He escuchado un leve canto en nuestro pecho como de un pájaro que quiere salir a dibujar el aire.
Muchas veces está oculto y silencioso en su nido con miedo de entonar su himno,
está preso entre el follaje y las duras ramas que sentencian su voz al escondite de una vida.
Mas el ruido de nuestros besos es un sol que entra por las rendijas de su prisión
avivando el ánimo de vuelo.
Los he oído dialogando al tuyo y al mío cuando el dorado reloj detiene su marcha
y entonces desde su encierro planean conquistar todo el aire del mundo
y en las noches de lluvia en sus sueños enfrascan las gotas fugaces
cual semillas que calman la sed y los anhelos de un preso sin destino.
Abren cajas que liberan risas, llantos, enojos y nostalgias
y así conversan con un lenguaje de lágrimas y cantos de recuerdos
que en su alboroto nos despiertan cuando soñamos que tenemos pájaros en el alma.
Una nube de ecos nos envuelve y agita el pecho y en esa nube siguen soñando
y qué cantan entre sueños no lo sé, aunque siento que son luces centinelas que protegem nuestros
deseos.
Tienen secretos que confiesan y después guardan en sus cajones como esperando a darles cuerda
con la llave dorada de sus picos.
Ellos aguardan nuestro veredicto de jueces y temen perder sus alas en el engranaje de nuestras
cuerdas,
en esa dentadura de metales que es nuestra realidad constante de agua estancada y bosques de
calabozo.
Besémonos amor mío para darles la libertad, estrechemos las jaulas de nuestros pechos
pues las aguas del sentimiento han de tirar las masmorras.
Ellos volverán al cielo con sangre de corazones en sus pechos
¡Y qué luces de campanas y de plumas ha de empacar la luna en su alforja de espejos!
Como un polvo de centellas sobre la noche serán nuestras voces,
dos cascarones que liberaron al grito del alma sobre el silencio del firmamento.
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