El hotel azul de Mademoiselle Lucy [ Despedida ]

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Unas noches después de aquel incidente terminé mi libro. No me sentía muy animado por ello, pero se me ocurrió que era una buena excusa para visitar a Lucy a su habitación, pues no la había visto desde entonces.
Ella vivía en la parte más alta de las escaleras, al fondo de un pequeño pasillo que no tenía más puertas que la de su alcoba. Toqué, apretando con fuerza el gran fajo de hojas que tenía entre las manos. Una débil vocecilla me invitó a pasar, aunque se quebraba entre la duda.
El cuarto de Mademoiselle Lucy era un reflejo de la distinción de su persona. Una mesita de caoba se levantaba a un extremo, con un tintero y una pluma sobre su espalda. La cama era enorme, tallada a mano y con pequeños ornamentos que se retorcían entre los pilares. Las sábanas de color carmesí hacían juego con brillante barniz de la madera en la que se sostenía. Allá afuera la noche se resistía a la tormenta, y el candelabro que hacía de telaraña en el techo se mecía tranquilamente, creando y desapareciendo sombras.
Había enormes cuadros decorando las paredes y las pinceladas me recodaban mucho a las que realizaban algunos grandes maestros de la antigüedad. Todos eran cuadros del hotel azul y la eterna aguanieve de su superficie y, aunque los estilos variaban, en todos ellos una pequeña figura femenina se asomaba por la ventana solitaria de la habitación superior. Esa debía ser Lucy, y también ahí era donde me esperaba, sentada en el umbral del ojo más alto de la posada, con un largo camisón rosado de encajes preciosos y el cabello suelto sobre los hombros.
Me acerqué nervioso, pero mantuve la compostura en todo momento. Dejé el manuscrito sobre el marco y me senté, dejando la pila de hojas hacerle de intermediario. Ella no dijo nada, solo pasó los dedos sobre el lienzo más alto de la colina escrita y acarició la dedicatoria. Sus manos temblaban.
-¿Qué pensaría de mí, Mesiuer Baltasar, si le dijera que la persona a quien va dirigida esta obra no fuera lo que usted espera?
-Sus razones tendrá para ocultarme la verdadera naturaleza de su nombre. Sólo eso.
Lucy esbozó una sonrisa triste.
-Hace mucho tiempo que llevo haciendo esto, mi señor. Desde épocas tan antiguas cuando los hombres apenas saboreaban las primeras delicias del razonamiento –inclinó la cabeza, descansándola un poco sobre los límites de la ventana-. En ese entonces era su favorita, la más atenta y fiel de sus siervos. Pero es que el amor es algo tan extraño y destructivo, que cuando se dice que Dios debe ser un ente perfecto… debe serlo a cualquier costo.
-No creo entender de que se trata todo esto, Mademoiselle…
La dama se levantó de repente, tomando la obra terminada entre sus manos y dejándola descansar sobre la piel de su cama. Entonces se acercó al librero que estaba a su lado y sacó un libro viejo de pasta dura. Tenía las caras arrugadas, un poco cuarteadas por los años. Me lo entregó.
-Dante se molestó mucho cuando llegó aquí –dijo entonces, y yo pude leer, en un romano antiguo, el nombre de Alighieri sobre la cubierta. Seguí estupefacto-. No era nada de lo se había imaginado. Decía que faltaban los círculos y los tormentos, las almas atrapadas, la cadena de torturas, los grandes y oscuros hombres del pasado.
-Un momento –le interrumpí, sintiendo como si un cuchillo me atravesara la espina de repente. Miré a mi alrededor con cuidado, algunas gotas de lluvia empezaron a caer muy cerca de la ventana abierta-. No me querrá decir que… pero eso es imposible.
Lucy, sin mirarme si quiera a los ojos, escupió por fin la verdad.
– Bienvenido al infierno, Mesiuer Baltasar.
Intenté reír, pero sólo existía un nudo en la garganta. Y pánico, mucho pánico revuelto en el estómago.
-Aquí no llegan tantos como usted o todo el mundo piensa. Es tal y como mencionó antes, las decisiones, buenas o malas, sólo son así cuando uno cree en ellas… ni Él ni yo tenemos algo que ver con ello –Lucy se pasó las manos por el mechón de cabello que caía cerca de sus pechos-. Sólo algunos, los rezagados, pasan antes por aquí, para terminar lo que nunca pudieron comenzar.
-Pero… ¿Cómo puedo estar aquí si yo aún estoy vivo? –de inmediato sentí un escalofrío. No sólo porque en el fondo había algo que me decía que Lucy no mentía, sino también por la respuesta que no quería escuchar.
-La piel que realmente queda de usted se encuentra inerte bajo una gruesa capa de hielo. Fue el más crudo de los inviernos, y la peor situación también. ¿Cuánto creía que iba a durar sin comer, sin dormir o sin estar cerca del fuego?
El fuerte viento azotó la ventana y yo, espantado, retrocedí hasta chocar con el escritorio. El tintero cayó al suelo, derramándolo todo sobre la alfombra. Un ligero hilo de agua salada se resbaló sobre mi frente, llevé la mano a la cara y sentí por primera vez que mi piel estaba helada. Lucy se acercó a mi con un pañuelo entre los dedos. Me lo pasó por el rostro secándome el sudor. El terror se fue disipando.
-No se preocupe, mi buen señor, no debe temerme.
-No es temor lo que tengo, Mademoiselle. Es un golpe al corazón, pues empiezo a entender porque no pudo entregarme así su corazón.
Lucy se llevó las manos a la altura del pecho y agachó la mirada. A pesar del ángulo, pude notar que de sus ojos también comenzaba a caer un delgado hilo de agua salada.
-Todos los que pasan por aquí se enamoran de lo que existe aquí: la playa blanca e infinita, el mar de estalactitas, el contorno de este pequeño palacio azul. Es eso lo que buscan al final, ese rayo de luz que ilumine los últimos de sus pensamientos.
Miré de nuevo a mi alrededor, todos los cuadros eran sobre el hotel azul. La pequeña sombra femenina, difusa en un marco individual, era sólo una acotación más. Así que fue fácil adivinar lo que Lucy trataba de decirme.
-Sólo usted se enamoró de la borrosa mancha en la ventana, Mesiuer Baltasar. Todos los libros, todas las pinturas y todas las hermosas piezas musicales hablan de este infierno, pero usted ha sido el único que ha hablado de Lucy, sin caer en la vergüenza o el miedo, viendo más allá del título de ángel caído –la mujer se fue aproximando hasta quedar al pie de mi persona. Una mano acarició mi mejilla y, sonriendo, se levantó sobre sus puntas pegando su frente con la mía.
-Tenía miedo que todas esas atenciones suyas hacía mi fueran falsas. Por eso me rehusé a sus brazos. Sin embargo… ahora sé que usted realmente me quería, como yo le quiero a usted.
Sus labios se acercaron y me robaron el aliento. A pesar de que había perdido el sentir y el sabor de las cosas, el beso de Mademoiselle Lucy hizo explotar un centenar de colores en mi lengua. El miedo se consumió por sí solo. La tomé de la cintura y la acerque más, mientras el agua se iba colando por el rabillo de la alcoba.
La lluvia se intensificó. Los relámpagos fueron cayendo, uno por uno, sobre el espejo marino, y el aguanieve cubría los tejos sin misericordia.
El mar embraveció. Lucy y yo íbamos dejando la sombra de los pasos por el suelo, y la cama hizo un huracán que terminó por tumbar las hojas al suelo. Ella me miró con ternura desde sus ojos recostados en la almohada. Marqué otro camino de besos desde su boca hasta el cuello, y la pasión se soltó, como también lo hizo el techo sobre nosotros. Teja por teja.
-¡Mi señor! –exclamó ella, entre sollozos, perdiendo la vergüenza y dejando al descubierto su piel desnuda. Estaba aterrada y yo me sentía igual. Besé sus parpados con dulzura, tratando de calmar las gruesas lágrimas que caían sobre su ropa, pero sin éxito. La poseí ahí mismo, entre la tempestad y la furia de Dios. No se sintió como algo carnal, tal vez como una melancólica despedida. Y cuando las paredes del hotel cayeron sobre la arena, y cada habitación se fue haciendo añicos, Lucy se rindió sobre su cuerpo, besándome cada espacio de la cara.- No nos queda mucho tiempo…
El miedo humedeció los ojos, las olas chocaron iracundas sobre las paredes de la gran bestia victoriana, el suelo hizo bailar los cimientos… y cuando Lucy me hizo ver en sus ojos que ya no había nada más que hacer, un largo muro de agua salina se levantó por sobre los demás y arremetió contra el hotel.
La corriente me separó de Lucy, la perdí de vista en cuestión de segundos. La imagen de ella, blanca y desnuda, flotando entre un nudo de corrientes marinas, se me grabó con fuego en la memoria. Y por mucho tiempo vagué entre el frío y el oscuro fondo del océano, sin poder cerrar los ojos.


