Una pasajera más

−¿A dónde la llevo señorita? –le pregunta un taxista a una mujer de mediana edad, con signos visibles de haber llorado mucho.
−Lejos de aquí y cerca de ningún lado.
−¿Qué, a dónde?
−¿A dónde van las que corren de la casa que las albergó desde los 8 años?
−A la casa de algún familiar.
−Toda mi familia se quedó en esa casa.
−Bueno señito, de algún conocido.
−Yo no tengo conocidos, solo clientes que prefieren chicas jóvenes.
−¡Ah!, pero ahora puede trabajar en otra cosa.
−Eso tengo qué hacer. Es irónico, hay mujeres que si no tienen otra manera de obtener dinero, se meten a la prostitución, y a mí me sacaron inservible de ahí… el alcohol, el cigarro, la droga, las enfermedades. Ahora estoy temblando, me siento como ratón asustado, expuesto, sin un lugar a donde esconderse, ¿nunca ha sentido esa sensación de desprotección?, yo hasta ahora no. Me siento vacía, desterrada de mi propia historia. Me siento sola, arrancada de mi única familia; es como si estuviera tirada en el suelo húmedo y frío, un poco de ropa y dinero conmigo, y mi autoestima junto a mí.
−¡Habla de una manera muy extraña!
−Si viera todo lo que se aprende, todo lo que se sabe y todo lo que se sufre… pero, es lo único que conozco.
−Le confesaré que pasé tres veces por donde estaba parada, con sus bosa de ropa, vestida con esa blusa roja de chaquira y su pantalón de mezclilla, se veía como una maniquí triste. Me pregunté cada vez que pasaba, qué estaría pensando, ¿se lo puedo preguntar?
−No estaba pensando nada.
−¡Ah!, Mire, ahí hay una casa de huéspedes, no es cara, y la señora que la atiende es buena gente, le puede conseguir trabajo, yo la conozco, si quiere puedo hablar por usted. Ya ve, como mi madre decía: “Dad gracias a Dios, porque es bueno.”
−Mmmm, siga adelante, lléveme a la casa de madame Sofi, ella no me conoce, pero puedo pedirle trabajo de sirvienta, aunque empiece lavando los baños, siempre hay trabajo ahí, me dicen que no duran las muchachas. Déjeme buscar la dirección.
−Señito, señito… está bien, ¿cuál es la dirección?