¡Espejito, espejito dime que soy la más hermosa!

espejos

Es bellísima, exitosa y joven, las tres cosas que hacen de una mujer una pieza perfecta de oro, eso decían las vecinas chismosas al verla pasar con sus tacones que solían anunciar que estaba desfilando una estrella por la alfombra roja del fraccionamiento, al que solo ella tenía el derecho de cruzar con esa autonomía y elegancia que la caracterizaban.

Isabella siempre fue hermosa y aún lo es si ella no se empeñara  en creer lo contrario. La recuerdo con sus vestidos verdes ajustados al cuerpo y esos tacones de aguja que solo ella sabía usar correctamente sin arañar el pavimento o tambalearse como hacen la mayoría de las chiquillas novatas en el arte de ser mujer. Su cabello siempre bien cuidado y largo hacía una  perfecta pareja  de baile con el viento, daba gusto contemplarla salir y entrar a su casa, danzando como una mariposa humana, sin resistencias a las sorpresas que la vida puede traer. Isabella era una mujer felíz, por eso la gente la envidiaba y  admiraba al mismo tiempo.

Yo también era feliz simplemente viéndola aunque nunca me dirigiera un saludo o ni siquiera supiera que existía como ella en ese fraccionamiento por el que me gustaba pasear por las noches buscando respuestas en las estrellas. Casi siempre aquellas caminatas terminaban frente a la ventana de la casa de Isabella, allí esperaba una señal, me quedaba como un adolescente, soñando que la chica de mis fantasias  iba a abrir la puerta y a correr a mis brazos pidiéndome que la amara. Yo la hubiera amado mucho más de lo que la  amaron esos hombres que se buscaba y  que se veían “buenos para nada” aunque todos eran igual de bellos que ella, casi estatuas griegas de cuerpos atléticos y perfil encantador.

Le conocí muchos novios, el menos atractivo fue uno al que una muchachita del vecindario apodó “El Elote” porque tenía las piernas muy delgadas y el cuerpo ancho, aunque aun así tenía su encanto físico al igual que todos los anteriores al él  y a los que lo sucedieron. Todos pasaron por la vida de Isabella llevándose algo de ella, cada vez que terminaba una relación se veía triste y opacada pero su  voluntad la hacía levantarse mientras yo me enamoraba más ella sin poder acercarme a su vida, con solo imaginar que  me hablaba me ponía a temblar de los nervios. Por aquellos días me sentía el hombre más insignificante del mundo y ante su belleza era como un insecto atrapado en una flor.

El último novio que le conoció el vecindario fue un chico llamado Damián, alto, de cabello un poco largo y rubio, “otro hombre bello, otro jugador más de las olimpiadas” como decía mi madre detrás de la ventana sin dedicar sus horas a algo mejor que observar la vida ajena. Era extranjero por lo que comentaron las comadres  de mi mamá y proveniente de una familia acomodada, pero en verdad eso no me importó. Había algo en su rostro de bonachón que me preocupaba, sus ojos de “no mato ni una mosca” me delataban una certeza siniestra de la que sentí miedo y no por mí, sino por mi musa.

Era ya  tarde en aquella tierra muy  lejana, toda la comarca dormía tranquilamente mientras el silencio se iba apoderando de los corredores del castillo, las almas del bosque descasaban de su trajin diario, era un día de descanso para todo el reino, incluso para mí que cuando ya me disponía a recostarme en mi aposento escuché un grito desgarrador que provenía del salón principal  de la reina, despavorido me precipité a socorrer a quien fuera necesario, preso de un impulso me levanté de la cama y corrí guiado por los alaridos. Al llegar al salón principal en donde se hallaba la Reina la vi tirada de rodillas sobre el suelo, no paraba de llorar, era evidente que había ocurrido una tragedia. Me acerqué a ella y la jaloneé, preguntándole que ocurría; ella entre sollozos soltó palabras confusas que me alteraron máS.

__ El espejo, se llevaron el espejo, el espejo, no puede ser

__ ¿Cuál espejo? No comprendo, su majestad

__Imbécil, el espejo mágico

__¿Mágico?

__ Idiota, el espejo que me heredó mi madre antes de morir en la hoguera, mi arma más poderosa.

__ ¿Pero cómo mi señora, quien pudo ser?

__Lo vi, pude ver su espalda y su cabello, más no su rostro, es un joven rubio, alto y de hermoso cuerpo, por  su tez estoy casi segura que es un forastero. ¿Cómo pudo adivinar el paradero de mi espejo? Es la profecía.

__Dios ¿Cuál profecía?

__ La profecía de que el algún día ese espejo seria robado por un joven de otros tiempos y que la magia del espejo tentaría a la humanidad porque nadie sabría usar su poder. Yo tenía que haberlo cuidado sabiendo el peligro que corría, pero me confié. Eso no es lo que más me duele, tengo otros trucos para obtener poder, pero ese espejo  era mi amigo y me indicaba el paradero de las mujeres hermosas y sobre todo el de Blancanieves.  ¡Míralo, ahí está el maldito, no dejes que se vaya!

