El Vagabundo Francés

Este era un vagabundo que se hizo un traje muy cómodo y práctico. Estaba hecho sólo de un armazón de madera recubierto de un textil fino e impermeable. Lo extraordinario es que era un medio de locomoción propulsado por un par de hélices (una instalada en la punta del sombrero y otra en la punta superior de un larguísimo bastón que el vagabundo nunca soltaba) y de tracción delantera. Si levantaba su bastón, el traje se detenía.

Su traje se cerraba herméticamente por las noches y entonces adquiría el aspecto de un capullo enorme. Al vagabundo le gustaba tanto su traje que sólo se lo quitaba para lo necesario.

En la parte que cubría su cara, había una puertecita de madera que se cerraba con llave por dentro. Cuando amanecía para él, lo primero que hacía era abrir un recoveco en la parte derecha de su traje de donde colgaba un pequeño estante con tres libros y por encima de ellos, el retrato de una mujer de ojos hermosos. Inmediatamente después, abría los botones a la altura de su pecho para descubrir la maceta donde cultivaba una rosa que te hacía pestañear.

Sus ojos azul cómo el mar nuestro, su barba rojiza y su piel blanca lo delataban cómo extranjero. Tenía un gato pardo que estaba entrenado para recolectar monedas cargando un sombrerito en el hocico, pues era frecuente ver al vagabundo posar quieto en el malecón atrayendo todas las miradas extranjeras. ¡Merci! gritaba cuando la gente le daba al gato pardo una moneda. ¡Au revoir! cuando se retiraba. Y entonces le empezaron a llamar el vagabundo francés.

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