La Noche en la que el Viento recordó su infancia

Me da lástima de las estrellas
luciendo hace tanto tiempo,
hace tanto tiempo…
Me da lástima de ellas.
¿No habrá un cansancio
de las cosas,
de todas las cosas,
como de las piernas o de un brazo?
Un cansancio de existir,
de ser,
sólo de ser,
el ser triste brillar o sonreír…
¿No habrá, en fin,
para las cosas que son,
no la muerte, mas sí
otra suerte de fin,
o una gran razón
cualquier cosa así
como un perdón?
Fernando Pessoa 

El viento jugó a pintar tormentas, hizo barquitos de palabras y los lanzó a la turbulencia para despertar al Dragón Silencio. Asustado cuando su juego se volvió real vino y se esncondió en la luz de nuestro cuarto. Entró por la ventana arrastrando su cola de hojas y cayó su corona de flores al pie de la cama. La cama se sacudía con las cosquillas del viento y nos llevaba como si fuera un potro blanco huyendo de la lluvia.

El niño aire se sentó a observanos, sus ojos de rayos disfrutaban la escena de la procreación de un hermano. Al descansar sus pies en el piso se sembraron semillas de los cuatro montes de la lluvia, creció un árbol para cubrirnos del amparo inerte de las cosas huecas y el bombillo fue hoja palpitante empujada por las pequeñas manos del viento.

Los brazos del árbol que había crecido parecían naves de madera que traían hojas de otros mundos y entonces hojas de oro cayeron de los cuatro labios de la tierra y antes de llegar al suelo ya  se estaban alzando en vuelo como mariposas.  Mariposas verdes y del color y los olores del café que se apoderaron de la habitación y cantaban desde el marco de la puerta, desde la hoguera de la bombilla. Sus murmullos se escuchaban desde el ropero, sus antenasdejaban  huellas sobre los libros. Tumbaban el tintero escribiendo el febril sentir en la nieve estancada de la hoja aprisionada a la inercia de las ideas, mientras otras navegaban por los cristalinos ojos del aire, ríos celestes con alas y le hacían cosquillas a las aguas cometas sobre su piel juguetona.

Dimos a luz a la tormenta, la cama dejó de ser el potro blanco para ser  un unicornio  ciego  que corría lejos del ojo inmovil de la bombilla. Transitamos los bosques de la noche y  vimos a las estrellas que figen ser hojas en los árboles y desde ahí nos vigilan aprendiendo de nuestros sueños. Depués vino  el Dragón Silencio y  el niño viento cayó en un sueño del tamaño de las eras y consumió en sus entrañas donde soñaba que era el fuego,  a todas las mariposas y la tormenta llovió sobre el lomo del Unicornio blanco. A la mañana siguiente una hoja sobreviviente sacudía sus alas del color y los olores del café sobre la mesa que junto a la ventana ya reflejaba el saludo del sol.

El viento volvió a su adultez, a su viaje de espirales, a cabalgar su unicornio en los montes de la lluvia, a recoger hojas de los cuatro labios de la tierra, así, por los senderos de la eternidad,  así, sin saber si hay bombillas en el horizonte, faros de estrellas que marquen un final, así, sin saber si tuvo infancia, si fue semilla de lluvia, lágrima en la respiración divina, el latido  acuático de  un río en las alas del halcón o el aliento primerizo de un beso que se desgarra y expande por  los confines del espacio.