Terminando de pronunciar  esas terribles palabras,entre lloriqueos, se puso a gritar como una loca, presa de un ataque de histeria que no pude controlar. Volteé hacia la puerta del salón y logré ver la silueta de un muchacho. Empecé a  zarandear a la reina mientras  le preguntaba cómo podía detener el mal de la profecía y  encontrar al joven ladrón. Los gritos de la reina se alzaron,  fue en ese momento que comencé a ver lucecitas de colores y a escuchar un sonido extraño que se me figuró al de una campana.

Ese día desperté más sobresaltado por el sonido de la alarma que de costumbre, el sueño que había tenido era extraño, creía a ver visto en él la silueta de Damián, el novio de mi adorada Isabella. Asumí esa señal de mi inconsciente como un recordatorio del gran odio que le profesaba a ese hombre que tenía en su poder a mi amor. Pasaron las semanas y casi olvido aquella pesadilla en la que me hallaba en la historia de Blancanieves y los siete enanitos, sin entender por qué. cuando en realidad ni había visto la película de Disney  ni había  leído el cuento, ni  muchos menos me interesaba la trama de esa leyenda.  Mas no lo olvidé, aquel ensueño se fue arraigando en mí poco a poco provocándome casi una obsesión.  Sentía un fuerte presentimiento de que debía vigilar a Isabella y  a ese canalla de Damián, al que todas adoraban tanto. Así que lo hice y sin más intensión que no fuera tener a Isabella abrazada a mi cuerpo, me fui adentrando en el infortunio de su vida, sin poder ayudarla.

Uno de los primeros  regalos que Damián le dió a Isabella fue un espejo de bolsillo para que valorara su belleza, además de embellecerse para él.  A Isabella le fascinó ese detalle de su amado y desde ese momento su amor hacia él se volvió más fuerte, estaba completamente segura que era el hombre  al que más había amado hasta ese instante de su vida. Estuvieron casi un año juntos empalagándose de amor y durante todo ese tiempo yo los estuve vigilando de una forma u otra. El detalle del regalo no me olió nada bien, estuve tentado en varias ocasiones de advertirle a Isabella de que Damián no era una buena compañía,  sin embargo, no tenía pruebas reales de que así fuera y cuando la ví destrozada por la primera fechorÍa de su ídolo, no encontré el valor para decirle nada, lo único que quería era verla feliz.

Damián la abandonó como lo hacía con todas después de usar sus trucos de cortejo. Yo estaba pasando por la casa de Isabella justo cuando la abandonaba.

__Ya estas vieja querida,  ya pasaste de los 27, en unos años esas longitas que se te notan van a resaltar más tu gordura y tus años, yo estoy joven, quiero vivir y conocer a otras chicas más guapas  y más jovenes.

Isabella estaba sin maquillaje, despeinada, en pijama, era un espectro de ella misma ante la sombra de aquel imbécil que disfrutaba romperle el corazón. Me invadieron las ganas de golpearlo pero me contuve ante el rostro melancólico de Isabella que por primera vez se percató de mi existencia con una mirada furtiva que me erizó; entonces solo se me ocurrió levantar la mano para saludarla y seguí mi camino hacia mi trabajo inmerso en mis pensamientos de venganza que nunca se concretarían.

Ya estaba entrada la noche cuando comenzó la ceremonia del sacrificio frente a la hoguera. Yo no entendía muy bien que hacia ahí rodeado por esa gente extraña envueltas en capuchas negras y rojas. Muchos de los presentes llevaban consigo búhos, serpientes, gatos negros, además de otros animales exóticos,  parecía ser una celebración mística. No sentía miedo a pesar de que muchos me miraban amenazantes y había una chica muy pálida que me clavaba la mirada como si yo fuera un intruso entre ellos. Entonces de en medio de esa multitud de mujeres y niños que bailaban alrededor del fuego apareció la imagen de Damián junto con un grupo de hombres que parecían ser las autoridades de la secta. Uno de los señores ya un poco entrado en edad, agarró un saco de la manos de Damián, del saco tomó un espejo grande y muy antiguo, posiblemente una reliquia de la realeza medieval y ante la mirada impaciente  de los espectadores arrojó el espejo al fuego derramando consecutivamente la sangre de varios animales, la reliquia no se quemaba, al contrario, parecía renovarse entre las llamas y la sangre. Me sentí asfixiado por el humo d la hoguera y para poder escapar de esa espantosa sensación lancé un grito que provocó que todos se voltearan a observarme, percibí que me matarían, ese terror que emanaba me despertó del letargo.

Estaba frente al espejo de mi baño con el cepillo de dientes en las manos, al parecer me preparaba para ir a la cama  pero tenía la mirada perpleja y fija en el cristal y la imagen de Damián tatuada en los pensamientos,  no comprendía que me había pasado, era como si alguien al otro lado del espejo me hubiera hipnotizado. Me aterroricé nuevamente aunque ese mismo miedo fue el que me impulsó a continuar vigilando los pasos de mi musa.

