Los siete gatos de la fortuna

GATO DE LLADRO

Doña Renata hace poco que había cumplido sus setenta años pero aparentaba muchos menos. Siempre había sido su caso. Su mirada diáfana dejaba ver una paz y tranquilidad sin igual. Su piel era lozana y radiante, a juego con sus vestidos de seda negra. Si bien había recurrido a dos o tres cirugías eso no le restaba belleza.

Como hija única del hombre más acaudalado del país creció con la firme convicción que el matrimonio servía para formar una sociedad encaminada a acrecentar fortunas. El amor era un lujo superfluo que un rico no se podía permitir.

Grande fue la satisfacción de su padre cuando supo escoger al mejor partido disponible. Y por si esto no fuera poco, heredero sin nadie que le disputara el honor. Para esto Renata contaba con 15 años.

Sin embargo el matrimonio duró poco; un trágico accidente dejó a la joven sola aunque con una bonita suma adicional.

A los pocos días la casi niña colocó un bellísimo gato de porcelana sobre la chimenea de mármol del salón. Aunque la pieza hacía juego perfecto con el resto de la decoración no pasaba desapercibida para nadie. Sobre todo porque si se apreciaba bien, la figura parecía tener un monóculo en el ojo izquierdo.

El tiempo de duelo no podía ser eterno y a los tres meses la sociedad local asistía a la boda de la bella Renata con un magnate extranjero. La pareja marchó a una luna de miel a los confines del mundo conocido de donde a los pocos días regresó únicamente la muchacha, siendo de las contadas sobrevivientes de un terrible naufragio.

El tiempo transcurría su lenta marcha mas no para Renata, que seguía siendo bella donde quiera que se le mirara. Su padre finalmente murió y la mujer de negro se encontró al frente de un imperio que daba dinero a raudales.

La magnífica chimenea se engalanaba con cuatro magníficos gatos, si bien de forma igual, con decorados que los hacían únicos a cada uno.

Los asiduos visitantes a la mansión comentaban como estos felinos parecían atraer suerte en el dinero a la mujer, tanto que los empezaron a llamar los gatos de la fortuna.

La vida mantenía su paso firme e inexorable, aplastando o elevando a quien tuviera que hacerlo.

Esa mañana de viernes fue particularmente ajetreada, como hace tiempo no se recordaba. A temprana hora las exequias, luego la lectura del testamento y demasiados trámites sin fin. Ahora en casa, doña Renata colocaba otro gato sobre la chimenea, en un espacio que previamente había preparado. Fiel a la costumbre, la nueva figura ostentaba unos mechones de cabello rojizo y unos lentes de carey.

Las cenizas de don José ahora reposaban junto a las de los otros seis maridos de la viuda.

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