El hotel azul de Mademoiselle Lucy [ Rutina ]

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Una explosión de vidrios rotos sacó a Baltasar de su relato. Las sombras se agitaban cerca de la luz de las velas y las voces se alzaron iracundas. Uno reclamaba quien sabe qué sobre la furia de Dios sobre los hombres y el otro se mofaba, con una voz muy forzada, criticando la integridad del otro.
-Esos dos siempre terminan peleando –dijo el compañero de barra, risueño como un niño en el circo-. Es de las pocas diversiones que tenemos por aquí, te irás acostumbrando con el tiempo.
Baltasar los miraba y recordaba que hace algún tiempo esas figuras sombrías eran personajes admirables. Personajes de la historia misma con los que podía sentirse identificado. Y toda esa clase, todos esos idealismos y todas esas maravillas que habían hecho en el pasado, se iban desvaneciendo en cada golpe a puño cerrado que se arrojaban entre sí ¿Realmente tendrá Dios algo que ver con todo esto?


 

Para la mañana del segundo día, salí al portón trasero en busca de un poco de aire fresco. No había nada más que humo gris en mi habitación y un severo caso de puntos suspensivos. Afuera seguía nublado, y una suave brisa cálida soplaba desde el oeste, levantando las olas a pinceladas. Había una mesita justo a la mitad de la arena, un poco delante de donde terminaban las escaleras a la gran posada. Tenía un mantelito blanco y dos sillas a los costados. Sobre la mesa un florero de vidrio levantaba a una abandonada florecilla amarilla que no supe distinguir. Dos platos con ensalada de fruta, unos cuantos cubiertos y unos pañuelos doblados terminaban de adornar la pintoresca fotografía. Encendí un cigarrillo maltratado que guardaba en el bolsillo y me quedé a observar el mar en calma.

-No debería fumar tan temprano y con el estómago vacío, Mesiuer Baltasar –exclamó Mademoiselle Lucy desde la entrada del portón. Estaba recostada sobre su hombro en el marco de la puerta y me miraba con un gesto de reproche y travesura.
-¿Espera a alguien?
-Me imaginé que el tabaco le habría hartado por la mañana, así que preparé el desayuno. Siéntese por favor, pero apague el cigarro primero.
Obedecí inmediatamente. Aplasté la colilla en la suela del zapato y escondí la basura en el bolsillo del chaleco. Lucy se sentó conmigo, esta vez no llevaba el miriñaque así que pudo estar mas cómoda mientras llevaba a su boca los pequeños trozos de melón, sandía y mandarina. Aunque llevaba más de un día sin probar bocado, el desayuno me supo a nada. Se veía claramente delicioso, y el aroma de la miel revoloteaba en mi nariz, pero no sentí llenarme o disfrutarlo. Aún así agradecí el buen servicio y terminé con el plato, pero dejé a la mitad el vaso de jugo de naranja.
-Se que puede parecer obvio pero… ¿Qué lo trae por aquí, Mesieur? –preguntó repentinamente Lucy, cuando terminaba de limpiarse la boca con el pañuelo.
-Había demasiadas distracciones en mi vida allá en la ciudad. Pensé en buscar un buen lugar para terminar de escribir mi novela.
-¿Lleva mucho siendo escritor?
-La verdad es que… este sería mi primer libro. –contesté, entonces me di cuenta de lo absurdo que esto sonaba. Por muchos años trabajé para otros, estudiando a los grandes maestros de la literatura en mi tiempo libre. Y sabía que podía escribir algo maravilloso, algo tan impresionante que haría a la gente despertar del triste sueño gris en el que viven. No es que fuera yo un valeroso ego centrista, tan solo creía firmemente en la idea de que yo había nacido para escribir. Para conmover, para asombrar y para sorprender con historias maravillosas. Había dejado mi trabajo para meterme de lleno en aquello en lo que creía. No tardó mucho tiempo en que llegaran las deudas, las quejas y los reproches. Cinco años también de hambre, frío y soledad. Por eso, después de discutir con uno de mis acreedores, tomé mis cosas y me despedí de tal jaula citadina.
Cómo llegué al hotel azul, no lo recuerdo, pero cuando lo hice me sentí por fin libre de todas las ataduras terrenales. Obviamente le conté todo esto a Mademoiselle Lucy, pues encontraba su charla agradable y su compañía encantadora. Ella me escuchó atenta durante todo el relato, y el té que sirvió después del desayuno me sentó mejor.
-Espero entonces que su estancia en el hotel le ayude con su trabajo.
-Eso pensé también, pero la verdad es que todos estos años de idealismo son muy difíciles de aterrizar. Por un instante pude hacerlo, pero la mente se me quedó en blanco después de unas horas.
-¿Cuándo sucedió eso?
-Ayer por la tarde, cuando fue a presentarse a mi habitación – hasta ese momento hablaba sin pensar mucho, pero realmente no me había puesto a pensar en ello. Y cuando me di cuenta de la razón regresó ese adolescente golpeteo en el corazón-. No me gustaría que pensara mal de ello, tan sólo fue refrescante encontrarme con alguien de tan agradable presencia después de tanto tiempo andando.
-Usted si que sabe como elogiar a una dama, Mesiuer Baltasar –entonces sonrió. Era difícil verlo a través de esa compostura y serenidad, pero ahí estaba, en un arco dulce de sus labios rosados. Y como era la primera vez que la veía sonreír, la acompañé en el gesto.
-¿Y usted, Mademoiselle? Si no es mucho importunar ¿Qué me puede contar de su vida?
Ella se quedó un largo momento en silencio y levantó la pequeña taza de porcelana.
-Yo soy solo la dueña de este lugar, mi buen señor –bebió un poco de té y lo regresó al plato frente a ella.- Y eso es todo lo que puedo decirle por el momento.


