Indulgencia

“Entra una nueva pena y las viejas penas de la casa
la reciben calladas, no muertas.
Voces” (1943), Antonio Porchia.

 

No puedo responderte
en una lengua que desconozco.
No comprendo, ni replico
aquél código amoroso,
la espada de fuego
con la que cortas el pan de cada día.

Me apena, es cierto
-yo me escondo-
de este sin-perdón flagrante,
de los pecados del alma,
y la contrahumana experiencia.

Y yo que vibré con el toque de la vida
no correspondo a los sentimientos más elevados
y también, a los más ajenos
en una burbuja de dolor
que reemplaza oros febriles
y encuentra mil indicios de demencia.

Lejana, ausente, incomprensible,
en furia y distensión de quien me habita,
lamento la intrusión de mi existencia
en la casa de tus libros y las rosas,

y aun cuando deseara responder las cartas
y dar vuelta a la baraja, repensar las ideas
“todo en vano”, diría esta vez,
rotundamente cabizbaja.

Prudentemente callo, eso queda,
entre la vergüenza y el perfume de un bar
apenas perceptible: La nostalgia.
No hay más que por bien ofrezca.
Sólo te ofrendo un poema al alba.