El hombre X y su mueca perfecta

 Espejo

El hombre X se levantó una mañana muy preocupado porque ya su reloj marcaba las 8 de la mañana y él tenía que haber llegado a su trabajo a las 7 am. ¿Por qué ese día se levantó más tarde no lo sabía pues él siempre era extremadamente puntual en todo, incluso en las citas informales. Se levantó de un solo golpe y desesperado no supo que hacer por unos segundos pues ya era imposible que llegara a la hora y tendría que buscar un buen pretexto, para colmo sabía que su jefe y todo el personal lo odiaban profundamente desde sus inicios en ese Walmart del demonio donde hacía 5 años  trabajaba (años que él consideraba perdidos).  Después de algunas reflexiones decidió primero antes que nada ir al baño y quitarse esa cara de sueño y apatía que lo identificaban del resto de sus compañeros.

Al llegar al baño el hombre X ya sabía que excusa daría ante aquel hombre mal encarado que tenía poder sobre él y estaba casi convencido de que lograría incluso hasta conmoverlo con su tristes circunstancias; le diría que su tía abuela, única parienta y muy querida para él había muerto de una caída repentina mientras dormía sola en su casa(si había existido la tal tía, pero realmente había muerto hacía 10 años, el hombre X estaba completamente solo en el mundo desde aquel día en el que a su tía se le ocurrió caerse de la cama con 87 años). Por suerte nadie sabía de esta historia ya que X era incapaz de sociabilizar con los otros trabajadores de la odiosa empresa que le exprimía la sangre con cruel descaro.

Al llegar al espejo el hombre X se observó con gran ardor, ese día nada en su rostro podía estar mal situado pues era la primera vez que se enfrentaría en persona con el gerente por un motivo real de insuficiencia  y  era de suma  importancia  tener buen aspecto. Su cara era redonda, tupida de granos que una barba mal cortada hacia el intento de ocultar; sus cejas eran gruesas  y su nariz  dentro de todo ese conjunto parecía una pequeña bolita que se perdía en una gran ruleta. Era una tristeza pues nuestro X no tuviera ni un solo aspecto agradable que lo destacara, eso explicaba porque siempre le iba mal en las entrevistas de trabajo o porque nunca lo asaltaban ni siquiera en plena noche. Pero ese día, en ese momento él tenía que dar lo mejor de sí por lo que se permitió practicar la mejor sonrisa que tuviera frente al espejo y después sus mejores lágrimas para conmover al jefe, después de todo estaba habituado a esas hipocresías en el trabajo cuando nunca tenía ganas de sonreír y a fuerza lo tenía que hacer para que los clientes no lo acusaran de maltrato.

Todo parecía ir bien en la mente de X que ya empezaba a recordar un chiste para provocarse la mejor sonrisa cuando surgido de la nada le sobrevino un gran dolor en la mandíbula que le impidió cumplir con su objetivo, aun así lo intentó de nuevo y nuevamente le ocurrió lo mismo. Por más que intentaba reír le era  imposible lograrlo y a medida que su intento  era más fuerte, el extraño dolor se volvía más agudo. Después intentó llorar pensado que esa misión le resultaría más fácil puesto que se trataba de él, un hombre verdaderamente triste y para su sorpresa tampoco pudo. Entonces comenzó a hacer rabietas con el fin de entrar en una impotencia tal que esta lo llevara a las lágrimas pero tampoco con este medio pudo lograr su cometido. Estaba vacío, su corazón se sentía como un hueco profundo incapaz de producir sentimientos, X se asustó, sabía que podía prescindir de la risa pero de sus lágrimas no.

Realmente preocupado nuestro X determinó que lo acechaba una extraña enfermedad y que en vez de irse a su trabajo tendría que ir al médico, eso era lo más importante así que se alistó tan rápido como pudo  poniéndose una gabardina negra encima y salió dándole un fuerte golpe a la puerta.

