Día de museo en el año 2085

−Guarden silencio, esto es una biblioteca, en las bibliotecas de antes no se podía hablar, solo se iba por los pasillos y se tomaba un libro que previamente habían buscado su ubicación en unas tarjetas, y se iban a las mesas a leerlo.
−¿Eran de papel las tarjetas? –dice una estudiante que va con el grupo.
−Sí. Además, en las casas también había libros, y más libros, enciclopedias, diccionarios, libreros, revisteros, y lugares para leer –le contesta la maestra con voz entusiasmada.
−Y cuando ya los habían leído o consultado, ¿qué les hacían? –dice un estudiante mirando la gran cantidad de libros.
−Los volvían a poner en los libreros, los cuidaban, los sacudían, y en muchas ocasiones, eran parte del decorado de la casa.
−Sí, pero cuando ya nadie los quería, ¿A dónde iban a parar?
−Los vendían como papel, se quemaban, o reciclaban.
−¿Se vendían por cantidad de letras, de dibujos, o por relevancia y actualidad de la información?
−No, por kilo de papel, sin importar el contenido. Eso es muy triste.
−Yo también borro los archivos o la información que ya no necesito, y no me da tristeza. ¡Es solo información!
−Ese es el punto. Antes, uno se encariñaba con el libro, y si estaba dedicado por el autor, pues más. Eran como compañeros de vida; te podías cambiar de casa, de ciudad, y hasta de muebles, pero ciertos libros nunca los dejabas. Cuando yo tuve que deshacerme de los últimos libros, yo nací en el 2030, sentí como si me arrancaran los cabellos desde la raíz, un cabello por cada libro, ¡y eso duele! ¡Era la biblioteca familiar!, no solo me enseñaron a extraerles el contenido, sino… su esencia, aquello que no se ve, pero que ustedes no conocen.
−¡Qué bueno que yo no nací en esa época! Los cambios en todas las áreas del conocimiento son tan rápidos que no podríamos almacenar nada. Además, las casas son tan pequeñas, que no sabría dónde poner un librero.
−Sí alumnos, así son las cosas. Al menos en este día, vivamos lo que es tener en las manos un libro, sentir su vibración en nuestros dedos, oler el papel añejado, acariciar las ideas, tocar el alma del autor; no solo la información fría y actualizada compitiendo con otra información fría y actualizada que en breve será borrada o sustituida.
−Pero, maestra, mi abuelo decía que antes para publicar un libro era mucho rollo, y ahora, cualquiera puede subirlo y su público es toda la red.
−Eso es cierto, pero…
−¿Puedo ir al baño? –dice otro estudiante, y susurra “esto ya me aburrió.”
−Nos falta la sala Gutenberg, y otras salas, la de los papiros, escritos en piedra, en hoja de papel arroz…
−¿Podemos ir a la cafetería?, tengo hambre –dice otra estudiante enchuecando la boca.
−Todavía no, tenemos que hacer completo el recorrido para poder contestar el cuestionario.
−Maestra, esto lo podemos ver en cualquier página por internet, hasta este museo, y en tiempo real; ya podemos ir a la entrada a que nos devuelvan nuestros móviles.
−A mí sí me interesa, quiero ver todo el museo del libro. Además, si viniera un pulso electromagnético y fundiera el internet no tendríamos más información que los libros, por eso es importante que sigan existiendo.
−Así es, vamos a terminar el recorrido. Y traten de captar lo que sienten entre tanto libro, es una experiencia única. Espero que, se den la oportunidad, y ya dejen de poner cara de aburrimiento. “Radiante e inmarcesible es la sabiduría. Fácilmente la contemplan los que la aman.”
Fin