Set, juego y partido

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Fue el Señor Ruiz quién me presentó al grupo y fue él quien murió primero. Nunca, en los dos meses que lo conocí, pude ganarle una mano, y aunque no apostábamos dinero, se le notaba cierta satisfacción indecorosa cuando se metía todos los dulces al bolsillo.

                Hablando de dulces, los del señor Dávila eran los peores. Si, entendíamos que el pobre hombre tenía diabetes pero ¿por qué teníamos que sufrir nosotros por eso? Una que otra vez me entraron ganas de pararme de la cama, acercarme a su habitación cuando estaba congestionada, y gritarle a todos los familiares que por el amor de Dios le regalaran caramelos que tuvieran aunque sea una pizca de alma. Lo único que nos provocaban esos tristes chocolates era dolor de cabeza.

                Pero al menos a él lo visitaban. Abigail apenas si se paraba a verme. Creo que no aguantaba la idea de verme todos los días vomitando en el baño y tosiendo sangre sobre su lindo vestido amarillo. Lástima, y yo que siempre le había dicho que viera el lado positivo del asunto, porque al menos me ahorraba un dineral en peluquería.

Pero bueno, decía que las visitas de Abigail escaseaban. Primero venía a diario, pero cuando la situación se agravó, solo se pasaba los viernes por la noche con una película de Tin Tan y un par de paquetes de palomitas. Lo hacíamos desde hace tres años y al parecer lo íbamos a seguir haciendo aún y a pesar de la desgracia del presente.

                Creo que por eso no la mandé al diablo. En parte porque tenía cine gratis todos los viernes y en parte porque no quería terminar como la Señora Santa Cruz. Ella no tenía a nadie, o al menos eso creímos durante todo el tiempo que la conocimos, porque cada vez que el tema surgía, entre el café de los vasos de papel y el full de ases y dieces del señor Dávila, ella callaba y tarareaba con los labios cerrados el tema de Casablanca.

                Julieta era la última que conformaba el Club de Marcellus Coolidge. El nombre, por increíble que parezca, no fue dado por alguno de los tres viejos. Fue Julieta, la gótica del pasillo de los terminales, quién al tomar una foto de sus compañeros se dio cuenta del gran parecido de estos con los perros en las pinturas. Entiendo que el señor Ruiz se parecía bastante al San Bernardo, era grande, bonachón y siempre nos hacía sufrir con la última mano, ya sea con un buen farol o con un póquer de reinas; también lo de Julieta con ese cuerpecito de Collie tan delgado, cabello tan alborotado, y actitud tan sobre protectora hacía sus compañeros –y bien podría haberse llamado Lassie, porque estaba siempre más atenta en la salud de los viejos que en la suya misma – pero yo… ¿Qué mierda tenía que ver con el pinche Danés? Tal vez sólo querían que embonara en el cuadro, porque ni alto, ni imponente, ni amistoso; sino todo lo contrario.

                Regresando a las actividades que importaban en el grupo, los juegos se efectuaban siempre a las dos de la mañana en alguna de las habitaciones que estuviera disponible. Esto es sólo una forma de hablar para decir que usábamos los cuartos cuyos pacientes habían fallecido ese mismo día y todo el mundo guardaba el luto antes de colocar a una nueva víctima para los químicos. La única regla que teníamos en el club era de no preguntar cuando íbamos a morir. No era por arruinar la sorpresa, todos sabíamos que no llegaríamos al año nuevo; todos excepto el Señor Dávila, pues estábamos seguros que seguía encamado sólo por hipocondríaco. Tenía la loca idea de que tarde o temprano la diabetes le haría perder una pierna, después la otra, luego los brazos; y que al final solo sería un torso nauseabundo donde no habría más que cortar.

                De todas formas, al final, sobrevivió a la temporada de caza de la flaca de Posadas, contrariando su paranoia. La primera víctima, como dije al principio, fue el señor Ruiz. Recuerdo muy bien esa noche porqué tuvo la mejor mano que alguno de nosotros había visto en vida: una flor imperial de corazones. Lo que resulta bastante irónico, porque ahí estábamos, tirando las cartas a la mesita de plástico, molestos y avergonzados por las mismas; cuando de repente, sin previo aviso, el sujeto cayó al suelo tirando los muebles a su alrededor. Era su dieciseisavo infarto.

                -Era un buen hombre. Tenía un corazón tan grande que no le cabía en el pecho y por eso se murió –dijo Julieta una noche después, cuando le tocó hacerle de dealer y hacía bailar las cartas en sus manos con una destreza impresionante.