Ya en la calle X disminuyó el ritmo de sus pasos con el fin de observar la vida que lo rodeaba y encontrar  en ella alguna emoción. A su lado la gente transitaba apresurada debido a la hora en la que todos intentan llegar al lugar de sus responsabilidades. Pasaron estudiantes, maestros, abogados, ingenieros, taxistas, amas de casa, vendedores y todos aunque demostraban un ligero pesar en sus rostros, reían; la perfecta mueca se movía en sus rostros como una pequeñita y débil lucecita talvez producida por la esperanza. El hombre X se alarmó ante esta idea, era posible que él no tuviera esperanzas de nada y por eso no podía reír. Hubo en su andar un momento significativo cuando por accidente intentando irse por un camino más corto fue a parar a las puertas de un teatro en el que se vislumbraban en la entrada las caritas por todos conocidas de la comedia y la tragedia. Cuan bellas se le hicieron en ese momento a X, tan blancas y luminosas en extremo. Eran tan antiguas como la historia del hombre sobre la faz de la tierra y él jamás se lo había cuestionado, comprendió en  ese  momento la importancia de los sentimientos en el ser humano, aunque estos fueran los más nefastos. Indagó en sus recuerdos y también descubrió que él siempre los había esquivado porque pretendía ser fuerte  ante el amenazador mundo que lo acechaba con sus estúpidas añoranzas de una mejoría global casi imposible.

Por fin después de mucho andar perdido por diferentes calles, X llegó al primer hospital que encontró desde que había salido de su casa. Sabía que no podría decirles a los médicos el motivo real  de su visita así que se inventó la historia de un dolor muy fuerte en el estómago. Enseguida lo atendió la recepcionista indicándole que esperara en la fila de pacientes a ser llamado por el especialista. X se sentó al lado de una señora que se notaba alterada por el constante  chillar de uno de sus niños y las majaderías del otro que parecía hallarse como en su casa corriendo de un lado a otro con unos patines. La señora al ver a X le sonrió con amabilidad  sin recibir respuesta alguna de parte  de su nuevo acompañante de asiento, eso la turbó pero al hallarse la sala repleta de gente le fue imposible cambiarse de silla. X observaba a la pobre mujer en el intento de calmar la agonía del pequeño que llevaba en brazos y por dos o tres ocasiones quiso sonreírle para animarla un poco, pero le fue imposible. Después enfocó su atención en el diablillo que no se estaba quieto moviendo los patines como queriendo desobedecer las órdenes de la mamá de estarse tranquilo  en un lugar donde el silencio es parte del sentido común. El niño bribón comenzó a hacerle muecas a X y se reía a carcajadas de su estúpida nariz de payaso deformado  e incluso varias veces lo gritó para que X comprendiera de que se reía. Nuestro X quiso aprovechar esa oportunidad para reír a sus anchas pues aunque sabía que era feo, su pequeña nariz de salchicha en verdad siempre le había causado gracia a pesar de las burlas con mala intención. Pero otra vez se sintió impotente sin ni siquiera poder llorar abiertamente.

La expresión inanimada de X terminó por asustar a la madre de los niños que pensó que aquel hombre estaba loco ya que ni se enojaba ni se  reía ante las provocaciones de su hijo,  además el aspecto desaliñado y la gabardina extravagante de X inspiraban rareza a cualquiera de los presentes(al menos por unos instante nuestro protagonista había dejado de ser tan X ante los ojos de la desgraciada multitud de enfermos). La señora tomó a sus hijos y se apartó evitando la cercanía con el extraño.

El hombre X intentó no perturbarse más por el trato grosero y pensar fríamente en su situación desfavorable. Reflexionó unos instantes y regresó al juego de la observación. Posó sus miradas en cada uno de los pacientes que como él esperaban  los resultados de análisis o que los médicos los llamaran. En todos había un sentimiento  ya fuera de angustia o de alegría porque las cosas no iban tan mal y solo el parecía un muerto incapaz de sentir (de hecho por varias ocasiones llegó a pensar que quizás había muerto hacia días y solo lo que sentía era una proyección de su fantasma). Pero la idea se esfumó cuando la recepcionista mencionó su nombre indicándole que el doctor lo esperaba. En la puerta X se topó con una joven hermosa que le sonrió con auténtica y espontánea felicidad ya que a su padre le habían dado de alta tras una peligrosa operación.   El encuentro fue breve pero en X dejó una profunda huella la alegría de aquella muchacha.

El médico lo examinó inmediatamente preguntándole los síntomas. X se pudo explicar correctamente pero todo parecía estar normal a primera vista; el doctor no comprendía muy bien cuál era la gravedad del asunto. Le dio varias vueltas al caso hasta que X le explicó la verdad de la situación. Al escuchar de principio a fin la historia el joven apenas egresado de su especialidad   no pudo contenerse las carcajadas pero al ver la seriedad extraña del rostro de su paciente entendió la gravedad del problema.

