Un curso de entusiasmo

Al final de la calle donde quedaba el negocio, se podía ver el cerro de los colores. Las aves ya se agrupaban y revoloteaban indicando que el atardecer llegaba, era una tarde hermosa en Humahuaca, El Próspero. Habían pasado ya quince días desde que el Ingeniero López había abierto su negocio, pero ninguna persona se había acercado a preguntar por las clases. Miró el atardecer desde su ventana, después el anochecer, y se dispuso a descansar.

—Buenos días, cuando gusten aquí los espero para las clases de computación y para que aprendan a usar el Internet —el Ingeniero les mencionaba a todas las personas que pasaban frente a su negocio y les daba un volante con la dirección y el teléfono, también visitó la primaria y secundaria del pueblo, y había repartido información de puerta en puerta, ya tenía pintado un rótulo con la información y había pegado posters en las tienditas que le daban permiso.

Habían pasado veinte días y para su sorpresa, esa tarde se presentaron en la puerta del negocio alrededor de cuarenta niños de la secundaria.

—Venimos a las computadoras. ¿Usted nos va a enseñar?

—Claro que si, pero solo tengo sillas para veinte personas, los que no alcancen pueden venir al rato, en una hora —el Ingeniero eligió a veinte niños al azar que entraron corriendo al negocio a tomar sus asientos.

—¿Y ahora como se le hace? —los niños murmuraban, mientras tocaban el teclado, la pantalla y el mouse.

—Vamos a empezar aprendiendo las partes de la computadora y a usar cada una de ellas.

—¡Esto está retebién chistoso! —grito Jacinto, un niño de primero de secundaria, y empezó a reir, contagiando a todos sus compañeros. Después de una hora de explicación breve acerca del funcionamiento de cada uno de los dispositivos, y después de mucho reir y callar a los niños para que le pusieran atención, el Ingeniero les dijo:

—Bueno niños, es hora de que vayan a sus casas. La clase les costará solo siete pesos a cada uno. Los niños se miraron uno al otro, moviendo sus ojos y tapando sus bocas. Uno de ellos respondió:

pan de dulce

—No traigo dinero maestro, pero mi papá le mandó este tenatito con dos mangos y una manzana —otros niños le entregaron tortillas y pan de dulce, solo la mitad le pagó con monedas.

—Está bien niños, pero no olviden decirle a sus papás que vendrán a la clase para que les manden dinero.

—Está bien maestro, ora si ya nos vamos, mañana otra vez venimos.

El otro grupo de veinte niños ya lo esperaba en la puerta.

—Pasen niños vamos a empezar la clase.

—¡Ohh!, están bonitas las computadoras —dijo Benito asombrado—, yo quiero comprarme una luego.

—Claro que si, por ahora necesitas aprender lo más que puedas para que cuando tengas la tuya no te cueste trabajo, además puedes aprender muchas cosas más, no solo a usar Internet.

—Si, me gusta mucho la computadora, yo voy a tener mi negocio como usted maestro, cuando sea grande.

—Tal vez tengas más que esto, si tú lo quieres, estoy seguro.

Después de una hora, los despidió igual que al otro grupo, sonrió satisfecho, mientras miraba a los niños correr hacia sus casas. Estaba seguro que regresarían al día siguiente y los días subsecuentes, no estaba seguro cuánto recibiría en dinero por sus clases, pero sí de que tendría muchas sonrisas, entusiasmo, fruta fresca, pan y también tortillas.

fruta