Amor, Libertad o Muerte – Capítulo I

“El resplandor escarlata de la sangre a la luz de un día nublado no satisface  la sed de aquellos hombres a quienes desde hace tiempo se les ha acabado la esperanza”

Escena 1.

Noviembre 1914. El día está nublado, el ruido del viento silbando por entre los abetos de un bosque es complementado con el ruido de las carreras intermitentes de los pasos de Sveta y  Victor. Van tras algo. Ambos llevan dos rifles. Están hambrientos. Hace más de treinta días que no prueban bocado nutritivo. Finalmente se detienen, no hacen ruido, él le hace una señal sobre el viento y entonces ella apunta con su rifle a la cabeza de un fabuloso ciervo. Está a punto de conseguir alimento para  más de una familia.

Su madre les tenía estrictamente prohibido salir al bosque,  pero estaba tan cerca de su casa que no pudieron evitarlo. Además después de treinta días  sin comer más que unas cuantas patatas, a su madre ya no le salía la leche suficiente y la bebé tenía que sobrevivir. Vayan con Dios, les dijo su madre, y no se tarden mucho.  Pero al no llevar reloj no se dieron cuenta que ya llevaban tras el ciervo más de dos horas. Pero había valido la pena, ya lo tenían ambos en la mira, ya lo estaban saboreando. Sveta  prefiere no ver al momento de disparar. Una vez que lo tiene en la mira cierra los ojos y murmura “discúlpame” . Entonces un estallido que se escucha muy de cerca hace que el ciervo se esfume y el disparo de ella dé en el tronco de un árbol. Victor hace dos disparos desesperados que se estrellan en el vacío. “Vámonos Victor, vámonos a casa, ya nos alejamos demasiado.”

“Se nos fue el maldito” Le hubiera gustado seguir un kilómetro tras el ciervo, pero ella tenía razón, el estallido sonó muy cerca de su comunidad, debían regresar. “Está bien Sveta regresemos” dice Victor echándose la correa del rifle a sus hombros y presurosos emprenden el camino hacía su casa. Ya podían oír los gritos de su madre  resonar cada vez más angustiosos  a lo lejos. Entonces no la pudieron oír más porque el ruido de los estallidos  nublaron todo a su alrededor. Un bombardeo tras otro durante una hora. Ellos al estar en el bosque están a salvo del bombardeo así que se quedan ahí resguardados, pensando en su madres y su hermana, pidiéndoles a Dios que su refugio haya resistido.

Después del bombardeo se escucha un espacio prolongado de silencio que ellos aprovecharon para regresar y cruzar el camino. Ya iban a llegar, sólo lo tenían que cruzar y volverse a internar en el bosque del otro lado y tras unos minutos más estarían en su casa.  Se esconderían y dejarían que el ejército enemigo pasara. Pero al llegar a unos cuantos metros tienen que detenerse y esconderse detrás de un árbol cada uno, pues  por el camino avanza una interminable fila de soldados de su país con la cabeza gacha y las manos en los hombros del que está adelante. Son miles, uno tras otro, van  descalzos y son escoltados por una línea paralela de soldados del ejército de Habsburgo que  les gritan y  les apuntan con sus metralletas. Cualquiera que da un paso fuera de la fila o levantara en lo más mínimo la cabeza recibe un culetazo. La marcha de las tropas enemigas y el ruido de su artillería pesada retumba detrás de todos ellos. Sveta y Victor pueden ver los rostros de esos presos a través de sus miras telescópicas, y uno a uno los vieron entrar en la iglesia del centro sin reconocer entre ellos el rostro de su padre. A Sveta le llama la atención un personaje a caballo vestido en uniforme tapizado de medallas y un ridículo sombrero de plumas  leyendo un documento desplegado de un bastón de mando. A esa distancia no pueden oír lo que dice, pero al terminar de discurrir, ven que le da el pliego a un soldado y este lo clava en la puerta de la iglesia que está cerrada con gruesas cadenas. Luego lo ve blandir en su caballo en círculos su bastón de mando y empieza el caos.  Varios soldados rompen los cristales de la iglesia con bombas molotov encendidas. Se escuchan gritos.   Sveta ve esta atrocidad y pone en su mira al del sombrero de plumas quien parece disfrutarlo pero de inmediato se retira junto con un  batallón. Mientras miles de soldados se meten en las casas en búsqueda de cosas de valor, de mujeres, de personas de todo, devastan sin piedad lo que encuentran a su paso.

La mira de sus rifles les permite ver con precisión todo, la sangre, el dolor en los rostros, las lágrimas, los gritos y murmullos silenciosos les erizaron la piel. Los rostros, podían reconocer aquellos detrás de sus miras telescópicas, camaradas con los que fueron a la escuela, sus maestros, sus amigos. De entre todos esos rostros,  Victor reconoce el de su madre siendo ultrajada por un soldado, mientras otro le quita  a su hermana de cinco meses que lleva en brazos y sin mostrar ningún sentimiento la echa como alimento  para los cerdos. Luego el soldado de quien nada más puede ver la nuca saca su cuchillo y  degolla a su madre.

