Olvidar

OLVIDAR

Por Jorge G. Zarza Spíritu

1970, de regreso a clases en un nuevo edificio, con nuevos compañeros, y diferente organización de horarios. Ya no había prefectos a quienes burlar, ni vigilantes en la puerta que te evitaran salir a la calle cuando quisieras. De uno dependía todo. Era un plan de estudio anual, profesores muy calificados profesionalmente, algunos ingenieros militares quienes eran asignados por orden superior, y los más, que daban clases por amistad a las autoridades y amor a su alma máter, sin ninguna necesidad económica o de otra clase para hacerlo. Imperaba la autocracia y la disciplina discrecional, era el primer año, donde cientos entran y sólo docenas se quedan, la causa: un mix de cálculo, física y fisicoquímica letal.

Un joven estudiante, sobreviviente del movimiento estudiantil de 1968, imberbe, greñudo, sabiondo y rebelde, escuchó al profesor dar ciertas reglas de aplicación que le parecieron arbitrarias, pidiendo la palabra, protestó y textualmente dijo, “Usted no se puede pasar por el arco del triunfo los acuerdos de grupo”. El joven de unos 54 kilos de peso y 1.7 metros de estatura, permaneció en pie, cuando el profesor, reconocido karateca de unos 110 kilos de peso y 1.9 metros de estatura, se le acercó y con el rostro afectado el increpó: “repita lo que acaba de decir”, y el joven estudiante repitió con voz segura, con aplomo de “veterano del 68”, que conoció el pánico y el horror de la muerte, que corrió por su vida ante las balas, huyó de la milicia y de los granaderos, de las críticas de todos sus parientes y burlas de los ignorantes e indolentes que lo conocieron, repitió: “Usted no se puede pasar por el arco del triunfo los acuerdos de grupo”. El profesor, el gurú de la carrera, el karateca, el temido, el autoritario, el inflexible, el soberbio y reconocido internacionalmente profesionista, sentenció: “o se sale su compañero o me salgo yo”… el grupo, aquel conjunto de jóvenes que apenas si se conocían, que recientemente habían hecho una junta con los directivos de la carrera para definir pautas de organización, horarios y formas de evaluación, más valientes que el joven rebelde, guardaron silencio, los más agacharon la cabeza, ninguno se “abrió”, ninguno apoyó al profesor, se mantuvieron íntegros a sus acuerdos. El joven sólo fue su voz, ellos el cuerpo del grupo. El profesor se salió y nunca más se le volvió a ver.  En adelante ese grupo fue respetado por la comunidad, había derribado a un ícono, y a otros menos importantes, ya que por ejemplo, el ñoño del grupo, puso un despertador que sonó en lo más aburrido de la clase de otro profesor, que tampoco se volvió a ver, y hasta la fecha ese grupo se reúne y recuerda ese y otros hechos que les ayudaron a formar su personalidad.

La vida nos lleva por muchos caminos y uno de ellos llevó a ese joven, ahora muchos años mayor, a la ciudad de origen de aquel afamado profesor. Se encontró casualmente con uno de sus sobrinos, quien le platicó la historia final del tío: “Cuando Homero regresó de México, jubilado, divorciado, solo, porque era de muy mal carácter, orgulloso y muy violento, se tiró a la borrachera, y se dejó morir en una casita que tenía por allá en el campo. Pareciera que algo lo rompió por dentro, una decepción, una frustración y no lo pudo superar. Un desperdicio de vida, era muy hombre, pero algo le pasó. ¿Qué fue?, nunca lo dijo, eso pasó por allá de 1970″. ¿Entonces tú lo conociste?  preguntó,  a lo que aquel joven rebelde contestó: “Lo vi en clase una vez, pero ahora sé que nunca lo voy a olvidar”.

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