Amiga

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Querida Verónica:
No sabes cuanto gusto me da que me hayas abandonado, sé que es sólo por un corto tiempo pero igual te lo agradezco. Creo que nos encerramos juntas en un mundo demasiado pequeño, tu amistad y continua compañía hacían que me perdiera de algo maravilloso y esencial: el contacto con los otros, que es una experiencia soberbia.
Ante tu ausencia y la angustia que me produce la soledad, me he forzado a escuchar comentarios que para mí carecen por completo de sentido y pláticas en las que casi invariablemente cada afirmación
contradice a la anterior. En fin, concepciones del mundo y de la vida que expresan un conocimiento importado directamente de las telenovelas. Pero al contrario de lo que presuponía, estas relaciones me resultan interesantes, al menos de cierto modo.
Ayer, por ejemplo, me encontré a  Itzel en el autobús. Emperifollada como siempre, cubría sus 90 kg. con un conjuntito morado: mallones y blusón al estilo de los que estaban de moda cuando el grupo Flans cantaba “No controles”. Itzel lucía grasienta y expelía un penetrante aroma mezcla de sudor de gorda y perfume de mercado. Cuando  abordó el transporte no tuve la fortuna de que advirtiera mi presencia, pero recordé que en alguna clase había expresado lo mucho que aprecia la sinceridad, considerándola un requisito indispensable para  mantener la  amistad. Entonces me dije: Seré sincera con Itzel. Por tal motivo y con ese pensamiento en la cabeza me acerqué a donde ella estaba sentada, levanté con decisión su rostro sujetándola por la barbilla y mirándola fijamente le dije, desde el fondo de mi alma, lo siguiente:
-Pinche gordinflona me caes muy mal.
-¿Qué te pasa?- preguntó. Le contesté  que su sola presencia me causaba repugnancia, que apestaba a caño y que era una ridícula. Utilicé un tono tan cortés que el hombre de al lado apenas me miraba con un gesto de incredulidad. Itzel,  por su parte, se puso
 de pie, tiró de mis cabellos y me enterró sus uñas pintadas de amarillo macuarro en el brazo izquierdo. Yo me asusté un poco, pues calculé que en una lucha cuerpo a cuerpo mi esqueleto podría fácilmente ser sometido por su manteca, así que después de escupir en sus pestañas embarradas de rímel morado aproveché un alto para darme a la fuga.

Este fue, amiga mía,  uno de mis  intentos fallidos por acercarme a la gente. Sin embargo, creo  que si pongo de mi parte  podré lograr el aprecio de  Coralia, quien hoy me contó con rostro grave que atraviesa por una crisis existencial. Yo le creo, pues precisamente lo enunció en esos términos. Me dijo que la vida no tiene sentido, que está muy desganada y  que todo le da güeva. Mientras comía su torta de milanesa y saboreaba un refresco dietético, me contaba lo desventurada que se siente. Yo me concentré en lo profundo y doloroso de su desinterés, al tiempo que envidiaba el buen gusto que tiene para maquillarse, peinarse y combinar su indumentaria.
Pobre Coralia, siento que voy ganándome su confianza porque me ha confesado un secreto: tiene  escondido un cigarrillo de mota, a ella  no le interesa fumárselo, pretende venderlo en doscientos pesos. Dice también que no sabe fumar esa madre, que ni idea tiene, aunque (aquí demandó mi absoluta discreción) se lleva con unos chavos que son bien pachecos.  Coralia vive un poco de prisa ¿no crees? Es un desmadre, lo repitió una y otra vez durante nuestra  charla.
Amiga, espero que vuelvas pronto para que escuches y te empapes de la sabiduría de nuestras compañeras, a quienes por tanto tiempo hemos  menospreciado.
Lots of love
                                                          Elsa la Perversa.

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