__Señor X comprendo  la magnitud de su problema pero yo no puedo resolverlo. Le recomiendo vaya a un psicólogo o que se tome unas vacaciones, seguramente todo es provocado por el estrés, ya se sabe que ese el máximo causante de todo.

__Pero doctor no se trata de eso, es algo que siento adentro, un vacío interminable que no me permite ni llorar siquiera. No creo que sea un problema de psicólogos. No me duele, pero lo siento aquí adentro, cada vez que intento reír una sensación rara me lo impide.

__¿Usted fue cómico o algo por el estilo? porque si es así puede ser que esté haciendo un rechazo a su profesión poniendo barreras mentales para ya no ejercerla.

__No, no, para nada, de hecho soy pésimo contando chistes, odio a los payasos y  a esa gente que siempre quiere forzarte a reír con estupideces.  Ahora que me dice eso creo entender algo, siempre me han obligado a sonreírle de manera forzada a los clientes de mi trabajo, es posible que   sea eso  lo que me afectó.

__(conteniendo la risa) No es posible técnicamente, usted sería el primer caso de algo así. Pero siempre hay acontecimientos inexplicables, le recomiendo además de ir  al psiquiatra que vaya con un  místico, ellos se encargan de este tipo de fenómenos sin lógica aparente.

El hombre X con acentuada expresión de angustia y desconcierto salió del consultorio para darle paso a una pareja que llegaba accidentada a causa de unos cohetes que había explotado frente a un  tanque de gas . Al salir vio a una ambulancia que traía a cuatro heridos graves y a un señor muerto. Uno de los heridos chorreaba gran cantidad de sangre de una de sus piernas casi  destrozada pero se veía feliz y hasta lo pregonaba, se le escuchaba  gritar  preso de gran emoción a una chica que lo asistía__ Estoy vivo comadre, estoy vivo carajo, ese pendejo casi nos asesina con su tráiler, gracias Diosito estoy aquí. Terminando esas frases el joven besó  a la  enfermera lleno de euforia  y esta le correspondió con una sonrisa.

“Hasta la gente más desgraciada sonríe ante la calamidad o ante  un rayo repentino de esperanza” solo yo en todo el mundo soy incapaz de eso” pensaba X retomando su camino de regreso a casa.

Después pensó que talvez exageraba y que más le valía esperar los futuros síntomas, quizás todo era un problema de un solo día y no una gravedad permanente. Pero no fue así, pasaron muchos meses y el problema continuó e incluso cada vez  los dolores al intentar la risa se hacían más fuertes y tampoco las lágrimas se asomaban a sus ojos. X intentó todo y nada funcionó( incluso fue con el místico que le cobró mucho dinero  sin resolverle el problema, aunque fue el que le  dio mejor respuesta al problema) Todo parecía provenir de su apatía y de su maldito trabajo donde lo habían forzado a reír tan falsamente que la mente de X ante el maltrato psicológico había creado un mecanismo de defensa ante la hipocresía; según el místico jamás se curaría si intentaba hacer una sonrisa forzada, si quería una posible cura tenía que buscar algo que le provocara la risa desde adentro y también el llanto; si pretendía mentirle a la mente esta lo detectaría y como recurso usaría el dolor para impedir la mentira de X.

El hombre X perdió  el trabajo cuando varias veces los clientes se quejaron de su seriedad extrema que causaba nervios y cuando el jefe lo llamó para consultar el problema quedó aterrorizado ante el rostro inanimado como de un muerto que aquel hombre de 30 años reflejaba con auténtica naturalidad. Eso lo condujo a quedarse  sin  ninguna seguridad y aún más solo de lo que ya se hallaba. Todos sus ahorros los perdió en un taller de riso terapia y en unos cursos de payasos  donde todos sus compañeros quedaron casi traumatizados ante su aptitud fría (me gustaría recalcar que el maestro payaso tras impartirle el curso quedó tan deprimido que no le quedó de otra que retirarse porque ya no podía ejecutar  los chistes que siempre le habían salido tan bien).

X quedó sumido en una profunda apatía acompañada de tristeza que lo postró por meses en cama, sino hubiera sido por la dueña del departamento que se compadeció de él llevándole comida todos los días el joven habría muerto de hambre.

Una mañana después de 5 meses en los que X no había salido ni tenido contacto con nadie, un rayo de sol entró por la ventana dándole justo en la cara  con fuerza. X se sintió sobrecogido pues era la primera vez que la luz  irrumpía tan bella en su recámara desde aquel día trágico. El hombre sintió el pinchazo de una espina en su interior y sin darse cuenta comenzó a llorar como un bebé incapaz de contenerse, estuvo varias horas llorando sin límites hasta que se sintió pleno y aliviado por todas las lágrimas que se había contenido.