                Creímos que el mejor tributo era jugar en su habitación vacía, aprovechando las tradiciones. También en su memoria retiramos todas las cartas de corazón. Para que a nadie se le ocurriera, ya sea de milagro, lanzar otra flor de esas y que opacara el recuerdo del buen San Bernardo.

                Era difícil verlo a través de ese velo de sombra en los ojos y labial negro, pero realmente le afectó a Julieta la ausencia del viejo. Por lo menos antes era divertido preguntarse cómo era que una mujer de la imagen de Julieta podía reír tanto y preocuparse tanto por los miembros del Club. Y no sólo ahí. Casi nunca la encontrabas en su habitación. A veces estaba en pediatría haciendo reír a los niños, o en urgencias tratando de calmar a las familias con algunas palabras de aliento.

                Pero ahora la gótica reflejaba el cliché de la tribu urbana. Estaba callada, taciturna y recorría los pasillos como un fantasma.

                La señora Santa Cruz fue la siguiente. La encontraron una mañana en el baño, todavía sentada y con medio rollo en la mano derecha. Para ese entonces Abigail ya no venía ni siquiera los viernes y como yo no soy de disfrutar la programación diurna de la televisión abierta, pasaba casi todos los días en compañía de la señora Santa Cruz, esperando furtivamente a que algo delatara la razón de su abandono. Sufría de esclerosis múltiple, excusa suficiente para ser la única que siempre perdía más de lo que ganaba en los juegos. Le pedí a una enfermera que me consiguiera una copia de Casablanca y esa noche no asistí al juego. Creo que esto ocasionó que la reunión se cancelara, porque el póquer en pareja no es póquer, es solo un juego de niños de cuando llueve y no hay luz en la casa.

                Después de la película subí al techo, esquivando a las enfermeras y doctores, y me fumé una cajetilla completa. Julieta me alcanzó una hora después de que llegué al tejado, me ayudó con los últimos dos cigarrillos.

                -¿Bogart? ¿En serio? ¿Qué pasó con el Rey del Barrio? –me dijo soltando el humo frente a su nariz.

                -Hizo más de cien películas. En tres años ya solo repetíamos las mismas una y otra vez. Perdió la chispa.

                -Ya te hubieras deshecho de ese estúpido bigote entonces.

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                Pero no lo hice. Y al día siguiente, como si me hubiera echado un reto, llegué a la habitación de Doña Santa Cruz con un sombrero emplumado y un Romeo y Julieta del Oxxo., Tuve que sobornar a una horrible enfermera para que me los consiguiera. De todas formas el señor Dávila me aplaudió la tontería y Julieta sonrió estúpidamente. El juego fue tranquilo, sin los dos ausentes la partida se había equilibrado. Cada uno regreso a sus aposentos con buen botín.

                -¿Alguno de ustedes sabe quien era Fortuna? –interrumpió un par de noches después el señor Dávila, mientras dejaba dos cartas sobre la mesa y tomaba el mismo número del montículo.

                -Quién quiera que sea no me está ayudando esta noche –contesté, retirándome de aquella partida. Julieta no dijo nada, solo le dio un sorbo a su café helado.

                -Bueno, ella era considera la Diosa romana de la suerte y el infortunio. Se dice que era la encargada de repartir los bienes y los males en los hombres, dependiendo de su capricho. También que, dependiendo del humor que se cargara en ratos, se le conocía como Fortuna Dubia, Fortuna Brevis y Mala Fortuna. Cada sobrenombre refería a la fortuna dudosa, a la breve y a la mala.

                -Creo que al pobre señor Ruiz siempre le sonrió una suerte constante. Pero si hablamos de Doña Santa Cruz, diablos, no dejo de pensar que la seguía el infortunio. Nadie puede tener tantas malas manos en cinco noches seguidas.

                -Es una diosa poco conocida. A Grecia ni siquiera les llegó el rumor. Para eso tenían a otro montón de orates –entonces, con una sonrisa encendida, el Señor Dávila dejó caer su mano frente al suspiro ahogado de Julieta y el mío. –Ni hablar, por lo menos yo puedo decir que la buena Fortuna Brevis no es tan mala como parece. Y con esto me retiro, compañeros.

                Y lo decía en serio, porque a la mañana siguiente sus familiares vinieron por él y se lo llevaron a casa. Me dio gusto, aunque ahora el Club de Marcellus Coolidge estaba más roto que el cristal de la ventana por el que me entraba el sol.

