Banda de música

De la fiesta del Pueblo a la Mega banda.

Hubo un hombre en una población de Cholula Puebla, el señor Tepox, que tuvo que aprender de sus mayores a tocar trompeta para completar  la banda de alientos que acompañara la fiesta del pueblo. El gusto y la herencia de un pueblo con raíces musicales prehispánicas hizo que la banda creciera, se perfeccionara, compitiera con otras bandas de poblaciones vecinas; y cada fiesta patronal el nivel musical se elevaba como si en ello les llevara la vida a los músicos. Se tocaba a los clásicos, primero en piezas populares y luego en las que ya no eran tanto.  Cada banda tenía que sorprender a la que tenía en frente, y sí la sorprendía, pero a su vez, ésta, lo hacía con aquella.

La música, al igual que el amor, no puede ser encerrada, es difusiva por naturaleza, tiene vida, camina, se desarrolla, se reproduce. Así, los hijos de los integrantes de esas bandas y  los hijos de estos, ya estudiaban en los diferentes Conservatorios de Música nacionales, y uno que otro del extranjero; entonces, empezaron a formar bandas en secundarias, preparatorias y hasta en primarias; no había límite, la chispa había prendido y ahora era imposible apagarla.

Pero, como siempre, no valoramos lo nuestro y queremos copiar lo extranjero, las bandas no fueron la excepción. Les quisimos copiar a las bandas de universidades de alto presupuesto que nos presentan los juegos de futbol americano en la televisión. Copiamos el nombre, Marching Band, copiamos que teníamos que hacer coreografías, copiamos los uniformes,  copiamos sus piezas musicales y hasta  sus arreglos,  ya no les copiamos lo güerito porque no podíamos.

Pero nosotros, ahora,  teníamos de esos músicos de aquellas bandas, descendientes que ya  eran directores de bandas, perdón, de marching Band; poseíamos  la experiencia y el fogueo del extranjero, y sobre todo la convicción que éramos tan buenos o mejor que ellos; habíamos logrado  el nivel  de alta competitividad,  después de los concursos estatales, que más que gustarle a un jurado tibio que no era capaza de decidirse por un  ganador, lo que se quería era,  como las ancestrales bandas, sorprender al rival, y se lograba. Ya las piezas eran clásicas y de alto nivel de dificultad, las coreografías eran originales, y los trajes con el propio estilo mexicano; se interpretaban composiciones muy nuestras: Huapango de Moncayo, Sensemayá de Revueltas, Danzón Dos de Márquez, con arreglos de nuestros directores; teníamos la disciplina, el coraje y la disposición para el siguiente reto. Las condiciones  estaban dadas, solo faltaba el cuándo: La celebración del Centenario de la Revolución Mexicana.

Se necesitarían más de tres mil alumnos de bandas de música y de guerra del Estado de Puebla, logística,  apoyos,  trajes, ensayos, camiones,  el Estadio Cuauhtémoc, utilería, disciplina,  medios de comunicación, seguridad.

Llegó el 18 de noviembre del 2010 y el haber estado ahí ante 3500 alumnos de bandas de guerra y bandas de música  solo atentos a la indicación del director de iniciar la Dragona, sin importarles  si el de junto es hombre o mujer, de 8 ó 22 años, si es del Centro Escolar Morelos, o de alguna  secundaria alejada de la capital, si desayunó Waffles con nuez y mateada de chocolate, o un taco de nopales y te, o si en el siguiente concurso de bandas será su competidor.

En esos momentos fueron ellos unidad, parte de un sueño que empezó en una población de Cholula, en una banda de pueblo: Tocar algo que nos identificara como mexicanos con tal fuerza  y sentimiento que nos hiciera exclamar ¡Valió la pena la sangre que derramaron el “Giro” −de Manuel Acuña− y sus compañeros por el País que tenemos!  ¿Valió la pena, por el país que tenemos!