 

La paz volvió al bar conforme la noche se hacía más profunda, aunque para Baltasar parecía que solo se hacía más oscuro allá afuera. No sabe cuánto llevaba ahí adentro, pero creía que para aquel momento del relato ya habría amanecido.
El establecimiento seguía sin luz. Las sombras que antes se enfrentaban a la distancia ahora se abrazaban chocando las copas y riendo por el absurdo conflicto de hace rato. El hombre con el que Baltasar estaba charlando ya se había retirado, y aunque el cantinero estaba casi siempre frente a él, este no lo escuchaba, tan sólo retiraba los vasos vacíos y le cambiaba el cenicero de vez en cuando. Evitando que se formara la gran colina de polvo.
A Baltasar ya no le importaba si su historia era atendida o no. Pensaba una y otra vez en Lucy, en cada mueca, en cada movimiento de sus manos, en cada una de las palabras que llegaron a cruzar en la inmensa bestia azul y su cárcel de blancos cristales.


 

Durante los siguientes meses Lucy y yo seguimos entablando conversaciones ocasionales sobre temas ocasionales. No siempre era durante las comidas, a veces me la encontraba en la sala de estar, sentada sobre uno de los sillones floreados y tocando la guitarra con las manos desnudas de los guantes blancos de satín. Siempre improvisaba, nunca se escuchaba la misma melodía dos veces, y las notas acompañaban el humor en el que estuviera la hermosa dama. Entonces yo también improvisaba algunos versos y trasnochábamos riendo y bailando.
Por mi parte, después de visitar a Mademoiselle Lucy me entraban unas inmensas ganas de escribir, por lo que corría a mi habitación y hacía sonar mis propias notas con el animal de la hoja en blanco, que se corrompía con cada letra tatuada en sus entrañas. A veces las ideas se quedaban por horas, y otras tantas se agotaban después de un rato. Como si mi cabeza necesitara una dosis más de Lucy, sus vestidos contoneándose en la brisa marina y su rectitud de dama elegantísima.
Dormía poco, pero no sentía el sueño pesándome sobre los hombros. Así como tampoco me dolía el pasar hambre, tal vez a consecuencia de estar tanto tiempo sin comer en otras épocas. En Antes de Lucy.
De todas formas seguía molestándome el hecho de no ver a ningún otro huésped en las inmediaciones del hotel. Cuando le preguntaba a Lucy sobre el tema, ella siempre me contestaba con lo mismo:
-No todos encuentran la posada acogedora.
Y no se hablaba más del asunto. Sin embargo, esa aura de misterio que envolvía a Lucy alimentaba mis fantasías, torpes y juveniles. Nos fuimos acercando poco a poco, e incluso los latidos del corazón se sincronizaban en ratos, cuando estábamos tan cerca que respirábamos el mismo aire. Ella se reservaba, y cuando el beso estaba próximo sacaba un ocasional tema a flote y se giraba a cualquier esquina de la habitación. Sé que en ella florecían sentimientos similares a los míos, pues cuando charlábamos después de la cena solía tomarme de la mano y sus mejillas se coloreaban. Y cuando bailábamos en la salita se recostaba sobre mi pecho y los pies eran tan pesados que solo nos balanceábamos.
