La primera migración

Por Santana García

Tenía seis años. El mundo aún no se constituía de colores tan nítidos como los que lo conforman hoy, el matiz era distinto, como el de una vieja foto instantánea Polaroid. Tenía seis años, y para ese entonces ya habían pasado muchas cosas. Mi abuela era mi madre, y mi madre era mi hermana; mi abuelo que ni siquiera era mi abuelo, era mi padre; y mi tía abuela era mi madrina; mis tíos eran mis primos y yo era Carlos. Mi hermana (madre) había partido unos meses atrás a vivir a un frío y nublado pueblo enclavado entre cerros pintados de un verde tan poderoso que bien podría haber merecido un nombramiento como el cuarto y nuevo color primario. La visitábamos de vez en cuando, y a veces nos visitaba, no recuerdo que las bienvenidas fueran tan alegres, pero las despedidas eran muy tristes; con los años supe que ya desde ahí la vida me había estado preparando para la infinidad de bienvenidas y despedidas que habría de caracterizar mi andar por este mundo, en el cual he habitado de tal forma que sin importar cuándo ni dónde esté, siempre habrá lejos de mí alguien o algo, a quien o que añorar. Mi madre (abuela) se quedó conmigo tratando de educarme en una tierra llena de humedad, calor sofocante y zancudos. Los días transcurrían lento, con una paciencia que me contagió por siempre; tal vez sea por eso que hoy vivo con la sensación de que el mundo gira mucho más rápido de lo que yo puedo caminar, y por eso veo cómo se levantan y se funden guerras mientras yo apenas y termino de concretar una nueva idea en mi cabeza al sorbo de una taza de té. Pero en aquellos años mi tiempo y el tiempo no eran tan relativos, eran bastante parejos. Era un niño normal en la escuela, de esos que regresaban a casa con un chicle en el cabello y las rodillas del pantalón hechas un pantano; me gustaba una niña —Sandra—, la quería demasiado, y ella me detestaba, aún así uno de los episodios más tristes hasta el momento fue cuando la cambiaron al salón de los “rezagados” —no entendía lo que aquella palabra significaba, hoy me doy cuenta que ese debió ser motivo suficiente para que me mandaran junto con ella, qué lástima que los profesores no lo notaran—. Pasaba la mayor parte del tiempo en casa de mi madrina (tía abuela) jugando mil cosas con mi primo (tío) Víctor y sus juguetes, mientras mi madre (abuela) se sumía en charlas vespertinas por horas con mi madrina (tía abuela). Era feliz con Víctor, lo más cercano a un hermano que pude tener, y difícil hubiera sido predecir lo distantes y ajenos que nos volveríamos por el resto de nuestras vidas.

Fue después de una fuerte crisis de mi asma infantil, tras entrar en coma por un par de horas y ver un túnel color rosa, del cual siempre hablo, a sabiendas de que nadie me cree. Desperté con un respirador —que debería llamarse “asfixiador”— sobre mi nariz y boca, y un llanto débil que no lograba fluir por la interrupción de mi respiración agitada. Yo no lo supe entonces, pero lo sé ahora; que los médicos se habían rendido en su lucha por aliviar mi cuerpo debilitado desde el nacimiento, que aquello había sido el signo definitivo del irremediable desenlace. Le dijeron entonces a mi madre (abuela) que lo más loable sería llevarme a vivir donde mi hermana (madre) para que estuviéramos juntos cuando el túnel que viera ya no fuera rosa sino blanco. Y así fue como un día me tomaron junto con todos los muebles y cosas, y de la noche a la mañana me sacaron del mundo pausado y de tonos vintage en el que habitaba, para llevarme lejos, a una tierra tapizada de árboles de frutas y café, donde los colores eran tan fuertes y fríos que me pronunciaban el asma. Recuerdo cada sensación, cada nudo en la garganta y en los ojos, cada olor, cada cambio en el paisaje del camino, cada nostalgia… <<¿No volveremos nunca?>>, preguntaba, y ni siquiera tenían la condescendencia de mentirme con un sí. Miraba atrás el camino y mi corazón se hacía una pasa pensando en mi primo, en mi escuela, en el esquimo de fresa que vendían frente a la iglesia, en el refresco de uva que ya no bebería más. Y me dolió partir, y me dolió llegar, y vaya que dolió. Yo no entendía los motivos, pero comenzamos una nueva vida, los tres, mi mamá pronto se convirtió en mi abuela, y mi hermana en mi madre, pero nunca dejaría de llamarle mamá a la primera y nena a la segunda.

El caso es que la cosa no fue como se pensaba. Ciertamente no me fui nunca a recorrer ese túnel blanco, y con el tiempo me fui afianzando más en esta tierra de mortales. Con el tiempo aceptaron mi sobrevivencia, y hasta volví a una escuela donde hice nuevos amigos; y comencé a amar aquella tierra fértil que se extendía en el patio de la casa, aquel clima frío, y aquel paisaje eternamente nublado; tan solo para que, cuando me hubiera terminado por encariñar completamente con toda aquella nueva vida, llegara ahora la segunda migración, con apenas ocho años.

Hoy sé claramente que desde entonces la vida me marcó con un yerro que trazaría mi destino errante para siempre. Hoy, ‘n’ migraciones después y ‘n’ mil mudanzas después, lo sé y lo entiendo; aquel día, entre muebles de cedro apilados en la góndola de la camioneta, comenzó la que sería mi verdadera vida para siempre. Aquel día me abrazó mi naturaleza nómada, y no me dejaría ir jamás. Aquel día mudé de piel por primera vez, y no dejaría de hacerlo nunca. Aquel día comencé a ser una iguana.

Bienvenidos.

 

 

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