En el vestidor de damas

Hoy me siento furiosa y quisiera gritar. Dije que me siento furiosa, bueno, mentí. No me siento furiosa, soy una mujer furiosa. Está clara la diferencia entre ser y estar ¿no? Estar es pasajero, ser,
es permanente, entonces: soy una mujer furiosa y necesito a quién odiar. Ya sé que suena horrible y que todos ustedes quieren ser buenas personas, tienen sentimientos nobles y quieren  salvar al mundo. Yo no. Ahora mismo no quiero que se salve nadie, quiero que todos nos vayamos al carajo más rápido de lo que nos estamos yendo ¿Por qué aguantamos todo esto?
Ella me habló pausadamente y en voz baja. Es mucho más joven que yo, tiene los ojos grandes y  la boca pequeña. Usaba unos jeans, como yo. Llevaba calzado deportivo, como yo. Es madre y mujer, igual que yo.
La diferencia es que ella nació en una localidad  muy pobre y que antes de cumplir quince años su padre la vendió. Quien la compró la hizo “su mujer” y después de algún tiempo se convirtió en su padrote. Durante tres años tuvo relaciones con distintos hombres sin tocar, literalmente, una moneda. Su esposo era el que cobraba, eso sí, le compraba todo lo que ella quería y nunca la golpeaba, menos mal, porque a otras muchachas, dice,  las golpeaban horrible.
No hace mucho logró salir del mundillo de la explotación sexual con dos hijos vivos y uno muerto.
Hoy no tiene trabajo, vive mal y tiene que mantener a sus hijos ¿qué opciones creen que contempla?
En eso pienso mientras estoy en el vestidor de damas. Aquí una colección de cuerpos imperfectos se mueve ajena a todo lo que ocurre afuera. Lejos de nuestros maridos, nuestros hermanos y
nuestros hijos, perdemos la conciencia de nuestros
pechos bofos. Aquella mujer flaca no debe saber que se le forman dos pozuelos oscuros en la parte baja de las nalgas.
Aquí se ubica lo real, la verdad tétrica que –en el mejor de los casos- se retuerce de noche en dos mil camas.
Mientras me baño bajo un chorro de agua que sale con la presión perfecta, pienso en ella, en su cuerpo que probablemente no estará desnudo en este vestidor jamás, pero que ha sido
vendido una vez tras otra. Pienso en ella y en las demás, y también en nosotras. Y sé que soy una mujer furiosa. Quisiera ser gigante y que al mundo entero lo cubriera un pesado techo de piedra
sostenido sólo por cuatro columnas.