Entre metáforas y electrones

Sobre el principio Antrópico

A veces, cuando el tedio o la rutina, cuando en la soledad del laboratorio las mediciones se estancan y no encuentro la forma, me pongo a pensar en el Universo. Aventuro sobre él mis propias teorías, en la más optimista me digo que  somos células diminutas de un inmenso ser viviente que a ratos se acuerda de nosotros; en la más triste imagino al cosmos como un lugar ciego e indiferente,  un gigantesco cementerio en donde somos la mala hierba que crece contra todo pronóstico de vida.

Hay dos clases de personas: Aquellas que creen que nuestra existencia proviene de un diseño y propósito, los religiosos; y los que pensamos que somos más bien un producto de la casualidad, los materialistas. A lo largo de la historia esta diferencia de creencias (digo creencias porque no hay manera de comprobar quien tiene la razón) se ha manifestado de distintas formas; propositiva cuando es a través de encendidos y apasionantes debates religiosos, filosóficos y científicos; estúpida cuando resulta en la condenación y censura de quien piensa distinto al grupo de poder en curso.

Ejemplo de esto último es la censura a las teorías de Copérnico. Él dijo “La tierra y otros planetas giran alrededor del sol” , ellos escucharon “La tierra no es el centro del Universo,  el hombre  no tiene un lugar privilegiado en la creación” para después gritar “¡a callar al blasfemo!” y enviaron su publicación al rincón de los libros prohibidos . De esto hace ya varios siglos, resulta curioso que en la celebración de los 500 años del nacimiento de Copérnico, el físico Brandon Carter enunciará un principio que parece devolverle al hombre su lugar especial en el cosmos, el llamado “Principio Antrópico”.

Existen varios modos de este principio, el que me interesa discutir aquí es el llamado “Principio antrópico fuerte” que, en pocas palabras, dice que el Universo está diseñado para que en alguna época y lugar de su existencia pueda desarrollarse vida inteligente, es decir, alguien o algo hizo todo para nosotros. Aunque parece un argumento más bien religioso, dicho principio es apoyado  por varios prestigiosos científicos, quienes a favor de él presentan lo que  llaman coincidencias antrópicas, veamos las principales.

  1. La fuerza electromagnética es 39 órdenes de magnitud más fuerte que la fuerza de gravedad, si ambas fuerzas fueran más parecidas, las estrellas hubieran colapsado antes de poder arder para beneficio de la vida.
  2. La energía de excitación o resonancia del carbono tiene un valor muy preciso, que de ser de otro modo, no se hubiera formado el suficiente para la creación de la vida.
  3. Si la masa del electrón fuera distinta en su relación con la masa del protón, el universo tendría una química y una física incompatible para la vida.
  4. La velocidad de expansión del Universo después del Big Bang, es exacta para que pudieran formarse las galaxias con sus planetas y, en uno de ellos, hombrecillos inteligentes. Si hubiera sido un poco menor, el universo habría colapsado, un poco mayor y la materia no se habría condensado.

Como estas hay muchas otras y son el principal argumento de quienes defienden este principio. Ellos se maravillan de que, siendo la vida tan altamente improbable, el universo haya ajustado finamente los valores para que estemos todos aquí. Pero a  los materialistas no los convence, ven como principal error en estos argumentos, el hecho de que nuestra existencia les resulta especial precisamente porque ya estamos aquí;  viéndolo en una analogía, sería como  si el único sobreviviente de un trágico accidente pensara en una intervención divina, “me salvé por que el destino me tiene un plan preparado” diría. Por supuesto que se sentiría especial, y desde un plano emocional no podemos juzgarlo, pero una pregunta queda en el aire: ¿y los demás?, ¿es que el destino actuó únicamente en su favor o fue simplemente la suerte?

Quizá la salida más importante para los escépticos de este principio es la posibilidad de que existan muchos más Universos, en algunos, como el nuestro,  se dan los valores y las leyes físicas necesarias para la vida y en otros no. Volviendo a la analogía del accidente, los universos sin las leyes y valores adecuados para la vida serían los que murieron; nuestro universo sería ese suertudo sobreviviente. A ellos esta posibilidad los convence ya que, más que un asunto divino, nuestra existencia sería un asunto estadístico. Yo me inclino por esta solución, aunque no deja de resultarme terriblemente melancólico que pueda haber Universos sin nadie que los admire.

La controversia sigue y seguirá, por el momento prefiero tomar la salida fácil y apostar por las palabras de la física Laurence Karuss, quien de manera pragmática dijo lo siguiente:

“Pensar en el principio antrópico es una manera de matar el tiempo cuando los físicos no tienen una mejor idea”.

Así que mejor volveré  a mis pendientes  en el laboratorio.