“Al menos ya superé lo del llanto” pensó X emocionado al sentir recuperadas sus lágrimas, incluso las llegó a besar y algunas las exprimió de su pañuelo en un cofre donde guardaba objetos importantes, al verterlas se secaron con rapidez pero él se encontraba satisfecho con todo lo que le sucedía  y agradecido por la mitad de su cura. Rápido se aventuró a salir para disfrutar su dolor al aire libre. Al principio le costó trabajo vestirse porque hacía mucho tiempo que no lo hacía con formalidad pero al cabo de una hora  estaba saliendo a recibir la claridad matinal. Caminó por varias horas y ya  casi iba a sonreír a causa de la graciosa caída de un adolescente cuando un ligero malestar se lo impidió del todo.

A las 12 del día el hombre X llegó a un parque que se encontraba no muy lejos de su casa. Durante toda la mañana había estado dando vueltas sin un objetivo específico aunque en realidad  su mente buscara una respuesta que lo motivara a curarse completamente. Al llegar al parque casi vacío  por las horas eligió una de las bancas más acogedoras que se encontraba debajo de la sombra de un gran árbol.  En silencio no esperaba más que observar la vida, disfrutar un poco de la risa de los otros y si era necesario llorar toda el agua que se encontraba en su corazón, pero esto último no fue necesario, pues la mañana era alegre y el sol se abría el paso  como pronosticando un buen tiempo.

Después de unas horas el parque comenzó a llenarse, ahí continuaba X debajo del gran árbol ya que no tenía otra cosa que hacer desde la pérdida de su trabajo. Muchos niños que acababan de salir de la escuela llegaron para corretear o jugar a las escondidas, algunas parejitas de jóvenes se acomodaron cerca de la banca de X para darle rienda suelta a su calentura  y tampoco faltaron los vendedores de dulces y papas. Todo marchaba alegre hasta que al día se ocurrió arruinar los planes de la ciudad mandando una tormenta.

A los primeros chispazos de lluvia la gente comenzó   a alejarse del parque y X quedó solo bajo la tormenta, que le importaba a  él mojarse después de tantos meses de encierro, quería que su dolor inundara la tierra y no estaba dispuesto a perderse ese goce por un capricho del cielo. En pocos minutos las calles quedaron desoladas y apenas el árbol cubría a nuestro  protagonista cuando una muchacha encantadora iluminó el día gris con su presencia. Llegó al parque y se sentó junto al lado del hombre X, no porque buscara conversación ni compañía sino porque ahí estaba el mejor resguardo ante la tormenta. La joven estaba empapada pero no parecía sentir frio, era hermosa y de rasgos tiernos que la hacían parecerse a una diosa griega, vestía de blanco y sus cabellos mojados se le resbalaban por el rostro enjugado de lágrimas.

X creyó conocerla desde el primer momento, pero en realidad no era así aunque en algo no estaba equivocado, ya la había visto antes y recordó perfectamente en donde, hacia precisamente  un año en el hospital, era la misma jovencita que le había sonreído con agradecimiento a la vida. X se sobresaltó, de inmediato un sentimiento nuevo, completamente desconocido para él oprimió su corazón. No era una emoción agradable pero era después de todo algo que podía sentir adentro. Su dolor se agudizó al ver el bello rostro desfigurado por el llanto y más porque lo había conocido pleno de alegría. La chica notó que la observaban e intentó alejarse previendo el  peligro pero el hombre X la detuvo con una mirada compasiva. Largo rato estuvieron observándose bajo la lluvia sin atreverse a romper el silencio pues no había nada que decir realmente sin embargo X estaba poseído por extrañas sensaciones que no lo dejaban tranquilo. Quería a toda costa volver a ver la sonrisa luminosa de la muchachita que era capaz de atravesar la oscuridad como una mariposa  blanca. Él no podía conocer con exactitud que la agobiaba tanto para hacerla llorar como si el mundo se rompiera pero si podía consolarla o darle esperanza, entonces sin percatarse siquiera y de forma espontánea ya estaba riendo con la pasión ingenua de reflejar en ella su sonrisa y así fue, la chica le respondió dejándolo invadido por una felicidad sin límites.  Después de aquel día el hombre X no dejó de reír y a su risa le apodaron la mueca perfecta.