Noche y día

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La puerta de la sala de interrogatorios se abrió repentinamente y por un momento el corpulento detenido volvió a oscurecer el lugar al pasar por ella. No solo era alto sino extremadamente musculoso aunque también con una gran cantidad de tejido adiposo. Su rechoncha cara era la de un niño asustado. Con los cabellos revueltos y su ropa desordenada el aspecto infantil se acrecentaba.

–        Siéntate- dijo el agente Lozada- esto va a llevarse un buen tiempo. ¿Tienes algo que decir de entrada?

El hombrezote movió la cabeza de un lado al otro.

–        Veamos, no diste tu nombre. No tienes identificaciones ni antecedentes. Nadie ha preguntado por ti. Tus huellas no aparecen en AFIS. ¿De donde vienes, de la luna?

No contestó.

Lozada prosiguió.

–        Mataste a una familia entera con una saña increíble. Los desollaste vivos. Al padre lo golpeaste hasta la muerte con esos enormes puños mientras ejercías control sobre el resto. Uno a uno los fuiste desmembrando haciendo gala de tu fuerza. Y al terminar tu obra te sentaste a la mesa y fuiste devorando la comida de cada uno de los platos. ¿Sabes? Me das asco. Te vuelvo a preguntar, ¿tienes algo que decir?

El gigante volvió a negar con la cabeza.

–        ¿Estás consciente? ¿Me escuchas?

El hombre giró los ojos esta vez.

–        ¿Los conocías?

–        No- dijo al fin el detenido.

–        ¿Trabajaste solo?

–        Sí

–        Esas heridas profundas en tus brazos, ¿Cómo te las hiciste? Aún te supuran. ¿Alguien se defendió?

–        No

–        Mira, aunque casi no hablas te estás incriminando más. Si no actuaste solo esta es tu oportunidad de librarte de una cadena perpetua. Quiero que me entiendas, me ayudas y te ayudo. De nuevo, ¿lo hiciste solo?

–        Sí

Lozada dio un fuerte golpe en la mesa. El tipo era un completo idiota o el mejor actor que jamás hubiera visto. No solo permanecía sereno y contestando solo con monosílabos sino que parecía indiferente a todo y hasta algo inocente.

El crimen era más notorio por la figura política involucrada y su familia. Veterano en la corporación, Lozada decidió retirarse esperando que el tiempo y la soledad ablandasen al criminal.

“Hasta los más duros caen” se repetía.

Ya en su escritorio fue revisando los análisis de laboratorio. Fuera de una alta concentración de lactosa y proteína todo estaba dentro de los parámetros. El examen de ADN no revelaba ningún cromosoma anormal que justificara su “cara de imbécil”, como le llamaba.

El dictamen de la psicóloga decía encontrarlo orientado y sin desórdenes aparentes aunque con movimientos un poco torpes, atribuibles quizás a su gordura. En un apartado marcaba que el individuo casi no podía leer ni escribir y comprendía medianamente las instrucciones.

Con estos elementos Lozada tenía que armar su informe puesto que las voces de arriba urgían el traslado del detenido al penal. El juez también estaba a la espera.

Al cabo de tres horas, Lozada regresó al recinto.

–        ¿Me vas a decir algo?

–        Quiero paleta.

–        ¿Que?

Entonces recordó que en el bolsillo de su saco guardaba dulces, buscando eliminar su adicción al cigarro.

Lo sacó, se lo dio y observó al gigantón devorar con gusto el caramelo.

“Es un caso perdido, me rindo” dijo.

En un impresionante  operativo, el presunto fue trasladado al penal de alta seguridad.

Al día siguiente, Lozada veía en el noticiero que el gordinflón había sido hallado culpable de un quíntuple homicidio acaecido en la casa del candidato presidencial. La sentencia fue la recién instaurada pena capital.

“Pobre idiota” pensó.

El teléfono soñó. Era un amigo suyo, jefe de custodios de la prisión.

–        ¿Viste las noticias?

–        Sí, ya mero tendrás trabajo.

–        ¿Cómo dices? Ya lo ejecutamos.

–        Pero…

–        La orden era eliminar a esa basura de inmediato. Poco a poco verás en la tele el desarrollo de la ejecución.

–        ¿Sabes? Me quedé con la duda. Cómo un retrasado mental como ese hubiera sido capaz de todo este circo.

–        Así lo sentimos también. Un tipo de lo más tranquilo. Hasta nos pidió una de esas paletas que comes, la roja con el chicle.

–        Sí, como mis hijos.

–        Ahora que lo dices…

–        ¿Qué?

–        No lo creerás. Cuando lo estábamos desnudando para bañarlo… mmm… ¡tenía un pañal puesto! ¿Puedes creerlo? ¿Lozada?

El policía había colgado y se sentó mirando a lo lejos algún punto distante.

Meses después Lozada vio un comunicado de la Interpol pegado en el tablero. Advertía de un experimento genético llevado a cabo por un científico suizo, teniendo éxito al desarrollar a unos bebés en poco tiempo hasta alcanzar un tamaño colosal. Una raza de gigantes estaba en camino. Al llegar la policía local, el laboratorio ya había sido desmantelado y no encontraron pistas. La alerta era de grado máximo.

Lozada fue por un espreso cortado mientras daba una gran bocanada a su cigarrillo…