Y aunque al principio sus visitas a mi habitación eran sólo para verme trabajar, curiosa como una gata, después se quedaba para escuchar de mis historias de allá afuera. Más allá de quien-sabe-donde. Ponía tanta atención que no se daba cuenta cuando tomaba un mechón de su cabello y se ponía a jugar con ella. La tenía tan cerca, pero sin darme cuenta la estaba perdiendo al mismo tiempo.
Cuando llegó el séptimo mes, y la novela estaba cerca de terminarse, me encontré a Lucy entrando al mar con los pies descalzos y con el vestido recogido entre las manos. El sombrero blanco estaba reposando sobre la mesa del pórtico.
Me acerqué a la playa y la llamé varias veces, sin respuesta. Ella miraba atenta el nublar del cielo. Me quité entonces los zapatos y dejé las calcetas dentro de ellos; me arremangué la orilla de los pantalones e ingresé al mar, hasta quedar a su lado. Así estuvimos un largo rato, callados y mirando al cielo.
-¿Cree en Dios, Mesiuer Baltasar? –dijo ella rompiendo el mutis general. Su pregunta, aunque extraña para las conversaciones que habíamos tenido, era firme. No parecía estar bromeando con ello.
Continué callado y saqué un cigarrillo del chaleco. El humo se perdió en el inmenso gris que se reflejaba en el agua.
-Hasta el siglo XIX –comencé.- El pensamiento creativo y la creación artpistica eran atribuidos a una bendición divina. Se creía que era Él quien dotaba al hombre de las maravillas que creaba y, por lo mismo, el creador le dedicaba todo lo suyo a Él –seguí yo, lo más sincero posible.- Fue entonces que el artista se reveló ante la omnipotente figura paterna, y se dijo a si mismo que el talento era de uno y de nadie más. Dios no tiene nada que ver con ello y es por ello que tampoco me permito creer en Él. Trabajé tanto para otros que no estoy dispuesto a trabajar para nadie más.
Lucy se recogió el cabello detrás de las orejas pues flotaba con el aire salado. La ligera capa de nieve sobre la arena se levantaba en pequeños brincos y caía sobre el mar formando pequeños islotes cristalinos.
-¿Y qué me puede decir del marginado? ¿Cree también que es un patronato descabellado?
-Si se refiere al supuesto ángel caído, creo que las historias han exagerado su antagonismo. Hablando honestamente, no creo que se deba atribuirle el mal del mundo a un solo ser, pues es caer en el mismo juego antes mencionado.
Lucy pareció estar satisfecha con la respuesta, pues sonrió dulcemente y rodeó su cuerpo con los brazos alrededor de su cintura. Dio media vuelta y se encaminó al hotel, pero la orilla de su vestido se le resbaló de los dedos y tropezó. Alcancé a tomarla del vientre antes de que su rostro golpeara el agua. Me agaché y ella se agarró de mi cuello un poco asustada todavía. Estábamos de nuevo cerca, muy cerca, y dejé que mis labios se aproximaran a los suyos. Susurró algo que no llegué a comprender, pues antes de que pudiera besarla la marea subió y nos tiró al agua.
Lo que siguió a continuación fue una serie de fotografías. Lucy levantándose del agua. Lucy caminando con el vestido empapado. La puerta de malla negra cerrándose. Un sombrero blanco rodando por el suelo.