir un poco,

a oscurecerse en los diamantes del agua.

Ahora que estamos de frente, que puedo ver tu rostro de resplandor herido

en multicolores faces por haber besado a la luna cuando en sus cráteres

esconde difuntos quetzales, te pregunto, deseas tú después de haber tocado mi ceguera,

de haber sido espina incandescente en mis parajes de tinieblas, besar mis pupilas,

ir a sus centros, a los pozos de aguas eternas y colmarme de ríos y mares

la mirada, del cantar de las cascadas que se dan sin temores al abismo,

deseas tú acaso poner tus manos en mis ojos cual si fueran vendas de fuego que

en las más oscuras noches del tacto me llevaran a los ritos de Tiresias, junto

a su voz crepitante que aprisiona el manantial en vilo de las profecías.

Dime hada feroz, ahora que has encontrado en mi rostro un espejo donde petrificar

las olas de la bruma, donde liberar el hechizo de tus manos en un juego de viajes

sobre cielos de cristal, dime sin con besar mi frente podré ver las sombras de las rocas

en los muros del silencio, o las sombras de silencio en el corazón envilecido de la roca

que condenada guarda desde el principio el canto de Dios, un canto de fuego salvaje y oculto como pétreo para que no podamos descifrarlo.

Dime niña de los siglos, ave siempre en cada era,

si podré ver la silueta de los soles que cobijas en tus alas del terror de no nacer,

de no poder salir de la matriz de la noche,

dime pequeña crisálida conteniendo siempre las voces en metamorfosis,

 si después de haber cargado mi corazón por un camino de años con su peso de aullidos,

si podré saber a dónde van las mariposas al morir.

¿Van sus almas perfumadas de flor a alegrar

la soledad del Edén o bajan al Hades a alumbrar las alas de la esfinge de la muerte?

Ya sabes que necesito saber, que el deseo en mí es ola constante

acariciada por las ansias del viento.

Antes de que partas en tu carroza de jade y dejes en mi mano la daga de obsidiana,

deja también una de tus plumas.

Yo te prometo atarla a mi cuello como una cadena de

perpetua esclavitud a tu belleza y con ella escribir en las nubes, en los ojos en blanco de una humanidad siempre naciente