Entre metáforas y electrones

Las metamorfosis del agua

En mi ciudad hay una calle que inicia en un parque y termina a dos cuadras de un jardín. Comienza, desde el parque, con un suelo adoquinado que rápidamente se desvanece en monótono asfalto para volver más tarde al adoquín. Es una calle muy transitada, circula en un solo sentido y atraviesa por más de una escuela de paga; en las horas de entrada y salida  se llena con largas filas de autos que avanzan lentamente junto a los portones de los colegios. En un día normal, con el sol sembrando el mal humor en los conductores y los cláxones aullando sin cesar, es difícil contemplarla con agrado. Uno esperaría algo distinto de una calle con nombre de poeta.

Menciono esta calle porque, al escuchar el nombre de Amado Nervo, es lo primero que se me viene a la mente. Lo segundo es un poema con el que busco dialogar en este texto. Se titula “La hermana agua” y el poeta hace hablar a la bruma, la nieve, el granizo, el vapor, al agua en la tierra y al agua bajo la tierra. Amado Nervo murió hace casi un siglo; a falta de su presencia, la plática es con su poesía; las cursivas representan su voz.

Un hilo de agua que cae de una llave imperfecta; un hilo de agua, manso y diáfano, que gorjea toda la noche cerca de mi alcoba; que canta a mi soledad y en ella me acompaña.

A veces se busca la inspiración todo el día y en los escenarios comunes. Se busca el mar y el cielo, la lluvia, el amor, el desamor. Son tales los paisajes preferidos por las musas, claro está, pero de vez en cuando  pueden pasearse por los patios de las casas y aparecer en un desperfecto, en un minúsculo error de ingeniería. “La hermana agua” comienza así, con el poeta compartiendo aquello que lo inspiró a escribir su poema, una llave imperfecta. De ahí se lanza luego a explorar al agua que corre bajo la tierra.

Nadie me mira, nadie; mas mi corriente obscura

Se regocija luego que llega primavera

Porque si dentro hay sombras, hay muchos tallos fuera

La poesía llega a un máximo grado de expresión cuando alcanza la polisemia: los múltiples significados. Se habla aquí del agua que nadie mira y sin embargo es importante, alimenta al sediento y hace crecer los tallos. Se habla del agua que nadie mira pero también pareciera hablar de algo más; uno es a veces esa  corriente obscura, uno a veces está lleno de sombras. Continuemos con el agua que corre sobre la tierra.

Yo alabo al cielo porque en mi vida errabunda

Soy Niágara que truena, soy Nilo que fecunda

La música del agua es a veces música de fondo, río que fluye y deja fluir los pensamientos,  música de adagio en instrumentos sinfónicos. Pero también puede ser música para no pensar, cascada que grita para no escuchar los ruidos internos, música de bombo y platillos.

Escuchemos ahora qué nos dice la nieve.

La blancura es el himno más hermoso y más santo;

Ser blanca es orar; siendo yo, pues, blanca, oro y canto

Un objeto blanco refleja todos los colores. Su escudo virginal rechaza las insinuaciones  del rojo y del violeta, hace caso omiso de las sucias palabras del amarillo.  Blanca es la nieve, color santo, color puro; en mis sueños, sin embargo, es más recurrente la nieve oscura, cae sobre mis manos y, al derretirse, deja un rastro como de lágrimas con rímel. La nieve es santa y por ello triste, lo dice más adelante el granizo:

La Nieve es triste, el Agua turbulenta; yo sin

ventura, soy un loco de atar: ¡tin tin tin tin!

Del hielo, nos dice el poeta que padece nostalgia de sol bajo esa blanca sabana siempre fría,  de la bruma que el mismo hombre que cruza por su zona quieta/ se convierte en fantasma, es decir, en silueta. Cuando menciona el vapor hago una pausa para mirar el cielo:

Yo soy el alma del agua, y el agua siempre sube:

Las transfiguraciones de esa alma son la nube.

Y es que en las nubes siempre se encuentran formas. Yo siempre veo patas, hocicos, colas y orejas. Tal vez la psicología pudiera darme una explicación para esta predilección animal. A veces el alma del agua me parece un reptil,  a veces un conejo; en ocasiones la nube es un rostro que se me queda viendo.

El agua y sus transformaciones, el agua resignada que adapta su forma al recipiente que la contiene. El agua multiforme, que pregunta y reclama:

¿No ves que a cada instante mi forma se aniquila?

Hoy soy torrente inquieto y ayer fui agua tranquila;

hoy soy, en vaso esférico, redonda; ayer, apenas

me mostraba cilíndrica en las ánforas plenas.

 

En mi ciudad hay una calle que inicia en un parque y termina  a dos cuadras de un jardín.  Comienza, desde el parque, con un suelo adoquinado que rápidamente se desvanece en monótono asfalto para volver más tarde al adoquín. En un día normal, con el sol sembrando el mal humor en los conductores y los cláxones aullando sin cesar, es difícil contemplarla con agrado. Hay que esperar al domingo o los días de lluvia ( sobre todo los días de lluvia) para escuchar, entre las gotas y el chapoteo, la líquida voz del poeta.

calle amado nervo