Uróboros y algo más

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Amanda decidió que el rojo carmesí le quedaba muy bien al parachoques de su carro. Los patrones que brincaron con el primer impacto formaron constelaciones que más tarde convertiría en figuras abstractas con la desnudez de sus manos.

Pensó que, también, no era fanática del cuerpo masculino cuando a este ya le había nacido el arte de un lado de la cara. Así que aceleró y entre la reversa y la primera velocidad de mano, hizo un mural con relieve sobre el pavimento de carretera.

Convertir lo cotidiano en lo espectacular. Recordó así al hombre que la engañó por años y que alguna vez había citado algo por el estilo, en una de sus clases.

Y Amanda consideró que así la existencia no pasaba en vano. Cuando por fin se puede citar a una persona, tras su deceso, es cuando se convierte en inmortal. Un Dios particular para un henoteísmo particular.

Era una suerte que aquella carretera estuviera desocupada desde hace algunos kilómetros. Y aunque la lluvia, que era ligera de ropas, bañaba los campos dorados alrededor de la frontera, Amanda estaba segura que quedaría algo mañana para un Juan Diego cualquiera.

Cuando el frenesí terminó, Amanda bajó del coche y dejó las luces encendidas, con tal de observar los grumos bajo la neblina de la escasa tempestad.

El humo blanco que salía por debajo del vehículo flotaba entre las partículas de luz de los faros hasta alcanzar los tobillos descubiertos de la chica en cuclillas. Dejó los zapatos en el auto porque adoraba sentir las cosas bajo sus pies. El pasto, la tierra mojada, el piso irregular, la pintura seca, la viscosidad de la sangre y órganos embarrados. Todo era fantástico en las plantas de sus pies, resbalándose entre sus dedos y pasando color sobre las uñas.

Pensó que el carmesí era el óleo más sensual entre los estilos de pintura. Con las manos subió por sus piernas retazos de aquel hombre y se excitó con la sensación. También los pasó por sus mejillas, bajando por su cuello, hasta la uve de sus pechos que hacían escote en el marco de su blusa empapada.

En vida Heriberto la hubiera sentir tan erótica como en aquel momento, pues solo le bastaba tocarse el centro de su cuerpo con los tintes en el suelo para llegar a un orgasmo de retumbe de tambores.

Se cambió de ropa no por la sensación sobre su cuerpo, sino por el tiempo ya pasado. Se bañó apartándose del auto cerca de los pastizales, frotándose con las manos las manchas de su historia. Aunque la lluvia seguía sin prisa era suficiente para abandonar al mismo tiempo el engaño masculino, la traición desamparada y el abandono descarado.

Era verdad lo que decían los hombres: La mujer siempre tiene la razón. Y si Amanda había dicho que él no podía dejarla todos podían estar seguros de que no podía dejarla.

Después de divertirse con los dibujos sobre el cofre y la estrella en el parabrisas, Amanda se vistió con las ropas del gimnasio y arrancó el coche. No se sentía motivada para regresar a la ciudad. No era miedo, pero tampoco era curiosidad. Solo se sintió atraída por ese camino de carretera que seguía derecho sin curvas o elevaciones, con un infinito al horizonte que hacía parecer que uno caería por el borde del mundo.

Amanda quería ver esa precipitación y mandó al diablo al difunto de Pitágoras. Cuando la mancha en el retrovisor se difuminó bastante, la chica creyó notar un súbito movimiento entre los miembros embarrados, pero el viento era tan fuerte y el velo blanco del agua tan espeso que dejó el tema para mañana, cuando el éxtasis no se sintiera tan cercano.

Encendió la radio porque a su cigarro le daba gusto consumirse con la música. Si Maneater sonaba en ese momento era por pura y divertida coincidencia. Y si Amanda quería acompañar a Daryl Hall en la segunda era por pura y deliciosa intención agraviada.

La voz se fue haciendo ruido conforme avanzaba en el tramo recto. Amanda sabía que los objetos perderían significado mientras más se acercara al fin del mundo y no se inmutó, pero empezó a molestarle el sonido del agua al caer afuera y en la señal de su estación. Interceptó algunas otras emisoras pero rápidamente perdieron su concepto, rindiéndose al ruido blanco.

Como el cigarro ya estaba volando a través de su ventana transformado en colilla, Amanda decidió apagar la radio, pero cuando puso la mano sobre el botón de OFF un susurro de voz se aclaró entre los granos de onda corta.

-A… man… da…

Fue casi un momento pero le hizo recorrer una gota de sudor junto a su oreja. Retiró el dedo del apagado pero regresó a este cuando se regañó por ilusa. Debían ser los restos de su vida pasada, cuando Heriberto jugaba a hacerla creer lo que ella quisiera. De nuevo OFF y de nuevo la misma pasiva voz saliendo de las fauces de las bocinas laterales.

-A… man… da… -y bien podría ser el estribillo de la canción (it’s “A… man… eater…”), perdiéndose en la sintonía, pero los escalofríos le erizaban hasta las pestañas.

Se empujó a si misma a apagar de golpe la música granulada, justo a tiempo cuando su nombre comenzaba a hacerse más claro.

