Trazos de vida

-Anda, más despacio, profundo; no has de preocuparte, no me haces daño. Si te lo pedí a ti es porque confío en tu fuerza, tu firmeza.

-Estás loca,  ¿te lo han dicho?

-Todo el tiempo, ya disfruto cada vez que lo mencionan.

-Has de agradecer que soy de criterio amplio, que te conozco de años. . . que te quiero, mucho.

-Lo sé, pero ya basa de tanta palabrería, te distraes.

-¡Estoy nervioso!

-Anda, fija por donde vas, no quiero que quede mal, sabes que amo la perfección, o en su defecto, un buen trabajo.  Además, por eso puse música ¿que no? ¿No te gusta?

-Me pone los pelos de punta, yo no sé quién te dijo que eso relaja; tanto grito me da la sensación de vacío, como si fueran lamentos por el vacío, no sé.

-¿En serio? Ah, no sabes escuchar, es eso; calla, agudiza el oído, siente el ritmo, los acordes dirigirán tu mirada, tus manos…

-¡Bah!

-Lo que pasa es que expone tu mayor miedo,el temor primigenio de la humanidad: el vacío. ¿Te has dado cuenta de lo mal que nos pone encontrar el reino de la nada absoluta (aunque  no es estoy de acuerdo con el concepto, ya sé, lo he mencionado muchas veces), donde el clima perfecto es el silencio? Sentir, oler, ver, tocar la nada nos apabulla. Despreciamos el sublime placer de la existencia en la totalidad, ese abstracto intangible. Nos decantamos por los detalles, miles de detalles sin significado en sí, los dotamos de un sentido que sobrepasa sus límites ─y por mucho─, los deformamos a fin de encontrar en ellos algún resto de nosotros, los convertimos en espejos. Anclamos en ellos, los cogemos como salvavidas ¿de qué nos van salvar? Lo peor de todo es el “tipo de detalles”, todos ellos de materia fugaz; evitamos comprender que lo sacro no conoce de materiales, ni de confesiones terrenales, de religiones, ignora las liturgias…

Descubrí esta sensación de vacío una tarde de esas que suelo darme, ya sabes, café, cigarros y mera contemplación del horizonte fragmentado; fue curioso que en medio de este paisaje citadino lleno a morir de colores fríos, de cortes aquí, allá, encontrara esa totalidad de la nada. Las primeras notas me sacaron del embeleso, me transportaron lentamente hacia un profundo negro. Cierto miedo se hizo presente, al comienzo la oscuridad en la que me sumergía de a poco me aterrorizaba, el escalofrío propio de la incertidumbre se apoderaba de mi cuerpo, perdí la noción del espacio y me dejé llevar en cuanto me convencí de que el vértigo no me haría trizas. Pronto un sinfín de pensamientos e imágenes se esfumaron dejando mi interior en paz, una felicidad inmensa surgió cuando me di cuenta que estaba en la nada; no sé cómo lo supe, solo lo sentía, lo experimentaba…

Desde entonces escucho a menudo estos ‘lamentos’, sobre todo cuando me siento llena, cuando las líneas carmesí no son suficientes. He descubierto otras pistas, voy explorando de acuerdo al ánimo del instante. Hay otros músicos interesantes en la rama, con y sin confesión religiosa, maravillas algunos, otros sinceramente me asustan su afán por la predicación. Quise que lo escucharas, es relajante, pensé que te haría falta en esta ocasión, al parecer no te ha gustado eh. Ya, siente nadamás, solo evita cerrar los ojos, mira que puedes dañarme…[Terminó la frase en un tono que traslucía su coquetería sui generis…]

-Odio cuando te pones “metafísica”, cuando te da por “filosofar”. Tantos años y aún no te entiendo, te adoro, pero me resultas un enigma. Dime, cómo una bailarina profesional de ballet clásico tiene tanta rareza en la mente. Sí, lo sé, tus padres; sobre todo tu madre, una filósofa de tendencias melancólicas, por no decir, suicidas.