Victor no puede más, la sangre le hierve con rabia, un odio espumoso corroe su cabeza y sin decirle nada a Sveta se lanza a una posición más alta decidido a matarlo, a él y a todos. Sveta no puede detenerlo. Se ha alejado tanto que no puede verlo. De repente se oyen uno, dos, tres, cuatro, cinco disparos con una breve pausa entre cada uno y ese par de soldados que mataron a  su madre y a su hermana junto con tres oficiales  caen con un disparo. Su padre les había dicho que los oficiales son los más importantes. Las cabezas. El monstruo del enemigo tiene muchas cabezas. Sveta rogaba al cielo que Victor se escondiera y no disparara más, pero luego de unos cuantos minutos se oyó otra serie de cinco disparos consecutivos y cayeron otros tantos oficiales. Entonces el sonido de las metralletas se dirigieron hacia la cercanías de la posición de su hermano.

Sveta finalmente lo localiza con su mira, y detecta a un escuadrón acercándose hacia Victor. Tiene que apoyarlo en un segundo flanco. Hace sus cálculos.   No hay tiempo para cerrar los ojos y elevar una oración, tiene que salvar a su hermano de las balas de esos malditos. Era la primera vez que dispararía contra un ser humano. Pero al ver que las balas de ese escuadrón le carcomían los pasos a Victor, en menos de diez segundos el escuadrón es abatido por su rifle.

Se oye un clamor de descontento entre la tropas enemigas. Dos tanques A7V  se empiezan a movilizar y lanzan un par de cañonazos al bosque.  Varios árboles caen provocando un incendio. Aprovechando el humo Sveta y Victor emprenden una carrera con todas sus fuerzas para adentrarse más al bosque. Ya están cerca de cruzar el río y tomar la vereda hacia las montañas, sólo tienen que cruzar el río. A Sveta le preocupa el río, no sabe nadar muy bien,  pero él la motiva. “Yo te ayudo, no temas”, y así lo hace. Ya en la otra orilla, sonríen pues ya están cerca de adentrarse entre los árboles y tomar esa vereda, que su padre les dijo que los llevaría a salvo. “Don Pietrov se llama Sveta acuérdate.” Entonces se escucha un riflazo que hace que del bosque se desprenda una parvada de pájaros burlones. ¿Victor? Se escuchan de él solo sus gemidos. Quiere ir hacia él pero  se escucha otro disparo.  No puede  ver más que las piernas de su hermano, inertes. !!¿Victor?!!  Él ya no contesta. Sveta lanza un grito que desgarra el cielo y comienza a llorar. Se escucha otro disparo que da en el tronco en el que ella está escondida. Ella reacciona secándose las lágrimas y saca un espejo para averiguar la posición del francotirador que se había tomado la molestia de ir hasta ahí tras ellos. “Haz un disparo más maldito, para que pueda saber donde estás”. Pasa un tiempo  que a ella se le hace eterno. Pero el disparo no se realiza. Radisson, un sniper ascendido a capitán al servicio del General Mackaizer  tiene fija la mira en el grueso tronco de abeto tras el cual está Sveta. Es paciente. Tiene en Austria un castillo con varias salas llenas de trofeos de caza, cabezas de alce, osos, leones, una colección de aves, todo animal cuanto te puedas imaginar él había matado y tenía sus cadáveres disecados en su palacio como trofeo, fechados y todo. Sabe  que su objetivo tiene que salir tarde o temprano. Todos lo hacen. Sveta se desespera y aún sabiendo que el ojo letal del francotirador está detrás de ella,  emprende  por entre los árboles  una carrera con toda la velocidad que el miedo a la muerte le puede dar  hacia  donde está Victor.

Por su mira telescópica, Radisson admira la belleza de una chica destellar furtiva por entre los árboles y dispara sin darle. La muchacha es rápida y gracias a ese disparo ha descubierto la posición del sniper que mató a su hermano.

Sveta se pone en el piso muy lentamente y se arrastra hacia el cuerpo de su hermano, que parece que aún respira. Radisson ya la tiene en la mira, sólo es cuestión de que asome la cabeza un par de centímetros más. Al ver la cabeza de su objetivo levantarse, tira del gatillo y ve claramente esa cabeza salir disparada. Sonríe y lentamente levanta su capucha con la cual se esconde entre las rocas cercanas al río.   Entonces suena un disparo que le congela la sangre y hace que se desvanezca contra las rocas.

Sveta desde esa distancia tuvo la certeza de haberlo matado. Lanzó un profundo suspiro, tomó el cuerpo de su hermano y  cargándolo sobre su espalda se alejó adentrándose en el bosque dejando todo lo que ella amaba atrás.