Pero estando tan concentrada en la lucha de la compostura, Amanda no notó al hombre que la miraba desde el centro de la carretera hasta que el cuerpo se impactó contra el cofre del vehículo, subiendo por la capota hasta caer a la parte trasera.

La mujer se detuvo en seco. No era la misma sensación de cuando había arrollado a su ex amante unos kilómetros atrás. Y, sin embargo, el rostro abandonado de cordura del hombre, al que vio solo por una milésima de segundo mientras regresaba la vista al frente, le pareció familiar. Era la misma expresión estúpida de antes, pero sin el rubor de las mejillas de haber corrido tanto por su vida.

Amanda bajó del auto para ver el cuerpo, pero se encontró solamente con unas heridas sobre el metal nada más. Revisó el parachoques, pero ni siquiera la sangre de la víctima pasada se encontraba ya. En parte por el paso de su ropa sobre la superficie, y en parte por la dieta de llovizna.

Había escuchado que a los asesinos, si llegaban a sufrir de culpa, se les presentaba el cargo de conciencia a través de ruidos, imágenes y olores pertenecientes al siniestro. Pudiera ser entonces que la voz en la radio y el golpe de ficción fueran parte de un golpe de estado personal.

Pero era tarde para desmoronarse cual castillo de arena con toda esa lluvia tan molesta.

-Pura moja pendejos -se dijo ella, subiendo al auto y arrancando el auto ya menos animada por el camino.

Decidió que para evitar las voces en su cabeza debía mantenerse calmada y centrada. Sin música, sin regocijos ni sueños delirantes. La mente en blanco y esa línea gris encendida a dos faros frente a ella.

Funcionó por unas horas.

Era como si hubiera borrado de toda existencia el mundo que dividía la franja amarilla con hipo y el riachuelo de asfalto. La baja señal de sintonización difuminaba la imagen, pero no lo suficiente como para detenerse a pasar la noche.

Pasó a cuarta al ver que no llegaba a ningún lado. No tenía ganas de hacerse la Janet Leigh tampoco, pero la noche era profunda y el cielo negro-rojizo y muy parejo.

Una insignificante cabeceada la hizo perder el control por un momento, y cuando regresó a la atención de la carretera el carro brincó como si hubiese pasado sobre tope. Aunque solo del lado izquierdo.

Volvió a mirar el retrovisor. Fuese lo que fuese se quedó en las tinieblas de un camino recorrido a 120 kilómetros por hora. Pero para no olvidarse de esa sensación, un segundo tope la hizo saltar en el aire, ahora por el lado derecho.

Los objetos regados sobre su trayecto eran borrones para su velocidad, así que bajó a primera y cuando se dio cuenta de los obstáculos se detuvo de inmediato.

Órganos humanos haciendo ruido frente a los faros. Intestinos con la muesca de una llanta atravesando la digestión, un pulmón tatuando la grava y montones de porquería con un rastro de sangre detrás de ellos. Una mano, destrozada por la ineptitud de cierta conductora, llevaba un anillo de bodas que Amanda reconoció enseguida.

Los labios le temblaron como una vez se lo había visto al tal Heriberto. No quiso salir a revisar si la sangre también seguía predispuesta con la firma de su nombre.

Para evitar más brincos innecesarios arrancó a rueda lenta. Trató de no observar los pedazos de carne, pero era imposible.

Y como la noche era muda y la lluvia hacía resonar la tierra muy quedita, Amanda empezó a escuchar un par de golpes susurrando a su alrededor.

Como dos golpes a la puerta, o como golpear dos veces con los dedos el volante.

Desesperada buscó la fuente del tambor, hasta que por fin dio con él, cerca de los pastizales dorados. Un corazón arrancado del tórax latía sobre un charco de lodo, sangre y agua de lluvia.

Amanda dejó para otra ocasión los protocolos de seguridad y se disparó al camino, brincando un tanto al principio.

Con las dos manos sobre el volante, la chica repasó el número de objetos en el suelo. Repasó también la incongruencia cronológica de los hechos. Repasó el golpe, la sangre, el frenesí, la sangre sobre su piel desnuda, el clímax y el beso de despedida. Y la mano, esa estúpida mano con ese estúpido anillo de bodas y esa estúpida traición.

-Debí hacer puré esa mano maldita -exclamó sin importarle que no estuviese presente el abogado de oficio. Entonces se dirigió a la palanca de velocidades y sintió algo de carne y olor a sangre al contacto. Y un pequeño artefacto metálico que estaba enroscado en uno de los dedos.

El grito de horror sucedió girando el vehículo y derrapando sobre el suelo mojado. La mano desmembrada cayó al suelo bajo el asiento del copiloto y regresó el silencio sepulcral.

La chica estuvo un rato calmando el pecho que se le iba en largos suspiros. Sabía que tenía que sacar la porquería de su carro. En parte por lo extraño y macabro del hecho; en parte por cuidarse de las pruebas incriminatorias. Metió los brazos fríos debajo del asiento pero no encontró nada. Había visto que aún goteaba por la sangre provocada, pero ni usando sus pies desnudos, sus mejores detectives, para alcanzar una pista le dieron resultados.