Sabes, cuando te conocí no imaginé que fueras a dedicarte a la danza; tu actitud de niña solitaria, poseedora de una seguridad increíble me impresionó, supongo que mi timidez de “niño nuevo” influyó. Tampoco creí que te convertirías en una amiga casi hermana, que pasaríamos tantos años juntos pese a las distancias. Estaba seguro que elegirías la misma profesión de tu madre, esa inteligencia aguda auguraba un futuro más que prometedor en el medio, con todo y que poseías la viveza y euforia de los relacionistas públicos, en realidad me sorprendió mucho cuando me anunciaste tu entrada en la academia de ballet clásico ¡hasta entonces me enteré que practicabas desde los cuatro años! Sin embargo, no me sorprendió saber que existía en ti una inclinación muy marcada por el rojo en tu piel, tan profunda como tu pasión por el ballet, quizá me parecía lo “más natural” en alguien cuya madre murió en un episodio suicida después de tantos intentos fallidos; con todo no dejaba de preocuparme que algún día decidieras seguir los pasos de tu mentora. En realidad no entendí cómo lograste sobrevivir en el extranjero, en aquella academia tan demandante, con presentaciones por doquier y casi a toda hora, cómo hacías para que las marcas no fueran visibles, pues no posees la cobardía de esconderlas…

[Sentí su sonrisa, adiviné el brillo de su mirada, mostrando el orgullo por saberse incomprendida, le fascinaba escuchar lo que ella llamaba mis “lúcidas disertaciones impregnadas de dudas”, un nombre muy largo para simples preguntas. Siguió recostada, cerró los ojos y se dispuso a disfrutar de la música, de los trazos emanados de mis dedos, de la fuerza de mis manos, del dolor de la creación. No sé cómo hice para seguir, porqué cumplí con su petición sin nombrar ni un pretexto; solo recuerdo la imagen del producto final, su espalda fue el lienzo de una de mis mejores obras. Un ave en pleno vuelo con la expresión de armonía y seguridad en su rostro; majestuosidad y belleza sublime vi en el rojo colibrí que mis dedos habían formado en la tela blanca que fue su zona lumbar. En ningún momento se quejó, permaneció muy quieta durante horas, solo el ritmo de su respiración y las charlas que entretanto emprendíamos me indicaban que mi paño no era un cadáver.

Ella sabía de mi pasión por el dibujo, de mi talento innato; hubiese querido que  mi padre también  me impulsara a seguir mis pasiones, que mi madre escuchara en lugar de asistir a tantos eventos de beneficencia. Aunque no mostraron alegría cuando les comuniqué mi decisión de dedicarme a la medicina, al menos respiraron tranquilos al no escuchar de mi boca las carreras de Letras, Artes y demás “tonterías” que mis amistades “curiosas” eligieron; para mis padres, seguir el negocio familiar de “empresarios-políticos” era la opción, me negué rotundamente a semejante aberración, por lo  menos estaba seguro que mi excelente pulso ayudaría en mi carrera de cirujano. Mis amistades eran aceptadas con hipocresía en mi núcleo familiar, salvo ella, su carisma cautivó a mis padres, en particular a mi madre, aunque no dudaba en dejarme ver algunos de “sus defectos”, sobretodo su cuando supo de su marcha al extranjero para estudiar ballet, lo consideraba un desperdicio de recursos. Mis novias no se quedaban atrás, su belleza las intimidaba, ni decir su inteligencia, pocas soportaban y ninguna comprendía mi relación con ella, y eso que nunca  se enteraron de sus manías. Solo una persona fue capaz de entender, de hecho la quería tanto como yo, la admiraba; esa afinidad y comprensión me animaron a pedirle matrimonio. Ah que locura fue aquello, ella me ayudó a preparar todo el escenario sorpresa para tal momento, se encargó de que fuera memorable, tanto para mí como para esa mujer que  se convertiría en mi esposa.

Creo que ella fue la más feliz el día que me casé, aun recuerdo su expresión de paz, la misma que mostraba la noche de mi obra mientras cortaba su espalda, mientras la sangre goteaba con lentitud recorriendo sus costillas, formando abstracciones en las mantas. Tenía la certeza que esa manía por los cortes la llevaría muy pronto a la  muerte, en ocasiones marcaba su cuerpo en lugares muy peligrosos, cerca de arterias, o demasiado profundos; sin embargo poseía un método y una exactitud aguda, prefería la profundidad en zonas menos visibles, pues resultaba más placentero según me comentó una ocasión; yo elogiaba su precisión, bromeando sobre la posibilidad de que fuera mi rival si hubiera elegido la medicina como profesión. Su exactitud metódica contrastaba con su desenfadada personalidad, pero ella era así, un oxímoron andando. Resulta curioso que esa noche sea el recuerdo más nítido que poseo de ella, que mi preocupación por su vida ahora parezca banal, que sea ella quien vea por mi familia, quien me visite con mayor frecuencia en sus charlas consigo…Es ahora que comprendo esa conversación, su idea de la nada absoluta, de la totalidad, solo que existe una pequeña diferencia, ella la comprendió antes, la vive; en cambio, yo tuve que morir para sentirla…].

Cuts_by_AnnaUlyanova

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