Meditación del Loto

De cara pálida y sentado sobre el agua
el loto respira y como un niño juega a trascender el umbral del agua
observa en el espejo donde descansan sus pétalos todavía atados a su reflejo partido por la mitad
pero los días se filtran por el ojo del tiempo
poco a poco lejos de la marcha de las hojas
y fluyendo por el camino del río el loto percibe las puertas del aire.
No se ata a su olor o a las luces rotas que conforman los reflejos
no piensa en el poder de su mirada, paraíso acuático,

gota capaz de liberar la sed atormentada del hombre que en el espejo del agua busca respuestas.
Él anda, sólo eso, como un seguidor del discurso del viento que une o dispersa las nubes.
Ondea entre el cielo y las aguas y el cantar de sus raíces viaja por las venas de la tierra hasta los
horizontes de su corazón.
No se ata al elogio de las miradas del contemplador que lo sueña o lo
inmortaliza y huye de las manos que guían a prisiones de cristal.
El loto es,
sin muros o construcciones de hojarascas ama como un sol blanco
sobre el agua y  después de haber curado sus anhelos de dominio en el máximo
resplandor del universo
se abre cual mundo completo, libre, con puertas de agua, aire,
eco de tierra, estructuras de fuego.

Se vuelve segundo vacío,
tiempo sin rostro más allá de la oscuridad o la luz,
oportunidad para  él que lo contempla,
de ser un pétalo en el mándala del universo.