 

-Mientras estuve ahí, rodeado de una infinita nada, recordé los últimos momentos de mi vida –exclamó Baltasar, cuando la botella ya no soltaba más que diminutas gotas sobre la copa vacía. El mesero tiró el envase vacío y abrió una nueva de la enorme colección a sus espaldas, hizo un ademán de que estaba poniendo atención y Baltasar continuó.- Volví a sentir el frío, el hambre que me devoraba por dentro, y un sueño que se desvanecía lentamente mientras cerraba los ojos. Pensaba sólo en descansar, solo un momento, tan solo un instante… Fue solo un pestañeo, pero me sentí libre después de eso. Como cuando uno se recuesta unos minutos solo para aguantar la velada. El hotel azul me esperaba del otro lado, y ya no recordaba los pasos que había dado.
Alguien tosió a sus espaldas y Baltasar, sin hacer caso a ello, tapó con su mano la boca de su vaso. El mesero entendió y regresó la botella a su lugar. Entonces el muchacho se levantó tomando consigo el último de sus cigarros de la mesa. De camino a la salida se topó con un viejo, derrumbado sobre la mesa. Lo reconoció enseguida y se quedó pensando en silencio. Tomó el sombrero del perchero de la entrada y salió a la calle. La lluvia no cesaba, y Baltasar pensó que ni siquiera Dante podría imaginarse el gran viaje que estaba a punto de empezar. Encendió el cigarro y se perdió en un espacio en blanco.