Isabella se deprimió tras la partida de Damián, aquel hombre al que le había dedicado tanto amor y con tanto ahínco, dejó de verse su linda figura entrar y salir de su casa, estaba sumida en la tristeza, nadie la visitaba y al parecer ella tampoco tenía interés en hacer visitas. Por esos días su depresión también   me afectó a mí, pues  ya no podía deleitarme viéndola, así que me dispuse a vigilarla desde la azotea de su vecina de al lado  que tenía una vista a la  ventana su cuarto.

Una noche vi como sacaba el espejito que le había obsequiado Damián y se observaba, yo percibía su imagen intacta y bella pero al parecer a Isabella lo que veía no la satisfacía, lloraba al mirarse y se palpaba el rostro como queriéndoselo arrancar. Se me hizo un hábito seguirla a todos lados. En una ocasión la vi entrar a una clínica de cirugías plásticas. Era demasiado joven para pasar por la cuchilla, pensé.

Pues resulta que a través de ese espejito que le había dado Damian, Isabella se veía arrugas. Cuando llegó con el cirujano plástico más reconocido de la clínica se mostraba desesperada ante él, le decía que había envejecido prematuramente.  El médico no entendía lo que le explicaba con bolitas y palitos, el veía en ella a una mujer hermosa con un cutis prácticamente liso, si se le notaban algunas arrugillas, todas propias de un rostro de 28 años al que ya comienzan a versele los golpes de la vida, pero  no era necesaria una operación, aunque Isabella se encaprichó de tal manera que convenció al doctor de someterla al quirófano.

El cirujano nunca intervino en su rostro, más bien le hizo creer que si lo había hecho, pensando que eso psicológicamente la ayudaría a sentirse mejor con su imagen. Después de la supuesta cirugía Isabella se visualizó preciosa en todos los espejos que ponían ante ella, ya casi podía volver a engatusar a otros hombres, pero cuando volvió a contemplar su imagen en su espejito favorito volvió  a verse espantosa y arrugada.

Isabella simplemente enloqueció, todo su salario se lo gastaba en cremas, en maquillaje francés para tapar los imaginarios pliegues de su piel. No salía por temor a que la vieran en ese estado, tanta fue su vergüenza que en cuanto tuvo en sus manos el aguinaldo volvió con el cirujano suplicándole que la volviera a internar en el quirófano. El doctor se negó rotundamente a atenderla bajo esas circunstancias de locura y cuando se disponía a despedir a Isabella de su consultorio para darle la bienvenida a las verdaderas ancianas que necesitaban ayuda quirúrgica , esta lo atacó con un pedazo de espejo roto.

__ ¡Me vas a operar  o te mato!

 Tras esa amenaza  no le quedó más opción que intervenirla, removiendo las supuestas arrugas, al terminar, se sentía satisfecho con su trabajo, sin embargo, lo primero que hizo Isabella al salir de  la operación fue observarse en su espejito de mano. Lo que vio fue aún peor que lo que siempre había visto,  contempló  a una anciana de 80 años.

Minutos antes de que Damián, hijo de unos brujos famosos de Transilvania invadiera el castillo de la reina Grimhilde para robarle su espejo mágico, esta contemplaba su imagen, era en ese entonces una anciana de 80 años a la que  le era imposible seguir usando su magia para mantenerse joven, aún así , seguía chupándose la sangre de las doncellas vírgenes que llegaban a su castillo, por eso  lo que veía en el espejo era el rostro de una muchacha de 28 años en plenitud de belleza y vida, en ese justo instante Damián la empujó y se llevó el espejo.  Sé  todo eso porque en una vida paralela soy un súbdito de la reina. No tengo ni la menor idea de cómo puedo lograr transgredir las  barreras  tiempo, pueden o no creer lo que les digo, están en su derecho de no creer, aunque les recomiendo que me crean pues no saben si van a llegar a su casa y cuando se estén mirando en el espejo, de pronto, se hallen en otro lugar.

A pesar de mis poderes nunca he logrado que Isabella se fije en mí, ya no vive en mi vecindario, actualmente su hogar se halla en el “Manicomio JESÚS ESTÁ CONMIGO”, nunca pudo reponerse de la última imagen que vio en el espejo. En su nuevo hogar sigue siendo preciosa, las demás locas la aclaman porque ha abierto un salón de belleza donde a diario las embellece para que aprovechen sus años mozos. La voy a visitar todos los viernes saliendo del trabajo, me quedo observándola desde la barda del sanatorio, maquillada y con sus tacones de charol. Nunca dejará de ser mi musa.

Damián ha seguido su oficio de brujo y jamás le faltan chicas guapas en su repertorio. Gracias a mis repentinos viajes en el tiempo supe que el espejito que le regaló a Isabella estaba hecho de los cristales del espejo mágico de la reina  Grimhilde. Los brujos de la secta a la que pertenece ese patán se encargan de extraer partículas del espejo embrujado y colocarlas en pequeños espejitos que van vendiendo o regalando por ahí,  por eso yo ya no tengo ninguno, por si acaso. Querido lector ¡Cuidado con el espejo que eliges para mirarte!