Se frotó los ojos, cansada, y arrancó. Demasiados juegos mentales por una noche. Una noche demasiado larga hasta para ser de verano.

Siguió esperando que los eventos caóticos no la encontraran. Tapizó las paredes de su mente con el color blanco aperlado de hace un rato. Para no pensar en Heriberto, Amanda sintió extrañar a las niñas a las que les daba clase de educación física, en la primaria pública número 4.

Sentía favoritismo por cinco de ellas, a las que quería como si fuesen sus hijas y cuyas personalidades le abrumaban de cariño. Había deseado una propia, envuelta en todas las características de las niñas de la primaria. Pero Heriberto, que seguía con su esposa, no quería hacerlo.

Y se llamaría Lucía, como el famoso cantautor que le abrazaba el corazón con su guitarra acústica y los versos divinos.

¡Como reían las pequeñas cuando les hablaba de sus sueños! Creían que era un juego y Amanda no les decía que no.

Esas risas. Tan lindas, tan hermosas, que se sentían cercanas.

Muy cercanas.

Tan cercanas como si estuviesen en el asiento trasero.

Y lo estaban.

Amanda giró sobre si misma rápidamente y cinco pares de ojos brillando con furia blanca le corrompieron el corazón.

De nuevo el auto se detuvo, para ver mejor la ilusión de sus pasajeras. Pero seguía siendo una ilusión, porque ni rastro de las cinco pequeñas atrás de ella.

Así, por varias horas, la pobre de Amanda tuvo que sufrir del infortunio de cierta magia negra.

Una pareja de ancianos, caminando lentamente a un costado del camino, sufrían de la maldición de vivir sin mandíbulas. Eran retazos de la historia de Amanda, de dos hombres que habían criado a una niña por unos años hasta que esta fue censurada del manto familiar.

Más adelante, deduciendo los siguientes pasos de la locura próxima, Amanda soñó despierta con los aplausos de la gente ante su discurso en el cierre de periodo escolar. Y el ruido era casi un torrencial sobre el capote del vehículo, siendo que allá afuera seguía la cortina húmeda de humo blanco.

Cada tanto regresaba a la ensalada de miembros humanos que había dejado, supuestamente, atrás.

Estaba tan cansada mentalmente que volvió a la realidad para distraerse un poco. Entonces algo del tablero la hizo razonar sobre los hechos. En el medidor de gasolina mostraba con la aguja un cero absoluto.

No sabía desde cuando estaba así, pero en su desesperación creyó que el uróboros se debía al coche en sí y no a ella misma.

Aunque algo dudosa decidió detenerse junto a la quinta vez en esa noche de su encuentro con el ex amante. Cosas del destino, pudiera ser.

Se bajó y abandonó el camino al fin del mundo para adentrarse a los maizales secos.

-Donde hay maizales deben haber campesinos -se dijo a si misma, para tener una pequeña esperanza.

Así que continuó a pie, con pequeños intervalos de escuchar pisadas y de ver movimiento en los campos dorados, manchados de noche. Aún cuando no se veía claramente sin una linterna en la mano, si se podía apreciar el ruido de las moscas haciendo giros aleatorios sobre ciertos puntos del maizal. Y esas pequeñas parvadas se acercaban.

Amanda metió cuarta sobre unos pies desnudos que no respondían muy bien. No había como coordinarse entre la espesa capa de vegetación seca, así que fue de un lado al otro guiada por la voz seca y las lágrimas en sus ojos.

El final del camino de tierra llegó, y comenzó también la frontera de asfalto con un coche que llevaba abolladuras por todos lados.

Era suyo, estaba segura, pero el tiempo había cobrado sus cuentas y el óxido de unos siete años habían llegado al pobre transporte. También los restos habían desaparecido y la sangre tenía un tono muy oscuro y opaco.

Hubo pánico. Mucho pánico.

Amanda dio media vuelta, ya sin aliento, y corrió sin pensarlo.

Al cabo de un rato regresó al mismo camino, con un coche de llantas ponchadas, agrietadas y sin uso. Ya no quedaba historia del arte que había hecho Amanda con el cuerpo de su compañero, el maestro de pintura.

Cruzó la frontera y siguió, pero el resultado, aunque cambiaba aumentando años al camino del fin del mundo, era el mismo.

Finalmente, en su última vuelta, sus pies se encontraron con el hueso y el anillo. Y el índice le rascó parte de la piel, en un movimiento escaso.

Amanda saltó hasta el centro de la carretera, llorando y fatigada. Un par de faros se acercó desde el otro lado. Un coche venía a toda prisa, poseído por el fantasma de la infinita conclusión.

Amanda se derrumbó sobre sus rodillas y miró al conductor, que no se veía dispuesto a bajarse a ayudarla, mucho menos a esquivarla.

Y en sus ojos se encontró los de Heriberto. Y en el reflejo de Heriberto se vio a sí misma, justo en el instante en que iba a atropellar al hombre que había destruido su vida.