                Dejamos de jugar, evidentemente. Todavía veía a Julieta flotar por los pasillos sin la sombra bajo sus pies. Así de sigilosa se había vuelto. La saludaba, me sonreía, pero hasta ahí. Abigail se apareció después de tanto con un ramo de flores, pero solo para regresarme el anillo y las llaves de mí casa. Asunto que me pareció sumamente estúpido, porque no creía que iba a regresar alguna vez a ese lugar de todas formas.

                Lloró, la abracé, la consolé y me reí a mis adentros. En algún punto debimos confundirnos de papel, porque el chiste era que ella fuera la que me reconfortara y que yo aflojara el moco suelto. Pero no fue así. Tan cerca de la muerte estaba yo que no sentí el luto de su partida. Ni modo.

                Me entró, eso sí, un ataque de tos unas horas más tarde. Fue un golpe terrible, pues me dejó en cama conectado a quién-sabe-cuantos aparatos. Los doctores me hablaban en sueños y en un lenguaje más marciano que terrestre. Sin saber que me decían les agradecí sus atenciones con un montón de “sé que hicieron todo lo que pudieron, no se preocupen”.

                Salieron. Y maldije mi suerte al recordar ese rayo de luz que entraba por la ventana y que me daba directamente en los ojos.

                -Y las flores, carajo, se me olvidó pedirles que me las pusieran en agua. Ahora se marchitarán y se regaran por toda la habitación. Me va a estar molestando eso toda la noche.

                Cerré los ojos.

                Julieta estaba sentada a mi lado cuando desperté. Estaba barajando las cartas sobre la plataforma con la que se servían los buenos pacientes cuando les traían de comer. Me dolían todos los huesos, pero logré acomodarme sobre mi espalda.

                -¿Y mi café? Ni siquiera tengo dulces a la mano.

                -Esta noche no. Esta noche vamos a jugar por el puro gusto –contestó la Collie en negro.

                Repartió. Un par de dos, un ocho, un siete y un as de picas. No era la mejor combinación, así que deseché tres cartas y tomé el mismo número del mazo. Julieta no tomó alguna, lo que me preocupó de inmediato. Ella casi nunca apostaba a menos de que tuviera algo bueno. Era muy fácil de leer y muy mala para el farol; pero aún así lo hizo, a sabiendas de que estaba al tanto de cómo manejar sus movimientos.

                -¿Y qué vamos a apostar?

                -Tu suerte –respondió, entonces me quité la mascarilla de oxígeno y con todas las fuerzas del mundo hice una mueca de incredulidad. Como diciéndole con la mirada “no me vengas con esas chingaderas”. Ella sacó la lengua y frunció el ceño, divertida. –Si quieres, sino te dejo para que te ahogues en tu inmundicia.

                Acepté sin rechistar. Le mostré mis cartas, escalera del as al cinco, de diferente figura. Julieta comenzó a reír, sin mostrar su mano. Estaba confundido, pero la gótica impúdica lo empeoró cuando se levantó de su silla, se acercó a mi rostro y me besó la mejilla. Entonces se dirigió hasta el marco de la puerta y la luz de la luna reflejó su cara con una belleza casi indescriptible. El rubor bajo sus ojos me hizo saber que se despedía de mí, para siempre.

                Fue la última vez que la vi.

                Todavía me reúno con el viejo Dávila los viernes por la noche, para ver a Germán Valdés corriendo en escena con su síndrome incurable de pachuco y rey del barrio. Reímos, fumamos y escuchamos a Sinatra cantando As time goes by en su viejo tocadiscos. A veces nos ponemos a recordar a los tres perros que se nos adelantaron, aunque no sabemos muy bien si Julieta esté con ellos.

                Y es que una semana después de mi crisis, cuando me dieron de alta en el hospital –aún ante la mirada asombrada de mi doctor de cabecera– visité por última vez el cuarto de Julieta, para ver si podía encontrarla pintándose los labios con ese horrible color negro, o aplicándose sombra sobre los ojos, o cantándole a los niños, o ayudando a un viejo a llegar al baño. Pero ni rastro de ella.

                Sin embargo, sobre su cama, cinco cartas yacían regadas sobre los pliegues de las sábanas. Dos reinas y tres reyes; y, escrito con labial negro en la parte de atrás de una de las reinas, se podía leer claramente: Dubia.

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